Semana de reflexiones

Semana de reflexiones

Redacción Motor

04:05 p.m. 07 de abril del 2015

Los colombianos tenemos una geografía privilegiada que nos permite movernos entre climas y alturas, páramos y selvas con una frecuencia y facilidad increíbles. Los puentes y las festividades extendidas como las de la Semana Santa son la ocasión para “bajar” o “subir” cordilleras y convertir nuestras carreteras en unas vías circulatorias que colapsan fácilmente porque, aunque hayan mejorado, tienen embudos y pecados de fluidez que las infartan al menor exceso.

Claro que si nos atenemos a las ingenuas y alejadas cifras que maneja la Policía de carreteras para la información ciudadana y la planeación de sus controles, el panorama de nuestro país sería único en el mundo, y somos modelo de movilidad. Figúrense esto que todos pudimos leer en nuestro producto matriz, EL TIEMPO, en cuyo infaltable artículo previo a la Semana Santa recogió la cifra de más de ¡8 millones! de carros previstos para ocupar las rutas nacionales en los días pasados.

Primero que todo, esa cantidad de vehículos operativos no existe en Colombia. Segundo, para que eso sucediera habría que desocupar las ciudades de automotores completamente, lo cual es no solo imposible, sino risible. Tercero, dan la cifra con una precisión inverosímil: “Aproximadamente 8,5 millones de carros saldrán en Semana Santa”, dice el titular.

¿Quién los cuenta? ¿El paso por los peajes según el cual un carro puede contar por diez y más en una ruta hasta Cali?

¿Quién descuenta el tráfico normal y cotidiano de las carreteras, pueblos y ciudades que fluye, haya o no puente?

No es la primera vez que nos referimos a este cuento chino que nos echan las autoridades, ni mucho menos la primera en que nos llenan de escepticismo sus estadísticas y resultados, que suelen expresar en comparendos, pero nunca en cuántas horas menos de trancón –si alguna vez se logra- soportaron los miles de carros que se quedan bloqueados al rayo del sol, en desvíos, derrumbes, peajes, vías a medio hacer, túneles incompletos, etc. Y ojo, hablamos de miles, no de ¡millones…!

El reguero de cámaras en manos de apetentes policías o de alcaldes alcabaleros que succionan el presupuesto del turista al paso de los pueblos se ha convertido en la supuesta panacea para la seguridad vial, cuando la realidad dice otras cosas.

Apenas arrancó el “éxodo millonario” aparecieron las imágenes de un bus incendiado en la ruta hacia Melgar. La televisión ahorra las inútiles investigaciones con las cuales siempre se tapan las catástrofes viales. Metros detrás del bus estaba todo su eje trasero desprendido, con ruedas y frenos. No se incineró el cupo de pasajeros de milagro.

Al día siguiente, aparece en las mismas pantallas el reporte de los severos operativos de seguridad hechos a posteriori por la autoridad. Claro, coinciden preciso las tomas en todos los noticieros con la inspección a un bus de mediano calado que tenía llantas lisas y otras causales de inmovilidad. La policía lo detuvo -muy bien-, bajó y dejó al lado de la carretera a todos los pasajeros con sus maletas en la mano, frente a la supuestamente oportuna televisión y la prensa, que siempre viajan de la mano de “mi general”, quien obviamente los pone frente a lo supuestamente positivo.

Nada más inconsistente que hacer esos controles de seguridad a los buses en la mitad del camino. Estos deben salir de los terminales plenamente aprobados y certificados por sus dueños, por las empresas, y como hay total desconfianza en esos controles, por los expertos de la Policía de tránsito en ciudades y carreteras. Nada de pesca milagrosa ante las cámaras, porque así como ponchan a uno que otro, se les pasan muchos vehículos que se lanzan a la montaña con la enorme probabilidad de un accidente a cuestas.

Igual debe ser con los automóviles. Hacerles chequeos cuando ya van en camino al veraneo, maletas a bordo, bermudas instaladas y familia ilusionada, y dejarla a un lado del camino sin destino, es una crueldad. Porque si el vehículo no puede seguir, tampoco es apto para devolverse.

En calles también, porque hace poco un bus del SITP no solamente se varó, lo cual es una rutina, pues el Distrito nos metió una cantidad de aparatos viejos maquillados por fuera pero acabados mecánicamente, sino que también se incendió en plena vía arteria de Bogotá. Eso ya es imperdonable. Pero mucho más lo es que uno de los responsables de la seguridad vial de la capital diga que este año íbamos bien porque solo ha habido seis casos de incendio en sus buses. ¡Qué tal! Esas fogatas en ruedas son parte del transporte público.

Ni hablar de los percances cotidianos de los Transmilenios. Chocan entre ellos, y cuando menos se produce lo que en la antigua jerga bogotana llamábamos una “chichonera” de cientos de personas, si es que no salen decenas para los hospitales. Claro, esos buses transitan en algunas zonas totalmente destruidas, como la avenida Caracas, levantando losas que en cualquier momento se convierten en lápidas con tecnológico relleno fluido para los usuarios. Cortesía de unos mexicanos que nunca respondieron.

En nuestras vías no pasan más catástrofes de milagro, no solo cuando estamos en la semana del culto católico. Pero seguiremos en ese limbo mientras la seguridad no sea una prioridad del Gobierno, que no ha sido capaz de poner en marcha la supuesta agencia de seguridad que está a cargo del negligente Ministerio del Transporte. Seguiremos en ascuas mientras los controles sean siempre punitivos y no proactivos. ¿Cuándo hemos visto un policía ayudando a sobrepasos, facilitando las cosas para quienes tienen que andar muchos kilómetros detrás de lentos camiones? Nunca. Su misión primordial es poner partes, y ahora que tienen las cámaras, el banquete es a la carta porque miles de las señales son absurdas, los límites caprichosos y las rayas del camino un suplicio porque están hechas sin técnica. Porque en Colombia la forma más fácil de pensar en que las cosas funcionen es empezar por prohibir.

Semana de reflexiones abundantes, y eso que escribo antes de que empiecen los días festivos. Ojalá no nos hayan dado más pensamientos e imágenes dolorosas de tragedias evitables.

FRASE
“Muchos de los buses de Transmilenio transitan en algunas zonas totalmente destruidas, como la avenida Caracas, levantando losas que en cualquier momento se convierten en lápidas con tecnológico relleno fluido para los usuarios. Cortesía de unos mexicanos que nunca respondieron”.

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