¿Falta de plata o de apetito?

El director de Revista Motor, José Clopatofsky, analiza el comportamiento de la industria automotriz mundial y nacional ante el tímido desempeño de las ventas de vehículos nuevos.

Redacción Motor

05:29 a.m. 19 de marzo del 2013

Como lo citamos en alguna parte del cubrimiento del pasado Salón de Ginebra que acompaña a esta revista, la noticia de este acontecimiento anual tuvo más perfiles económicos que automotores. La caída de las ventas en toda Europa, con agudas cifras en rojo para Francia, España e Italia, especialmente, y en menor cuantía pero no menos representativa en Alemania, que suele ser inmune a estas rachas de pobreza, fue el tema analizado primordialmente por la prensa especializada que encontró más carne para escribir en la economía del automóvil que en los caballos del último Ferrari. O en las láminas de oro que forraban partes de la carrocería extravagante del Koenigsegg.

Si bien las causas de esa recesión en Europa son eminentemente económicas pues van paralelas a las crisis de las monedas de esos países, cuando el asunto toca los bolsillos o gustos de gente pudiente como la alemana, hay que buscar otras explicaciones para esta desaceleración.

Existe un evidente cruce de longevidad y utilidad entre el automóvil y otros productos hacia los cuales la gente está más atraída o más
necesitada. Mientras el automóvil es cada vez mejor, más confiable y más duradero, con una vida útil extendida por muchos años y hasta con respaldo de garantías de cinco años y más, y por lo tanto el propietario puede tenerlo mucho más tiempo, el mercado del entretenimiento y las comunicaciones lo tiene asediado, sorprendido y capturado.

La gente es capaz de hacerle (¡hacemos!) filas de días al estreno de un teléfono que es sensiblemente igual al que tiene en la mano cuando paga su nuevo juguete. O acumula (¡acumulamos!) tabletas en la mesa de noche porque cambió la capacidad de la pantalla, bajó unos gramos de peso o se achicó unos milímetros.
Además, los vendedores de esos aparatos intermedios son tan inteligentes que les limitan ciertas funciones para que de todas maneras estemos obligados a tener un computador portátil y una gran estación de cómputo adicional en la casa, amén del equipo de oficina. Para no hablar de audífonos, megapíxeles, estuches, forros y la renta del dólar diario por bajar aplicaciones que muchas veces no se usan y se pagan en diferidas cuotas de encarecidos centavos en 12 y 24 meses.

Las prioridades del consumidor de este nivel, que es el mismo que debe tener un automóvil, se están desviando hacia todos los juguetes del entorno, los restaurantes, los viajes y otras distracciones, como lo han probado profundos y severos estudios de hábitos de compra de la gente actual. De ninguno de estos fenómenos y competidores está libre el mercado del automóvil en Colombia, que va este año a la baja de un 16,4 por ciento y sin mayores perspectivas de que lleguen aceleradores que lo lleven siquiera a las cifras del 2012.

Nuestro país vive ese cambio social de costumbres con agravantes operativos. El carro tiene una alta depreciación por lo cual cuando suelen pagarse los créditos y financiaciones tiene tan poco valor y relativo bajo uso por las restricciones, que es mejor conservarlo y pasar a otros antojos. A eso agreguemos la dosis de impuestos, el precio de la gasolina, de los seguros y del mantenimiento, para estar horas al día quemando combustible mientras hace cola en las calles o esquivando huecos y saltando matones en las vías desbaratadas. Y ni siquiera hay el consuelo de pasear el fin de semana en carro porque entrar y salir de las ciudades es un nudo, pagar los peajes carísimos es una espera interminable y eludir los policías agazapados que tratan de frenar a punta de multas los pocos kilómetros donde se puede andar o bloquear con conos los escasos sitios de sobrepaso, una tarea que pone los pelos de punta y desbarata el supuesto placer del paseo.

En la realidad, hay pocas razones para pensar que tener carro es divertido y por eso la recesión de las ventas no es solamente un problema de plata sino también de apetito por el vehículo. Si fuera un asunto de recursos, no se explicaría uno por qué el segmento de los carros 'Premium' crece en medio del bajón, claro que gracias a que el cambio con el dólar sigue a favor de los importados. Y si de dinero se trata, las facilidades para comprar son enormes, las promociones y rebajas generosas y las financiaciones cada vez más atractivas, más fáciles y laxas y al tamaño del bolsillo de cada persona.

Hay un poco de todo revuelto en el momento lento que viven las ventas de carros locales y casi mundiales. El hecho es que el automóvil tiene pocas posibilidades de ser novedoso pues se ha vuelto un lugar común en tecnología, accesorios y formas. Eso en Ginebra era evidente en los stands de los 'generalistas' que venden carros masivamente. Más o menos CO2 al ambiente, el turbo es algo rutinario, los airbags una obligación (menos acá), la seguridad una responsabilidad y hasta las formas de las carrocerías se asemejan terriblemente por los compromisos que deben cumplir en las pruebas de choque. Y para rematar, casi todos valen, pocos pesos más o menos, lo mismo con respecto al modelo de la concurrencia. O sea que, además de que no es tan provocativo, tampoco es difícil decidirse y elegir.

¿Cómo se sacudirá nuestro mundo del automóvil a los nuevos competidores y generará el apetito entre sus consumidores? Tema a seguir.

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