La ruta hacia el carro del futuro

Fabricantes, películas y series de televisión han dado su visión de lo que sería el auto del futuro, pero la realidad ha sido distinta.

Por Redacción Motor

12:36 p.m. 28 de abril del 2017
El Firebird I de General Motors fue uno de los primeros experimentos de vehículos con motor de turbina. Foto: GM

El Firebird I de General Motors fue uno de los primeros experimentos de vehículos con motor de turbina. Foto: GM

El mundo del automóvil no escapa a la ilusión del futuro y con concept cars de fabricantes o carros creados para películas y series futuristas siempre hemos tenido alguna visión de cómo serían los carros en algunos años o décadas adelante.

Vehículos autónomos, voladores, con ‘personalidades’, con diseños extravagantes o funciones en su momento impensables pero totalmente convencionales para su tiempo ficticio han estado en el menú. Sin embargo, alcanzadas en vida esas épocas vistas desde el pasado, la realidad no siempre ha superado a la ficción.

El Citroën Traction Avant (1934) debutó características hasta ese momento “extrañas”. Foto: Citroën

El Citroën Traction Avant (1934) debutó características hasta ese momento “extrañas”. Foto: Citroën

Y no es porque no se intente, sino porque el tiempo va dictando sus propias necesidades y la tecnología y desarrollos del momento buscan complacerlas. Épocas de postguerra han llevado a crear autos pequeños y baratos; las crisis del petróleo han sustituido ostentosas cilindradas de grandes ‘buques de tierra’ por eficientes autos citadinos o energías alternativas; la dependencia de la conectividad ha relegado el diseño exterior en favor de sistemas de entretenimiento a bordo; la dependencia de la conectividad ha quitado los ojos del camino y le ha empezado a pedir al carro que se haga cargo.

Así, el carro futurista no ha sido solo extravagancia, sino también apuestas por lo que se podría imponer, por lo que la gente querría pedir. Por ejemplo, a comienzos del siglo XX cuando los automóviles aún eran carrozas, Henry Leland adelantó con el Osceola (hecho por pedido de Cadillac) el primer carro de cabina totalmente cerrada, una tendencia que pronto sería convencional.

El desarrollo de la electrónica permitió que en los años 30 se empezaran a ver los primeros carros con radio integrado; en los 60 empezarían a verse los primeros faros halógenos; los 80 verían la popularización del ABS; en tanto que el nuevo siglo, la época de la conectividad, comenzaría a moldear el panorama a su antojo.

El Chrysler Turbine car no prosperó, pues no podía funcionar con gasolina con plomo, la única disponible en esa época. Foto: FCA

El Chrysler Turbine car no prosperó, pues no podía funcionar con gasolina con plomo, la única disponible en esa época. Foto: FCA

Auges de infraestructura, épocas de bonanza y carreras internacionales también han servido para alimentar esa ilusión del futuro y en el caso de Estados Unidos eso fue lo que sucedió en los años 50. La industria aeronáutica también comenzaba a permear los vehículos en tierra, no solo en cuanto a diseños aerodinámicos y eficientes, sino también en la parte motriz.

Los motores de turbina parecían una posibilidad y General Motors no dudó en experimentar. Su primer intento fue en 1953 con el XP-21 Firebird 1, al que le seguirían el Firebird II de 1956 y el Firebird III de 1958. El primero fue un experimento en todo el sentido de la palabra, en tanto que el segundo era una propuesta más familiar (tenía cuatro puestos) y el tercero se centró en elementos de diseño (adelantó las ‘aletas’ que decorarían a varios autos del grupo).

Contando con elementos impensables para un carro de su momento, el primer batimóvil bien podría considerarse como un carro futurista. 123RF

Contando con elementos impensables para un carro de su momento, el primer batimóvil bien podría considerarse como un carro futurista. 123RF

Sin embrago, el Chrysler Turbine Car de 1963 fue tal vez la propuesta más aterrizada de un automóvil con propulsión a turbina, al punto que por un lapso de tres meses prestaron algunas unidades a personas del público para que las probaran y contaran su experiencia. El problema fue que así como podía funcionar con cualquier combustible que se ‘encendiera’ con oxígeno, no podía hacerlo con gasolina con plomo, la única disponible en ese momento en Estados Unidos. Así que el proyecto no prosperó y se dice que Chrysler destruyó la mayoría de las 55 unidades que alcanzaron a producir.

Situaciones similares se han vivido (y se siguen viviendo) con energías alternativas como los motores eléctricos, cuya dificultad se ha centrado en lograr un ambiente totalmente apropiado para que funcionen, desde una infraestructura capaz de soportar la demanda hasta unos costos de producción que resulten en precios competitivos para la venta al público.

El Citroën DS también aportó su cuota futurista para el automóvil. Foto: Citroën

El Citroën DS también aportó su cuota futurista para el automóvil. Foto: Citroën

Mientras tanto, al otro lado del océano también había movimientos importantes. Ya en 1934, con la presentación del Traction Avant (producido hasta 1957), Citroën adelantó tres características hasta entonces “extrañas” pero que posteriormente serían comunes en los vehículos: una construcción monocasco, suspensión independiente en ambos ejes y, como bien lo explicaba su nombre, tracción delantera.

Los riesgos del fabricante francés (que había quebrado en 1934 precisamente por los costos de desarrollo del Traction Avant) no pararon allí y bajo la propiedad de Michelin crearon el DS, otro revolucionario. Desde su mismo diseño, que aún podría seguir pasando como futurista, era un vehículo distinto: la aerodinámica ahora era algo que estaba ‘en el radar’; la suspensión neumática iba un paso más adelante en términos de desarrollo, función y confort de marcha; y además fue el primer vehículo de producción con frenos de disco de serie. No olvidar tampoco sus luces con función de giro.

El interior de KITT adelantó la instrumentación digital. 123RF

El interior de KITT adelantó la instrumentación digital. 123RF

En 1966 la televisión estadounidense mostraba lo que podríamos llamar un vehículo futurista, o al menos avanzado para su época: el batimóvil. Basado en el Lincoln Futura de 1955 (a su vez un concepto) contaba con una larga lista de accesorios en ese momento impensables en un carro, como por ejemplo una pantalla a bordo, alertas y teléfono. Hoy en día, accesorios que muchos consideran imprescindibles.

No hay que olvidar tampoco los numerosos vehículos de James Bond con carrocerías blindadas, sistemas de navegación, posicionamiento global (GPS), nevera y llantas autoinflables; o hasta el muy ‘humanizado’ K.I.T.T. de la serie Knight Rider cuyas características eran bien descritas por el nombre de la serie en español: El auto fantástico.

Los carros de James Bond también han sido futuristas. 123RF

Los carros de James Bond también han sido futuristas. 123RF

Los ejemplos de vehículos experimentales son numerosos y cada uno de ellos, según su época y objetivos, se centraban en diseño, en mecánica, en tecnología; eran ejercicios que mostraban de qué era capaz su fabricante, que buscaban la opinión del público o que proponían nuevas tecnologías que creían que podrían cambiar la forma en que se veían los automóviles en ese momento.

Hoy en día esa idea no ha cambiado, simplemente se ha ajustado a lo que las necesidades de su tiempo piden de él, y los cada vez más populares sistemas de manejo autónomo e interiores que más parecen extensiones de los computadores personales y teléfonos móviles, dan indicios de lo que podría ser el carro del futuro de hoy.

El automóvil podría ser, a fin de cuentas, precisa y únicamente lo que su nombre indica: una máquina autónoma encargada de transportar pasajeros.

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