Los cascos de adorno

Los cascos de adorno

Redacción Motor

07:37 p.m. 06 de mayo del 2014

Como era previsible y lógico, el proyecto de acuerdo que le presentaron al Concejo de Bogotá para aprobar el famoso cobro por congestión lo negaron de una y por mayoría, sin que hubie­ra lugar a discusiones, pues no era sostenible. La Secretaría de Movilidad tuvo que tragarse entera su idea y afortunadamente el esperpento quedó en eso.

Jugado a favor de la ciudad y del automovilista este lance, que podría haber tenido otro final con el regreso del alcalde Pe­tro, nos llegó a manos un interesante y dramático estudio hecho por Cesvi y el Fondo de Prevención Vial sobre la calidad de pro­tección de los cascos que están usando los motociclistas.

Como era previsible, un 58 por ciento de los cascos que se está vendiendo en Colombia no cumple con las normas de segu­ridad ni ofrece garantías de protección a sus expuestos usuarios, que de muy buena fe creen que portan un elemento que los puede salvar de lesiones graves en un accidente. En la realidad, les vendieron un coco incapaz de hacer la tarea. Por ejemplo, un 75 por ciento de las unidades más probadas se rajó en la prueba más elemental: permanecer en la cabeza de la persona en una situación de accidente.

Las razones son fáciles de explicar y se remiten al nulo con­trol que hace el Gobierno sobre estos elementos que, aunque hay normas técnicas que los regulan, se venden más por estética y por escampar multas que por sus condiciones técnicas, que el usuario desconoce.

El casco pintoso se consigue a precios que oscilan entre 50.000 y 70.000 pesos cuando uno homologado por los labo­ratorios internacionales vale desde 250.000 pesos en adelante. Dado el perfil mayoritario de los más de 600.000 compradores de motos que hay en Colombia –para citar solo a quienes es­trenan–, el valor de un casco reglamentario es disuasivo o inal­canzable con sus recursos. En ese mercado hacen su agosto los 'cascos' chinos y muchos nacionales de dudosa manufactura que se venden a granel, o los fabricantes, algunos de manera irres­ponsable, los enciman por la compra de la moto, que se entrega con el respaldo de la factura de la luz o del agua. Así de fácil todo. Para no hablar que les dan el pase sin validar las habilidades de una persona para manejar la moto.

El estudio, publicado en detalle por la sec­ción de Vehículos de EL TIEMPO del sábado pasado, ilustra todas los porcentuales de las debilidades de los cascos probados en los en­sayos de laboratorio técnicamente montados al tenor de las normas.

Hay que decir que la enorme mayoría de los cascos probados se rajan en todos los exá­menes, y así se les raja la cabeza a los motoci­clistas cuando tienen un percance.

De este mercado libertino el Gobierno perdió el control, aunque es mejor decir que nunca lo tuvo y, hoy, meterle mano a un ele­mento que pueden portar cuatro millones o más de personas es algo que requeriría una tarea fantástica, impensable casi, y más si al Ministerio del Transporte le da por hacerla con la aritmética de los funcionarios que calcularon los tiempos para la renovación de los pases.

Habría que actualizar la norma para ho­mologarlos. Luego establecer unos códigos de barras o de otro sistema de identificación para que solamente se les instale a los cascos aprobados. Pero con elementos claros y fun­cionales, para que la Policía haga un control positivo y no sea un argumento más para seguir torturando al indefenso motociclista.

Viendo que esta revisión nacional debería afectar a 4 o más millones de cascos, esta tarea debería pasarse al rubro de cartera cas­tigada. Si el Gobierno y sus ministerios son responsables y serios, deberían controlar la importación y la fabricación de los cascos de cualquier origen y calidad y cerrar la puerta a la venta de estos elementos incorrectos.

Podría haber muchas protestas por el pre­cio que deberían pagar por cascos buenos y validados internacional o nacionalmente, y obvios descontentos de los comerciantes. Que me parece que deben desestimarse e imponer los reglamentos, pues no estamos hablando de caprichos, sino de la diferencia entre la vida y la muerte para millones de personas que andan en moto, incautas y felices, sin sos­pechar que el casco que tienen solo les sirve de adorno. Ojalá también el Gobierno no siga siendo otro adorno en el control y solución de este problema, cuya gravedad no puede dejarse pasar y pasar mientras los muertos y lesionados suben y suben.

FRASE
"DEBEN IMPONERSE los reglamentos, pues no estamos hablando de caprichos, sino de la diferencia entre la vida y la muerte para millones de personas que andan en moto, incautas y felices, sin sospechar que el casco que tienen solo les sirve de adorno. Ojalá también el Gobierno no siga siendo otro adorno en el control y solución de este problema".

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