¡Doce alcaldes en 14 años!

¡Doce alcaldes en 14 años!

Redacción Motor

03:21 p.m. 25 de marzo del 2014

Cuando ocasionalmente en el pasado escribí en este espacio algunas opiniones con tinte político, sin color de partido pero con la camiseta de ciudadano con carro, y ojalá con pase, no han faltado algunos mensajes muy virulentos de lectores que me dicen en pocas palabras que no me meta en eso y menos con el alcalde de Bogotá que se fue. A otros, en cambio, les parece perfecto y les encanta que lo haga.

Escribo para los segundos a propósito de la ida del alcalde Petro. Sin el tema de tutelas, los fallos de las cortes de allá y de acá, lejos de ser eco de las protestas enardecidas de sus seguidores o de los respiros de tranquilidad de sus detractores o, simplemente, los inconformes con su gobierno y su estilo. Es claro que un alcalde no puede inventarse el modelo de ciudad cada vez que le hacen una pregunta, como le sucedió en los aspectos de movilidad y de los elementos rodantes a su cargo o que operaban para empresas de la ciudad. Le pegó al pico y placa, lo cual indica que la restricción total no era la solución, pero nada más pasó.

Hace poco tuve la oportunidad de dar una charla que me pidieron sobre el tema de la movilidad en Bogotá y preferí titularla al revés, por el lado de la inmovilidad. Ese es nuestro destino porque no van a destrabar la ciudad cam­biando el trancón de un carril al otro, pensando que el problema de Transmi­lenio son los buses cuando en realidad el cuello de botella está en las estacio­nes, que son escampaderos enanos para la concurrencia que deben manejar. Si hay muchos más puntos de llenado, más rápido se completan y evacuan los tanques en cualquier sistema. Pero ni en la Alcaldía de Petro, ni mucho menos en las anteriores, se ha visto un plan de fondo para mejorar estos pun­tos. Algunas obras se están adelantando en puntos cuya insuficiencia fue tan evidente que obligó a las ampliaciones, pero la ciudad no conoce, salvo el aún hipotético metro, planes de obras de ampliación de vías, de nuevos puentes, de más estaciones, de intersecciones correctas, semáforos bien calibrados, de carreteras y rutas alternas a la ciudad. Más bien, cuando este alcalde llegó, lo primero que hizo fue suspender la avenida ALO, fundamental para que las calles de Bogotá no sean un paso obligado de tractomulas y servicios pesados que acaban con lo poco que queda de pavimento.

Como el Gobierno distrital nunca mostró proyectos ni planes al respecto, lo cual da paso a que por los lados de los expertos en movilidad, que cada día abun­dan más, cuando deberían especializarse en lo contrario, se oigan ideas "novedo­sas", como hacer pasos subterráneos para los buses en las intersecciones, como si estas obras no se hubieran debido hacer desde el primer día del sistema.

Lo único lógico, con el espacio que hay en la ciudad y previniendo las ene­mil leguleyadas que surgirían el día que se pretenda ampliar algún corredor vial y haya que expropiar alguna casa o edificio, si algún día vamos a duplicar las vías, es hacerlas en segundos pisos para buses y autos, como las hay en muchas ciudades. Ni una palabra hemos oído al respecto en los gobier­nos recientes.

Vienen dos, o tres, nuevos alcaldes para Bogo­tá, dependiendo de cómo disparen ahora los gru­pos de abogados que en estos meses han llenado el ambiente de metralla jurídica. Ojalá quienes pasen por este cargo hasta el final de este tor­mentoso periodo que se suma al de Moreno, pongan algo de gerencia, de visión, de sentido común, de amor por la ciudad. Es urgente que piensen hacerle obras viales en grande y con cri­terio, dejando de lado el prurito obtuso y reaccio­nario de que el carro particular es el gran enemi­go de la ciudad y pertenece a un estrato burgués que no merece atención sino rechazo, cuando es al revés: la ciudad se surte de sus tributos y lo tratan a las patadas.

Sin embargo, pensando dócilmente en mu­chas de esas alternativas que plantean los estu­diosos, algunos de los cuales creen saber más que las víctimas o miran los problemas con unas lupas inaplicables, pensando que una ciudad que nació mal hecha y está peor desarrollada se pue­de revertir a un modelo vial fluido, se me ocu­rrieron ciertas dificultades tan radicales si nos acogemos a sus ideas también extremas.

Supongamos que todos compramos cachucha verde, morral impermeable, audífonos alienantes y nos bajamos de los carros para ir a los menes­teres diarios en bicicleta. Calculemos que unos 40.000 –si es que somos tantos– estacionemos los carros y nos volquemos a las ciclorrutas. ¿Se imaginan –como decimos cachacamente en la ciudad– la chichonera tan brutal, los accidentes, peatones atropellados, enredos, raspones, pelo­teras y demás sucesos que serían propios de esa situación? Nos proponen movernos por donde el circuito vial es totalmente irrisorio.

Hagamos otra propuesta. Todos los automovi­listas guardamos los carros y de un día para otro aparecemos 40.000 nuevos usuarios en Transmi­lenio. ¿Dónde nos espichan? Imposible tacar más los gusanos rojos.

A la ciudad hay que ponerle rumbo y orden, calidad empresarial y no politiquera, planeación y no invención al paso de los sucesos, visión a un futuro que cada vez es más el mañana, y como se nos dará la opción de elegir, es hora de que le pongamos al maltratado Palacio Liévano un conductor del progreso, que no solo es social. También debe serlo de cemento y pavimento.

Pasarán, al finalizar los procesos actuales, do­ce alcaldes en 14 años, y con ellos otras tantas oportunidades de hacer una mejor ciudad. Los re­sultados son de una mediocridad penosa, salvo lo entregado por Enrique Peñalosa que, con sus de­fectos y problemas, propuso un nuevo esquema de transporte público que las malas administraciones posteriores han llevado a estado agónico. Lo poco bueno que hubo lo están masacrando.

FRASE
COMO SE NOS DARÁ la opción de elegir, es hora de que le pon­gamos al maltratado Palacio Liévano un conductor del pro­greso, que no solo es social. También lo debe ser de cemento y pavimento.

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