Un chorro de lágrimas y otro de babas

Un chorro de lágrimas y otro de babas

Redacción Motor

03:36 p.m. 03 de junio del 2014

Imposible no agregar unas líneas y muchas lágrimas al pesar y horror que vivimos con la tragedia de los niños de Fundación. Treinta y tres muchachitos indefensos e inocentes que mueren quemados en un bus, sin tener siquiera idea de lo que les sucedía para defenderse, es un cuadro patético y doloroso que a todos nos partió el alma.

También es un cuadro exacto de todo el descontrol e infor­malidad en los que se desarrolla el transporte en zonas menos vigiladas del país, mientras los policías se agazapan detrás de los árboles para poner multas en los lugares donde el nivel de seguri­dad y cumplimiento de las normas es mucho más riguroso, como las ciudades y las carreteras principales.

¿No debería la policía hacer brigadas con sus agentes en todos esos pueblos para vigilar no solamente los documentos sino física­mente las condiciones de funcionamiento de todos los vehículos que, para empezar, ya fueron desahuciados del servicio público por viejos y gastados, pero son inexplicable y absurdamente autorizados para hacer, entre otras cosas, el delicado transporte escolar?

¿No debería este opaco Ministerio de Transporte actual y los anteriores, igualmente discretos o aún más ineficaces, haber dic­tado normas sobre los buses escolares más allá de las rayas atrás y los documentos de los conductores? Hay que ver lo que es un bus escolar en Estados Unidos. Pintado de amarillo ineludible. Con el motor fuera de la cabina. Con puertas y estribos que bajan hasta el piso para que los niños no salgan a brincos o haya que bajarlos con grúa. Asientos de diferentes medidas y con cinturones y todas las protecciones de seguridad. Conductores y tutores ultraprofe­sionales. Es un servicio sagrado.

No hace mucho tiempo escribí acá sobre el peligro de la in­formalidad en la venta de gasolina de contrabando, precisamente en esa población y región del país donde sucedió la tragedia. La famosa pimpina de los cinco galones, que es la medida del nego­cio como lo es el 'yipao' en las zonas cafeteras, iba en el bus para purgar el carburador del viejo armatoste porque tenía la licencia vencida para funcionar con gas. Ya el injerto de los dos combusti­bles es un punto de problemas si el mantenimiento no es riguro­so, y claramente no lo había. Y cuando se cambia de gas a gasolina suelen darse retrocesos de llamas por la boca del carburador. O cuando el motor está pobre de gasolina hace explosiones que, sin el filtro de aire, como estaba ese bus, para cebarle el sistema, son llamas que encendieron la famo­sa pimpina.

Si ese bus se hubiera varado estando en la calle central de la ciudad donde cruza la carretera y que es una columna infinita de pimpinas, tarros, mangueras, embudos que se usan para la venta de la gasolina de contra­bando sin el más mínimo control y obviamen­te con total inseguridad, se habría incendiado todo, con resultados absolutamente absurdos. Esta vez se salvó el polvorín, pero sigue insta­lado al lado de las mechas.

Las respuestas del Ministerio al respecto de sus controles son puro papel. No hay una acción de inspección, de control, de averi­guación, de trabajo en los sitios de los hechos. Mucho menos autoridad para sacar de circu­lación esos aparatos peligrosos.

Pero no es que podamos pedir mucho ni tengamos las manos limpias. Nuestro bus in­signia es la chiva (aún en las colecciones de EL TIEMPO y MOTOR) y no hay aparato que atente más contra la seguridad que ese. Es una potencial tragedia en ruedas. No tiene puer­tas, viaja siempre con sobrecupo, lleva pasaje­ros encima de los bultos en el techo, está he­cho con madera, que es lo más inflamable del mundo. Además, suele operar en los sitios más escarpados de la geografía nacional, al borde de precipicios sin fondo, en terrenos resbala­dizos, en carreteras absolutamente primarias, y en lugar de recibir placas y uso de antiguos – museo– tienen matrículas 2014. Antes no hay más muertos, más quemados, más pasajeros aplastados entre fierros oxidados, aunque la lista de víctimas y heridos en otros lances de la semana pasada fue enorme.

Necesitamos que la supuesta próxima agen­cia de seguridad vial, que ya debería estar fun­cionando, sea un organismo con autoridad, conocimiento y capacidad para ordenar este caos del transporte, que está infiltrado por los intereses de empresarios y legislado sin rumbo, al tenor de los hechos del día y lejos de cual­quier tecnología. Pero eso ya empezó mal, pre­cisamente porque no ha empezado, y mientras tanto todo va al ritmo de los accidentes.

El país pasó una semana entre un chorro de lágrimas de solidaridad. Pero nuestras au­toridades de la seguridad vial lo hicieron con un chorro de babas.

FRASE
NECESITAMOS que la supuesta próxima agencia de seguridad vial, que ya debería estar funcionando, sea un organismo con autoridad, conocimiento y capacidad para ordenar este caos del transporte, que está infiltrado por los intereses de empresarios y legislado sin rumbo, al tenor de los hechos del día y lejos de cualquier tecnología.

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