Probamos en las arenas del desierto de Dubái el Mini 4x4 que corre en el Mundial de Cross Country

Las dunas, los saltos, rodar a 170 por hora al mando y luego llevado a las velocidades verdaderas por 'Nani' Roma, ganador en el 2014, fue una experiencia única e inolvidable. Memorias y sacudidas.

Redacción Motor

10:35 p.m. 20 de abril del 2015

El sabor del Dakar

En Dubái no es necesario moverse mucho para quedar en medio del desierto. La retadora ciudad levantada en apenas una docena de años sobre la arena que el Sahara lleva hasta las costas del Golfo Pérsico, es un montaje artificial y faraónico de concreto sobre la más rústica manifestación de la naturaleza.

El Emirato mide apenas 4.110 kilómetros cuadrados y es ligeramente más grande que Atlántico, nuestro departamento más pequeño. Tiene apenas 2,2 millones de habitantes, de los cuales solo un 12 por ciento son nativos. El resto, como las torres de oficinas, los hoteles gigantes, los centros comerciales más grandes del mundo, un aeropuerto colosal, las urbanizaciones con casas simétricas y casi idénticas, pintadas todas en color desierto -se adornan con algunas palmas de dátiles o prados absolutamente exóticos en esa aridez-, son una importación de otras civilizaciones.

Hicimos cincuenta minutos de camino por unas vías que en algunas partes tienen hasta siete carriles y en la parte urbana bordean la imponente masa de edificios entre los cuales se dibuja el esbelto Burj Khalifa, el más alto del mundo (828 metros) como una aguja en medio de un cielo espeso y amarilloso, que ese día parecía un espejo de los arenales. Difuso y más lejano, el Burj Al Arab, el hotel de siete estrellas más exclusivo del mundo, aún no deja ver sus originales formas de vela en la madrugada.

Allí el bus con unos pocos periodistas de varias partes del mundo se interna un par de kilómetros hacia un pequeño campamento instalado tácticamente cerca de unas buenas dunas y con zonas de piso firme y otras de arena casi movediza. Es nuestra pista de pruebas, que alcanzamos luego de volar 17 horas desde Bogotá.

Dos Mini, 4x4, del equipo oficial que corrió y ganó el reciente Dakar, nos esperan con toda su dotación de fábrica y dos de sus pilotos estrella. Uno de ellos, el español ‘Nani’ Roma, ganador del Dakar 2014 y básicamente dedicado a pasar la jornada con dos colegas españoles y este periodista. La víspera, a otro grupo lo atendió el famoso Nasser Al-Attiyah, acaudalado –por supuesto– jeque catarí, vencedor del Dakar 2015.

La invitación de Mini era nada menos que a manejar estos aparatos en un entorno real, conocer las minucias de la navegación que orienta a los pilotos y, luego, un recorrido con las manos y la experiencia de un profesional por la misma ruta de prueba que nos sugirieron. Además de una tremenda excursión por las dunas y un par de saltos como los que se ven en la televisión cuando sigue a estos audaces pilotos, a sus valientes copilotos y a unas máquinas que parecen indestructibles. Y casi lo son.

Primer acto: meterse entre un overol que rota entre el grupo. En el desierto no hay muchos protocolos más allá de la supervivencia en colectivo y calarse un casco universal que desafortunadamente era un par de tallas por encima del tamaño del disco duro de este servidor. O sea, cruzaba y saltaba más que el Mini.

No hay muchas indicaciones. Si las dieran, se pasaría uno el día entero descifrando la maraña de switches, fusibles, contadores y termómetros que están regados en el tablero del aparato. La caja es secuencial de seis adelante, hay una palanca adicional para bloquear las ruedas traseras e inducir un trompo o giro sobre el eje en curvas estrechas o maniobras evasivas.

La pantalla del tablero muestra el cambio en que se rueda y el tacómetro no se mueve mucho, pues el motor 6 en línea de BMW, diésel con dos turbos, no gira a más de 3250 revoluciones, pero ara la arena desde cuando se enciende por su descomunal potencia de 320 caballos. Apenas la perspectiva en la arenera es en línea recta, me atrevo a acelerar a fondo y a pasar cambios con un asomo de audacia y presumiendo de profesional, pero al mirar de reojo la velocidad, la cifra no es muy halagadora junto a lo que vimos luego en el mismo sitio cuando ‘Nani’ Roma empujó los pedales.

La orden no es diferente a acelerar y virar cuando el instructor indica con la mano. El “intercom” pasa indicaciones que siempre sugieren que lo que hay enfrente no es obstáculo así parezca un muro.

“¡Hágale!”

Son casi 7 kilómetros de ruta sorpresiva. El Mini acelera sin perder tracción, en plano, en subida, en bajada, de medio lado, casi acostado en los flancos de las dunas. Frena, pero el pedal es duro. La caja golpetea en cada paso, como si se fuera a desarmar. Los diferenciales se sienten trabajar al rojo. La arena cae de todas partes y en los espejos el desierto es una cortina amarilla.

Las suspensiones se tragan las arrugas del piso. El bicho estruja y uno piensa en lo que aguantan los pilotos que van ahí, amarrados, metidos entre el baño turco del casco y los overoles antifuego, diez o doce horas diarias y dos semanas completas. Tienen tanto chasis como el fierro que está montado en una estructura tubular pegada a la cabina y con la silueta exterior de un Mini Country Man.

Realmente, lo justo habría sido dar una segunda pasada por la ruta con mayor familiaridad y todos los elementos. Pero eso nos lo reservaron –inmediatamente después del almuerzo–, al ritmo de verdad, al lado derecho de Roma.

En el intermedio nos habían dado una extensa clase de navegación sobre cómo hacer las hojas de ruta para supuestamente guiar al campeón en la salida de la tarde. Parecía muy interesante la tarea y a la vez preocupante por nuestra precaria y pri-maria hoja de ruta, pero lo fue más cuando Roma dijo que guardara las notas y gozara la travesía.

“Olvídate de esos papeles. Vamos a las dunas”.

Cuando aparece enfrente la primera pared de arena, uno piensa que el Mini va a girar sobre su capota 180 grados.

“Esto tiene una técnica”, carraspea el audífono.

“A las dunas nunca se sube de frente, siempre las abordas de lado y llegas a la cresta, desde donde miras cómo está el otro lado. Si lo ves viable, dejas bajar el carro de medio lado, apoyado con el motor empujando, es decir en un derrape, pero siempre con tracción para que no se escurra, trompa hacia arriba y de una vez pensando en negociar la siguiente”.

En ese momento, por mi ventana el paisaje parece un precipicio y rasgamos la primera duna de medio lado y acostados a 45 grados mientras cae una avalancha de arena sobre el vidrio. Ni idea hacia dónde vamos. Y viene la segunda. Y la tercera. Y la cuarta y la quinta. Y más. Redondas, puntudas, a la izquierda, a la derecha… A veces uno se siente volcado. Otras apuntando hacia el infinito, aunque el casco tapa parte del escenario cuando sube y baja con salvaje fuerza sobre los anteojos.

De pronto, la sensación cambia. En medio de esas montañas amarillas que reflejan los 45 grados de calor del ambiente, Roma acelera a fondo y la película súbitamente queda en silencio y desaparece la arena. Estamos volando. No sé cuántos metros, pero bastantes a lo largo y más en profundidad. El fondo para aterrizar está lejos. El Mini cae como si nada, no rebota, no cambia de rumbo, no estalla las ruedas, no rompe las suspensiones. Está hecho para este automovilismo acrobático. El chasis no protesta y mi estómago vuelve a una relativa normalidad.

Luego viene el “verdadero” recorrido que nosotros hicimos. Llega a tope en muchas partes, frena como uno no se imagina, vira derrapado en las cuatro ruedas perfectamente bajo control. Salta obstáculos, se come el rizado y la caja. Juega con el fierro. A 168 por hora, cogemos la recta que lleva al campamento.

“The end”

Veinte minutos de simulacro de Dakar no son nada, pero sí suficientes para admirar lo que estas máquinas hacen, lo que estos hombres dominan, lo que significa desafiar la geografía sin camino fijo y con el afán de sacarle un par de segundos a quien viene atrás. O de no perderlos.

Me lo imagino en moto, o en un buggy, sin copiloto, con la única compañía del ego. Impensable.

“Cuando salía para cada etapa, iba siempre muerto de miedo y no lo vuelvo a hacer nunca en una moto”. Roma ganó el Dakar verdadero, por África, en 2004 en una moto, y 10 años después en cuatro ruedas.

Es un hombre que les saca a la arena y a la aventura sabores que rozan entre el accidente y la gloria. Lleva una vida en el también cortante filo de las dunas, de la cual tuvimos un pequeño pero inolvidable aperitivo.

José Clopatofsky
Asistimos al Media All4 Racing y Dune Experience en Dubái por una especial invitación de Mini Latinoamérica y Autogermana.

El sabor del Dakar

Nueve claves del Mini del Dakar

LA FORMA COMO FLUYE el aire saliendo por los rines se ve ilustrada por las lenguas de arena. Los frenos son de competencia, asistidos, y tienen un enorme trabajo en todas las condiciones.

LA REFRIGERACIÓN de los elementos es crítica por la elevada temperatura ambiente. Igualmente, la protección de los radiadores de la caja, transmisiones, motor y el intercooler, que pueden llenarse de arena.

EL PROTECTOR FRONTAL sirve de rampa o esquí en los baches, pero tiene muchas ventilaciones para permitir aire fresco en la zona baja del motor. La lubricación es con cárter seco.

MUCHAS PARTES de la carrocería están hechas en fibra de carbono para bajar peso y ofrecer mayor resistencia en el trabajo inmenso que hacen estructuralmente.

LA VENTILACIÓN es fundamental para que los pilotos soporten las largas jornadas. Además de estas tomas de aire, la cabina tiene aire acondicionado.

MICHELIN provee unas llantas especiales, con mucho hombro para mayor flexibilidad. La medida es 245/80 en rines de 16 pulgadas.

CADA RUEDA trabaja sobre un par de amortiguadores con sus respectivos resortes, limitados a un recorrido de 25 centímetros.

EL DESARROLLO del vehículo está a cargo de la firma alemana XRiad partiendo de la plataforma del Countryman alargada. Los motores son modificados y entregados por BMW Motoren, en Austria.

EN LA PARTE BAJA van tres llantas de repuestos, ejes y otros elementos para desvare inmediato, y planchas, palas y palancas para desenterrar el aparato cuando queda bloqueado.


A bordo

La cabina es muy compleja sobre todo en el lado del copiloto, donde están todos los instrumentos de medición, el GPS oficial y al centro los circuitos eléctricos.


El ‘cambuche’

Un camión cargado de partes y muchas llantas era toda la instalación técnica de soporte en plenas areneras. Los mecánicos y los técnicos ya están acostumbrados a trabajar en esos calores de 45 grados y en condiciones extremas de terreno, pero para el visitante es una verdadera prueba física.


DATOS

100 galones de ACPM es la capacidad del tanque de combustible para cubrir las etapas de los Raids sin reabastecerse.

1925 kilos pesa el vehículo en condiciones de salida a una etapa. Mide 4,3 metros de largo y 1,96 de alto. Además de los carros del equipo oficial, existen otros de especificación previa que son operados por equipos particulares en las pruebas del calendario de la FIA.

La enorme intensidad de calor que se genera en todos los trenes motores requiere que los frenos tengan, además del enfriamiento por aire natural, un circuito de agua que alivia las mordazas traseras. Adelante, la refrigeración es solo por aire ya que hay mayor flujo que en la parte posterior. El aceite de los amortiguadores también es refrigerado y hay un control de inclinación ajustable.

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