Automóviles: vida, olvido y a veces resurrección

Los que en su momento fueron deseados carros último modelo comprados con ahorro y esfuerzo, hoy apenas son desgastadas herramientas de trabajo.

Por Redacción Motor

04:28 p.m. 26 de mayo del 2017
Autos Viejos

Ábel Cárdenas

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Entre 1980 y 1983 (o 1984, si se cuentan los taxis) la CCA vendió 6.708 Fiat 131 Mirafiori. Hoy, es difícil saber cuántos sobreviven: muy pocos en condiciones destacadas por su placa de antiguo y clásico; muchos convertidos en parte de jardines y lotes que los acercan más a un impuesto predial que a uno de rodamiento; y otros tantos alargando su edad de retiro con un mantenimiento básico como única recompensa por largas y extenuantes horas de pesado trabajo.

Junto a esos tantos Mirafiori, los demás carros que desde finales de los años 60 comenzaron a poblar las escasas vías nacionales (que aumentaban su cantidad al ritmo de los odómetros de estas máquinas) seguramente compartieron el mismo tipo de historia.

Tal vez todo comenzó con un aviso de publicidad de época que en blanco y negro o en pálidos colores mostraba un carro de silueta atractiva; o tal vez viendo en las calles a un afortunado que orgulloso ya lo andaba. Como sea que haya sido, a esto lo debió seguir un esfuerzo económico, seguramente apoyado en un préstamo que tardaría años en saldarse, que le permitió a esa persona o esa familia darse el gusto de comprar su primer carro.

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Con este vendrían cómodos desplazamientos diarios alejados de los atestados ‘colectivos’, fines de semana paseando y conociendo los alrededores de la ciudad, viajes en familia por diferentes partes del país y kilómetros y kilómetros de vida en cuatro ruedas que sacaban provecho de esa jugosa inversión.

Los años y los kilómetros seguirían en aumento, pero también lo harían el desgaste y la ‘fiebre’ de ese carro que inevitablemente, y a pesar de un atento cuidado (en el mejor de los casos), ya no era el mismo. Con otro esfuerzo sus dueños reemplazarían su puesto en el garaje y aunque para ellos esa usada máquina pasara a ser simplemente un recuerdo, su aún capaz corazón seguiría andando. De una forma u otra.

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Al alcance de un público cada vez menos interesado en su conservación y más en sus capacidades, su vida ya no sería igual: las heridas ya no cicatrizarían, las lesiones serían remendadas pero no reparadas y su vida estaría atada a largas horas de abuso a sus disminuidas aptitudes.

De un logro cumplido y cómplice diario y de vacaciones de familia, con el tiempo estos carros pasaron a ser apenas herramientas de trabajo cuyo funcionamiento básico es lo único que se les pide.

El lujo, diseño y comodidades que en otra época atrajeron a sus primeros compradores, hoy han sido olvidados y hasta borrados por el uso y el abuso.

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Sus alguna vez estilizadas carrocerías ahora parecen compilaciones de heridas, su color original se nota pálido entre paneles descoloridos y corroídos, y su figura tal vez ha sido ‘moldeada’ para satisfacer nuevas necesidades y requisitos: una station-wagon que se convirtió en una pick- up, o la pick-up que ya es un furgón o camión de acarreos.

Bajo estas ‘estéticas criollas’ seguramente se esconde una mecánica igualmente idiosincrática donde la obsolescencia es algo inexistente mientras haya repuesto que ‘cace’ y mecánico que ‘meta mano’ para mantenerlo andando a como dé lugar.

Pero a pesar de esas apariencias que denotan cansancio y un inminente retiro forzado, sus odómetros siguen dando vueltas, sus corazones latiendo a miles de revoluciones por minuto y sus álbumes siempre sumando historias de esas personas o familias que siguen contando con ellos para el día a día, para su trabajo y para su vida.

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Que hayan llegado a esas manos puede ser resultado de descarte entre opcionados, porque se acomodaba a un ajustado presupuesto o porque debajo de esas marcas causadas por el tiempo y el uso aún se asomaba algo de eso que años, muchos años atrás, se mostraba en un aviso o en la calle como el deseo de algunos y logro de pocos.

Y tal vez el asomo de ese mismo recuerdo sea el que luego de tanto cansancio o de tanto olvido lo lleve a unas nuevas manos en busca de devolverlo en el tiempo, de retornarlo a como dé lugar a esa juventud donde su trabajo más común pero más sencillo era acompañar a esas personas o familias que llegaron a él no por descarte sino por gusto, por preferencia; porque no podía ser ningún otro.

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