El precio de la gasolina, ¿una 'leguleyada'?

El precio de la gasolina, ¿una 'leguleyada'?

Redacción Motor

04:54 p.m. 15 de octubre del 2013

Nunca sobrará escribir sobre el tema del precio de los combustibles en Colombia y menos cuando las caprichosas fórmulas que rigen sus tarifas han sido declaradas, en algunas de sus partes, inexequibles por la Corte Constitucional.

El uso y el funcionamiento del enigmático fondo de estabilización al cual se aportan los excedentes o se saca plata cuando el comercio internacional del petróleo y sus derivados sube o baja, han sido calificados como incorrectos por la Corte, que considera que el Gobierno no puede seguir manejando esas variables a su antojo. De inmediato los ministros que controlan la producción del crudo y el ingreso de los impuestos al fondo se negaron a acatar la sentencia y motivaron que el senador Luis Fernando Velasco calificara la actitud del Ejecutivo como una “leguleyada”.

Pero ninguna de estas rendijas legales ha atacado la base del problema, que está en la propia raíz del producto. Extraer un barril de crudo, más menos, está en los 20 dólares, es decir, en 40.000 pesos. Quienes son dueños y productores pueden venderlo en su mercado interno al precio que les provoque. Hay países que aprovechan su condición de tener petróleo propio para suministrarles los derivados a sus ciudadanos a precios más favorables, con claros beneficios para el funcionamiento de la economía, aunque no se puede pretender llegar al exceso de Venezuela, donde es más cara la hora de estacionamiento que el galón de gasolina.

También debemos considerar que Colombia debe comprar combustibles a precio internacional, pues no alcanza a producir lo del consumo interno, cosa que en teoría se debería amortizar cuando funcione la próxima refinería de Cartagena, pero, obviamente, a nadie del sector petrolero o fiscal se le ha oído una palabra al respecto.

Nosotros producimos petróleo en la zona de los 20 dólares, pero Ecopetrol lo factura a precio internacional, por encima de los 100 dólares, es decir a más de 190.000 pesos. Ahí radica el juego. Pagamos el producto de nuestra tierra como si fuera extraído en los golfos de México o de Arabia, y hasta recuerdo que el senador Hugo Serrano Gómez, que en paz descanse, inició muchos debates y querellas judiciales en su momento pues no solamente nos facturan el petróleo como si fuera ajeno sino que también cobran aranceles de importación sobre el mismo sin que haya recorrido más de 50 metros del pozo a la refinería de Barrancabermeja. No sé si este absurdo subsiste en la fórmula actual, pero el hecho de que existiera en algún tiempo ya es una aberración.

Esa diferencia monumental en los precios genera una enorme parte de los ingresos de Ecopetrol que se trasladan al Gobierno para su funcionamiento, desarrollo y obras, que no se ven con la misma dinámica con la cual cada mes se precipitan a recalcular el valor de los combustibles al público. Está claro que el Gobierno no se va a dejar desmontar ese ingreso porque se le desbaratan sus finanzas y el descuadre quebraría al fisco de un día para otro. Ni es sensato pretenderlo.

Pero todo ciudadano afectado por estos precios, que no son los de estratos altos, como pretenden hacerlo ver el presidente y sus ministros, sino todos los colombianos que andan en bus (solo Transmilenio mueve 1,2 millones de personas al día en Bogotá con motores térmicos), en moto (este año se venderán bastantes más de 600.000, que también tanquean), los que pagan alimentos que llegan en camión, los que compran productos de primera necesidad que viajan por las carreteras con unos fletes absurdos -tanto que es mucho más caro traer un contenedor de Buenaventura a Bogotá que desde Seúl hasta el puerto local-, estima que ser dueño de una buena parte del petróleo que gastamos debe tener algún beneficio.

Como el Gobierno se rancha en sus números, la calentura social comienza a presurizar los radiadores que se desfogan en paros de los sectores productivos, cuya competitividad se ve seriamente afectada por el valor de este insumo, que constituye la alimentación de la movilidad de 42 millones de personas para quienes la gasolina es tan vital como el agua de panela.

Algunos senadores le están caminando al asunto, y en estos tiempos de conquista de electorado cualquier acción de su parte o del Gobierno que se refleje en el precio final de los combustibles les dará dividendos, pero claramente no se trata de manejar esto como una oportunidad de popularidad sino como una política económica de Colombia, a la cual le cabe una intervención, así sea para probarnos que pagamos una gasolina y ACPM baratos, aunque desactualizados.

Esto último a raíz de las curiosas apreciaciones del gerente de Transmilenio, quien anunció como un gran logro que va a traer buses con motores para normas de emisiones Euro V. Pero olvida decir que ese combustible no existe en Colombia, lo cual hace inviable su proyecto. Ni tampoco hay la gasolina para los motores modernos, por lo cual además de caros, nos están vendiendo productos que no son compatibles con las máquinas actuales. Si al menos nos vendieran trago fino, valdría la pena pagar el hielo a precio de oro negro.

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