Toda una odisea 4x4 en el Orinoco

Esta es la crónica de la prueba de manejo al UTV Gator de Jhon Deere que realizó Juan Pablo Clopatofsky. Fueron 830 km en la ruta Héroes del Orinoco.

Especial para Motor

04:27 p.m. 12 de agosto del 2015
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Travesía en el Orinoco

Normalmente las pruebas que he tenido la oportunidad de hacer para la Revista Motor las realizo en la ciudad y carretera para poder escribir mis impresiones sobre las motos que las marcas van a sacar al mercado. En esta ocasión la propuesta fue diferente y bastante difícil de rechazar.

El plan era probar el UTV Gator de Jhon Deere, un vehículo utilitario que puede usarse como herramienta de trabajo o equipo para la diversión como en la prueba que me proponía el representante de la marca en Colombia. Cubrir los 830 kilómetros de la aventura Héroes del Orinoco, un paseo que se creó con el ánimo de exaltar la labor del Ejercito Nacional en defensa de nuestra libertad. La distancia comprende el recorrido entre Yopal, en Casanare y Puerto Carreño, en el Vichada.

Por supuesto, desde mi punto de vista como amante de la velocidad y de los fierros, qué mejor que probar ese aparato en el reto de barro más largo y complejo del país. Acto seguido todo estaba cuadrado y, mi señora y yo teníamos reserva de avión rumbo a Yopal. Antes de iniciar el relato cabe aclarar que a pesar que me encantan los carros he sido siempre ajeno al mundo del 4x4.

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Travesía en el Orinoco

La noche anterior de partir a los llanos decidimos equiparnos con lo que consideramos básico para la supervivencia de los próximos tres días. Obviamente, como buenos cachacos compramos y empacamos en exceso y sin funcionalidad. A la postre lo único sensato y útil que llevamos fueron el impermeable, una linterna y algunas prendas de vestir que siempre se deben cambiar.

La aventura inició el jueves en el primer vuelo a Yopal, es decir, despiertos desde las 3 y media de la mañana a terminar de empacar y rumbo al aeropuerto. Llegamos a primera hora a comprar las cosas que nos faltaban: carpa, botas machitas (de primera necesidad) víveres, agua etc. Luego vino el proceso de inscripción, adelgazar nuestro excesivo equipaje y dejar todo listo para la llegada de los Gator que venían por tierra. De esa manera podríamos agilizar todo para descansar esa noche temprano y poder salir la mañana siguiente a iniciar el reto.

La ilusión de descansar no se logró. Terminamos llenando los tanques con gasolina casi a las 10 de la noche, como no podría ser de otra manera, bajo un aguacero llanero. Gran presagio iniciar así Héroes del Orinoco: lavados desde el día anterior sin recorrer un metro de los 830 kilómetros de la aventura.

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Travesía en el Orinoco

Al día siguiente (viernes) a las 6 de la mañana iniciamos a rodar un total de 60 carros y 50 UTV, con sus tripulaciones buscando a llegar a Puerto Carreño como parte de un reto personal contra el invierno llanero y la peor ruta de barro. El recorrido fue relativamente sencillo durante gran parte del primer día con paisajes espectaculares, barro, sol y todo el entusiasmo. Llegamos a Orocué, para tomar el ferry que nos pasaría al otro lado del río Meta donde almorzamos ternera a la llanera y pudimos relajarnos con el paisaje que rodea esa vía fluvial.

Tanta paz y calma estaban a punto de terminar porque al caerla tarde el terreno se volvió agreste y la aventura y reto le dieron valor al nombre Héroes del Orinoco. Las camionetas 4x4 que hacían parte del grupo que compartía el recorrido con nosotros comenzaron a enterrarse una y otra vez lo cual nos obligaba a trabajar en equipo y empezar a entender en qué nos habíamos metido.

Ya en la noche el avance era casi mínimo. La zona era un pantano, blando y sin tracción y sin embargo seguíamos en marcha rezando para no enterrarnos en un lugar del cual fuera imposible salir. Por supuesto, eso tenía que suceder, finalmente no hubo poder humano, caballos de potencia o herramienta que pudiera sacar el 4x4 del barro, quedamos estancados.

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Travesía en el Orinoco

En medio de la nada y sin manera de continuar, lo único que podíamos hacer era comer algo y esperar pacientemente la ayuda de alguna de las tripulaciones que había partido con nosotros para la aventura que transitara por nuestra ubicación y nos ayudara con más equipos y personas. Lejos de imaginarme, la expectativa de comida estaba ajena de la realidad. Mi señora y yo ya estábamos listos para tres días de pollo enlatado, algo de atún y tortillas pero uno de los vehículos que nos acompañaba venía tripulado por una familia con mucho más conocimiento y experiencia que nosotros.

Sus víveres eran los que cualquiera de nosotros llevaría a una finca en un paseo con amigos; carne oreada, antipasto, helado de astronautas, jamón, atún y otros manjares amenizaron el resto del paseo, algo que no tengo como agradecerle a la familia González que nos atendió como si fuéramos uno más de ellos.

Finalmente el objetivo de llegar a una finca a dormir no se cumplió porque a las 3 y media de la mañana seguíamos enterrados, habíamos dormido un par de horas en la mitad de la nada, totalmente a oscuras porque siempre que se prendía la linterna aparecían toda clase de bichos que atacaban sin compasión.

Los zancudos del llano a pesar de su diminuto tamaño suenan como si contaran con un sistema de escape directo, parecían un DC3 con header. Además, no pican sino muerden atacando cada rincón descubierto del cuerpo. La última determinación sensata tomada en grupo fue detenernos al lado del terraplén para descansar unas horas y retomar con el primer rayo de sol la travesía.

Armamos las carpas al lado del camino, nos embutimos como bien pudimos y rezamos para dormir tranquilos unas horas más. Al abrir los ojos, siempre está la ilusión de estar en una situación más favorable pero por supuesto estábamos en el mismo lugar con medio recorrido hasta Puerto Carreño por delante y con la necesidad de llegar por ahora a La Primavera, una localidad en medio de la nada, para poder comer algo, lavar los carros y reorganizar el equipo.

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Travesía en el Orinoco

Aterrizados en La Primavera se hace un análisis de lo transcurrido. Estábamos en el Ecuador de la travesía Héroes del Orinoco con la posibilidad de desistir el reto y regresar a la anhelada comodidad de casa. Decidimos seguir pero nos equipamos con lo necesario para hacer un poco más fácil la ruta.

Lo primero y más importante fue tener toallas húmedas como las que se usan con los bebés. Que aparentemente pueden ser lo menos apreciado pero lo más importante de tener ya se pueden limpiar las cosas, lavarse la cara, quitar el barro de todo, gafas, cascos, lentes etc. Uno no cae en cuenta de la resistencia y múltiples usos de dichas toallas hasta cuando hace un paseo como este. Ya sabemos que no pueden faltar bajo ninguna circunstancia y mejor que no tengan olor porque quince horas oliendo a bebé no son fáciles de superar.

Otra vez en camino, el cambiante invierno llanero toma protagonismo y de nuevo estamos rodando en un aguacero monumental. Todos soñábamos con un lugar para descansar pues desde las 7 de la mañana estábamos rodando y ya eran cerca de las 7 de la noche y ni el impermeable de última tecnología aguantaba el inclemente clima.

A lo lejos logramos ver el primer bombillo en más de 100 kilómetros de jungla y barro lo cual motivó poner el acelerador a fondo y tratar de llegar a ese oasis de esperanza. Llegamos a una tienda pequeña con el espacio suficiente para instalar las carpas bajo techo y descansar.

También fue la oportunidad de tomar un baño de agua fría a totumazos bajo la lluvia, algo que suena difícil pero que es una indescriptible sensación: quitarse parte de ese barro, lavarse el pelo y poder limpiar el cuerpo es algo impagable.

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Travesía en el Orinoco

Dormir por fin por un espacio de tiempo suficiente vuelve a llenar la energía. Empacamos de nuevo, entusiasmo a fondo y, otra vez, la depresión. Todo lo que tocábamos tenía barro, estaba empapado y hasta ahí llegó el baño. Arrancamos el último tramo a las 6 de la mañana y el grupo avanzaba sin problema. El plan era llegar a Puerto Carreño tipo 6 y media de la tarde; obviamente eso no iba a pasar. Enterrada tras enterrada, el reloj consumía las horas y el día iba cayendo para abrir paso a la noche de nuevo. En ese punto ya todo está echado y solo queda llegar o llegar a la meta cuando fuera posible.

Por fin, entre todo el barro en el terraplén las luces del Gator iluminan una señal reflectiva indicando el sentido de giro de una curva y milagrosamente, ¡ volvimos al pavimento! Es casi media noche cuando aparece la señal que dice “Bienvenidos a Puerto Carreño”. La felicidad es total. Hay parada para la foto obligada y en la cabeza de todos la urgencia de llegar al hotel para bañarse, comer y dormir de nuevo en las comodidades y lujos de la ciudad.

Al día siguiente aparecen todos los dolores en el cuerpo, el cansancio por reposo intermitente pasa la factura pero nada puede igualar la sensación de cumplir con el reto. El Gator nos llevó sin ningún problema durante toda la distancia y la compañía hizo de este reto una experiencia inigualable. La comunidad amante del 4x4 siempre estuvo presente cuando necesitamos ayuda y es impresionante ver el entusiasmo con el que están dispuestos a colaborar sin importar la hora o situación.

Solo queda el sentimiento del deber cumplido, el agradecimiento a Casatoro distribuidor de Jhon Deere en Colombia, admiración por los amantes del 4x4 por que verdaderamente viven su deporte y, por último, esperar la oportunidad de vivir ese tipo de experiencias de nuevo.

Zona Comercial
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