En las botas de un patrullero de tránsito por un día (Crónica)

Esta ardua y criticada labor requiere una decidida vocación de servicio. EL TIEMPO se vistió de policía durante un día y se fue a recorrer las calles para ver el tránsito desde la otra orilla.

Redacción Motor

05:00 a.m. 29 de agosto del 2008

MAURICIO ROMERO
REDACTOR DE EL TIEMPO

Para quien no está acostumbrado, el solo hecho de ponerse el uniforme de policía le deja magulladuras en el cuerpo: la camisa recién desempacada le talla el cuello, las botas le acaloran y los impermeables para la lluvia le reducen la capacidad de movimiento. Si a eso se suman por lo menos ocho horas seguidas de estrés y de estar de pie en la mitad del tráfico, se obtiene la rutina diaria de un patrullero.

Pero eso es lo de menos. El susto comienza ¿sobre todo para un patrullero sin experiencia como el periodista de la historia¿ con ponerse frente al trancón a hacer las veces de semáforo humano: humo, ruido de motores y pitazos condimentan el momento; y eso contando con que los automovilistas se porten bien y atiendan las indicaciones de la autoridad.

A madrugarle a ¿El Madrugón¿
Son las 5:30 de la mañana. A la voz de ¿firmes¿, los 25 patrulleros de la estación de la calle 12 con carrera 24 ponen atención a las instrucciones del comandante. El encargado de llevar al periodista de incógnito es el sargento Mejía, quien lleva 19 años en la Policía, incluidos los 10 años de operación de la Policía de Tránsito.
El día está lluvioso y hay que alistarse para subirse a la moto: zapatones de caucho, y pantalones y chaqueta impermeables. El chaleco va encima de toda esta parafernalia y hace difícil levantar la pierna para treparse a la máquina.

¿Policía que se respete comienza el día con un tinto¿, comenta el sargento Mejía. El objetivo del día: dirigir el tráfico y evitar el trancón que seguramente se armará en la zona de San Victorino, donde todos los miércoles y los sábados se lleva a cabo la venta de ropa ¿El Madrugón¿.

Lo primero que se ve, a las 6 y pico de la mañana, es que hay muchos vehículos parqueados en la zona, para descargar la mercancía en las diferentes bodegas, vitrinas y lotes en los cuales se realiza tan singular mercado.

Mientras el patrullero y su parrillero (el periodista) dan una ronda de rutina por las vías principales aledañas, una buseta con pasajeros que viene ¿rauda y veloz¿ por la carrera décima se pasa en rojo el semáforo peatonal, justo en frente del patrullero Mejía. Dos minutos más tarde, comparendo por 430 mil pesos. ¿Es que hay infracciones de infracciones, y esta es de las graves, pues pone en peligro la vida de los pasajeros y de los peatones¿, comenta Mejía.

¿Señor agente, colabóreme con uno de los baraticos¿, le dice el conductor. A lo que el agente responde: ¿Esos ya se me acabaron¿. El sargento reconoce que en una época algunos agentes ¿se ablandaban¿ e imponían un comparendo menos costoso por una infracción diferente de la que se había cometido. ¿Pero eso está cambiando¿, argumenta.

¿Cinco minuticos, señor agente¿
De nuevo en el área, es hora de comenzar a mover carros que llevan demasiado tiempo estacionados en la vía, pues dentro de poco comenzará la afluencia de clientes en carro, cuyo transitar convierte la zona en un caos vehicular.

Enviado y aleccionado por el sargento Mejía, el envalentonado periodista disfrazado de agente hace su primer contacto con los conductores: ¿Buenos días señor, por favor mueva su vehículo, pues en esta zona es prohibido estacionar. A la vuelta hay un parqueadero grande¿.

¿Sí, señor agente, ya me muevo; que solo falta una cajita¿, dice el conductor. Y así se va el día, recordándoles a los motoristas que no se pueden estacionar en el área de forma indefinida; no obstante, se les deja un tiempo prudente para cargar o descargar.

Unos 15 minutos después, el ¿agente¿ se acerca nuevamente al conductor para insistirle que lleva demasiado tiempo allí: ¿Sólo falta la facturita, agente. Ya me muevo¿. Diez minutos más tarde el conductor se va, y el sargento Mejía le hace notar a su aprendiz que el vehículo en apariencia se marchó, pero que ahora se encuentra estacionado a una cuadra de allí, medio oculto en una esquina.

¿Demos la vuelta a la manzana a pie y le llegamos por detrás, a ver qué dice esta vez¿, dice Mejía. Cuando el reportero encubierto le pregunta al conductor que por qué no buscó un parqueadero, el joven ¿con acento de Pereira¿ le responde: ¿Le juro señor agente que no había cupo en el parqueadero, pero ya me voy, que solo estoy esperando unos maniquíes¿.

En efecto, cinco minutos después arranca, no sin antes despedirse del inexperto patrullero con un pitazo, mientras el novato ya se encuentra regulando el tráfico en una esquina, donde precisamente una señora detiene su auto a escasos cinco centímetros de su rodilla. Mirada de recriminación del periodista y un ¿oops¿ de la conductora: ¿A muchos compañeros les han pisado los pies con los vehículos¿, recuerda el sargento.

Al agua y al sol
Así transcurre el día, sin más comparendos, con taxistas supuestamente perdidos en Bogotá, pues según ellos, ¿no son de aquí¿; una señora hecha un mar de lágrimas porque se acaba de varar en plena Caracas con Jiménez: ¿Lloro porque la gente me pita, pues cree que estoy estacionada¿¿, comenta; camiones que llenan de humo negro el ambiente porque ¿hay que esperar a que cargue el compresor¿; mujeres que acuden a sus atributos físicos para ganarse ¿dos minuticos más¿ de estacionamiento en la vía pública, y seguidillas de sol inclemente y llovizna pertinaz.

Pasado el medio día, ya en la formación para despedir el turno en la estación de Policía, la pregunta casi obligada de varios patrulleros formados al novato es: ¿¿Y no le echaron la madre?¿.
¿No, por fortuna; aunque me dijeron que estaba muy peludo¿, dice aliviado el patrullero por un día.

Con los pies ardiendo en fiebre, la cara tostada por el sol, el cuello ampollado por la camisa nueva y el sudor, el estómago reburbujeando de hambre y la boca seca por acción del silbato, aunque con la frente en alto y la satisfacción de la labor cumplida, el último pensamiento del patrullero primerizo es: ¿Puede que a estos locos les echen la madre, pero lo que no les pueden decir es que se la ganan fácil¿.

UN DÍA FUERA DE SERIE
La jornada del primer día como uniformado de policía de tránsito no comenzó en la mañana. A las 3 p.m. de un martes hubo prueba de uniforme. Minutos después, salida en una unidad móvil a esperar un caso. Estas unidades ¿vehículos identificados con los distintivos de la Policía de Tránsito¿ se encargan de estacionarse en puntos estratégicos de la ciudad a esperar a que los llamen para atender accidentes de tránsito con muertos o heridos, y acompañar todo el proceso.

El punto escogido por los patrulleros fue el de la nueva rotonda de la calle sexta con avenida NQS. A salvo de los inclementes rayos del sol, que con el chaleco parecen los de Girardot, hay que soportar un poco el ventarrón debajo del puente.

Allí se les llamó la atención a un par de motociclistas porque uno venía empujando al otro con el pie. Un ciclista se ganó su ¿halón de orejas¿ por pasar sobre el puente peatonal montado en su ¿caballito¿, en lugar de llevarlo en la mano, como manda la norma.

Aproximadamente 20 minutos más tarde, dos taxis chocaron porque uno de ellos entró a la rotonda y olvidó que la prelación la tienen quienes ya están dando vuelta. El resultado: escasos tres minutos mientras los dos taxistas arreglaron el problema por 10 mil pesos. ¿Es útil que hayamos estado aquí, pues por temor a que les inmovilicemos los carros arreglan el inconveniente rapidito¿, asegura el patrullero Carlos Choachí, uno de los dos miembros del móvil 007.

Poco después, un joven llegó corriendo a reportar que dos cuadras más arriba, sobre la calle sexta en sentido occidente a oriente, un vehículo de tracción animal acababa de colisionar contra un camión pequeño que daba reverso para entrar a una bodega.

La rutina: pedirles a ambos conductores el pase. Al dueño de la ¿zorra¿ ¿adicionalmente¿ se le pidió la tarjeta de propiedad del vehículo y el permiso expedido por las autoridades de protección animal que certifica que el equino está en condiciones de trabajar. Croquis, medidas y un poste como referencia (todo poste en la ciudad tiene una ubicación y un número específicos), todo se hizo en 15 minutos.

PRIMER CASO, POR FORTUNA NO TAN GRAVE
Hacia las 6 p.m. del martes llegó el primer caso. Por radio les avisaron a los patrulleros de la móvil 007 que fueran al Hospital de Kennedy, donde estaba una niña que al parecer había sido atropellada.

A la entrada del hospital estaba el conductor de un carro oficial, quien explicó que el accidente se había producido porque la niña ¿de 17 años y que estudia en el Inem de Kennedy¿ estaba jugando con una amiga en el separador de la avenida, su compañera la empujó y el pie de apoyo de la accidentada rozó contra la llanta trasera de la camioneta, que justo pasaba por allí.

Una vez dentro del centro asistencial, para llegar a donde estaba la joven paciente, hay que caminar en fila, pues las camillas con enfermos sobre ambos costados de los corredores del hospital hacen difícil moverse. ¿Y eso que hoy está vacío¿, comenta el patrullero Mauricio Montero.

Toma de datos a la víctima, comentarios del conductor, historia clínica de la niña, dictamen de un médico ¿que por el color pálido de su tez lleva días sin dormir¿ y un reporte de los patrulleros es lo que se hace en el centro asistencial. ¿A veces hay que esperar hasta dos horas para obtener la historia médica del paciente¿, comenta Montero.

Acto seguido, la patrulla se desplaza al sitio del accidente, con ayuda del conductor en cuestión, se hace el croquis y los patrulleros ¿con base en su experiencia¿ sacan una hipótesis de qué pudo haber pasado, aunque la decisión de quién fue el responsable finalmente la toma un juez, pues los agentes solo aportan pruebas del accidente.

Incluso, no hay una declaración formal del conductor o de la víctima, ya que eso solo sucede si la segunda decide instaurar una demanda. Después de terminada la diligencia en el hospital, se procede a inmovilizar el vehículo, es decir, llevarlo a los patios.

En este caso, por tratarse de un carro oficial, quedó inmovilizado en los parqueaderos del Senado de la República. De ahí hay que ir a Medicina Legal a practicarle un examen de alcoholemia al conductor para determinar si ha ingerido licor o no y allí termina el caso, que sin que haya sido dramático se demora entre cuatro y cinco horas.

Nota: Tras analizar la radiografía del pie de la menor, el médico de turno dictaminó que había que operar para poner los huesos de la zona calcánea en su lugar: por lo menos cuatro días de hospital.

FRASE
¿No haga eso, que la gente dirá que está descansando. Recuerde que en este trabajo estamos bajo la lupa¿. Dijo el sargento Mejía al ver que el reportero se sentaba a quitarse los ¿zapatones¿.

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