Desde China, con envidia

Desde China, con envidia

Redacción Motor

10:22 p.m. 02 de octubre del 2012

Aunque era bastante obvio que en este oficio de seguir al automóvil
y sus industrias ya hubiéramos tenido que hacer alguna escala en
China, solamente hasta la semana anterior pusimos pie en este impresionante país para visitar la fábrica de los MG que acaban de llegar al país.

Está situada en las afueras de Shanghái y es, obviamente, un perfecto modelo de eficiencia, diseño, respeto ambiental, como corresponde a un complejo industrial que fue inaugurado hace dos años e incorporó todas las últimas tecnologías del momento.

Si bien esta planta refleja lo que está sucediendo con el automóvil
y todas las industrias en China, es tan impactante el contexto
general del país que es imposible pasar por encima de lo que una
ciudad como Shanghái -la cuarta más poblada del mundo y que hace 30 años era un punto muy subdesarrollado- simboliza y enseña sobre lo que se está viviendo en ese inmenso territorio donde viven 1.340 millones de personas, pero apenas un 20 por ciento es productivo agrícolamente y la clase media compradora y motora de la economía interna crece a un ritmo vertiginoso.

Los rascacielos de Shanghái, de todos los estilos, alturas y  funciones, se compactan en una zona financiera como un ejemplar monumento de cemento a la eficiencia y la planeación de una ciudad. El edificio conocido como "el destapador" por la forma curiosa y bella de su cúpula, tiene, a 474 metros sobre el piso, el sitio habitado de observación más alto del mundo.

Lo forraron con 94.096 metros cuadrados de cristales azules que suman el 25 por ciento de la producción anual de vidrio de Japón, clavaron los pilotes a 78 metros de profundidad, le instalaron 91 ascensores, aplicaron 200 mil kilómetros de soldadura que equivalen a cinco veces la circunferencia de la Tierra, el área de pisos hábiles equivale a 53 canchas de fútbol y en el piso 90 de los 100 hábiles que tiene hay una contrapesa de 150 toneladas
que balancea los posibles movimientos que genere el viento.

Todo eso lo hicieron en apenas cinco años, ¡y al lado ya están haciendo uno que será más alto dentro de poco tiempo!

Entretanto, nuestro túnel de La Línea avanza a metros por año.
Desde el observatorio, que es una aterradora pasarela con ventanas en el piso, se ven en las perfectas vías los millones de carros como enanos mecánicos que simbolizan parte de esta monumental economía, gracias a la cual hasta los puentes crecen por las noches.

Los semáforos tienen cronómetros regresivos digitales para acelerar la reacción de los conductores. Y también para mantener las alertas prendidas, pues el respeto por las luces rojas no es
evidente, las motos y las bicicletas pueden venir tranquilamente en contravía y uno puede ser atropellado en cualquier momento por alguno de los millones de scooters eléctricas que pasan por las calles peatonales con la misma propiedad de muchos de nuestros mensajeros motorizados de Bogotá.

En algo nos parecemos. Viven y venden en la China moderna todas las casas de modas y se ven todos los Ferrari, Lamborghini,
McLaren Bentley y Rolls Royce -siendo los grandes BMW, Mercedes y Audi un paisaje tan común y corriente como las scooters- a unos precios escandalosos pues el impuesto al lujo es del 300 por ciento.

Pillamos un Ferrari con una placa que decía sin ningún pudor "club de los billonarios", estirpe monetaria ya muy numerosa y en evidente crecimiento. Los carros son y no son chinos. Los hacen allá pero una enorme mayoría son los actuales modelos occidentales, pues optaron por comprar la tecnología en lugar de inventarla y asociarse con quienes la tenían lista, y aprovecharon la obligatoriedad de hacer uniones de negocios para desarrollar su industria.

A la vez, les dieron a los fabricantes tradicionales el papayazo de abordar un mercado que los está salvando financieramente. Claro, hay otra China que cohabita con esta fantasía, no tan silenciosamente, pues su idioma es sonoro, incompresible y de alto volumen.

La de calles pequeñas, donde la venta de símbolos y elementos
típicos, nuevos y viejos, se negocian al 90 por ciento del precio que piden; de misteriosos restaurantes donde el arroz que tenemos nosotros como su símbolo gastronómico no es el plato esencial; la de la gente del común que tiende una cuerda entre los semáforos de las calles principales para colgar y secar sus ropas; la que se mueve en camiones que no conocen un lavadero y sueltan boronas de óxido; la de las bicicletas y moticos que mueren sin haber conocido una gota de aceite ni la cerda de un cepillo; la que vive en torres enormes multifamiliares a las cuales deben subir por escaleras con la batería de moto al hombro todas las noches.

Es totalmente fascinante la reflexión que genera este país e inevitable la envidia que se siente ante el contraste con nuestra lentitud para pavimentar un futuro siquiera decente en materia de obras públicas. En China la corrupción se castiga hasta con pena de muerte, mientras en Colombia se negocian las penas con confesiones de dudoso valor. Después de estar acá en algunos kilómetros cuadrados de su vasta tierra, mirar hacia la de uno produce nostalgia por el tiempo perdido durante el cual vamos regados en la gran carrera del progreso mundial, así nos echen otros cuentos bondadosos para ingenuos.

RECUADRO:

En China la corrupción se castiga hasta con pena de muerte,
mientras en Colombia se negocian las penas con confesiones de
dudoso valor.

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