Sobrevivir al estrés

El director de Revista Motor, José Clopatofsky, hace un recuento de todas las cosas que le generan estrés a quienes tienen que usar las vías públicas, sin importar el vehículo en el que transiten.

Redacción Motor

07:41 p.m. 10 de marzo del 2014

 En estos días he tenido el tiempo necesario para reflexionar sobre un dictamen médico que me explicó, si eso cabe en una primera definición clínica, que una dolencia que me aqueja con una persistencia e intensidad impresionantes se debe al estrés, además de la ahora genérica explicación del virus "que está dando". O que está de moda.

Pensando que soy un tipo que toma la vida con calma y que estaba lejos de las presiones, le pregunté al ilustre y muy experto galeno cuáles podían ser las causas del estrés y me citó algunas:

1. El trancón de tráfico para ir y regresar del trabajo.
2. La pitadera, propia y ajena.
3. Las motos que nos rodean como si fueran una colmena de abejas.

"Y siga sumando, mi querido Clopa -dijo el médico- y verá que la lista de cosas que pueden haberlo enfermado es larga y pesada".

Por supuesto que tiene razón, porque rápidamente encontré estos punticos que a mí y a cualquiera de ustedes nos pueden tener al borde de agotar las defensas y abrirles la puerta a los virus famosos. Por ejemplo:

-Los huecos y cráteres de las calles, y más en un día de lluvia.

-Estar en la misma fila de un carro blindado y a merced de los insolentes escoltas.

-Quedar en la primera línea del semáforo, debajo de un maromero que vomita llamas por la boca y tiene un frasco de gasolina en la mano.

-Saber que aún no ha hecho la vuelta de remendar el pase que el Gobierno le entregó equivocado.

-Tratar de adivinar un límite de velocidad o una zona escolar cuyas señales aparecen súbitamente en la mitad de una vía prioritaria, sin tiempo de frenar. Y si lo hace, lo matan por detrás por culpa de esas estúpidas señales.

-Tener que soportar a quienes se brincan las filas pasando por las bermas y los andenes.

-Intuir en qué calle saldrá una bicicleta o una moto en contravía y que, si hay choque, van a tener la razón y uno terminará empapelado.

-Lograr andar siquiera cinco minutos en el trancón sin que aparezca una ambulancia que, cuando el tráfico es normal, nunca asoma.

-Tener que parar en un puente (para mí es lo peor) lleno de carros y camiones y cuyos cimientos, diseños y materiales son bien inciertos.

-Lograr pasar la zona de la 170 sin caer en la boca de una alcantarilla cuya tapa se robaron por enésima vez la noche anterior.

-Adivinar el carril que se debe usar para evitar el camión de reparto o de valores o el bus del SITP, que se toman la vía como les da la gana.

-Lograr saber a tiempo qué va a hacer el bus, camión o taxi que tienen en la parte trasera toda clase de luces intermitentes prohibidas y las direccionales fundidas.

-Lograr descifrar los contraflujos pues la policía nunca aparece para señalarlos y son una boca de lobo.

-Estremecerse ante las cuentas de la gasolina o de las droguerías, con los precios inverosímiles de los remedios, que a este kilometraje de la vida son parte de la canasta familiar.

-Encontrar un policía de tránsito un sábado.

-Pasar el examen de autenticidad de un billete de mil pesos ante las uñas de las cajeras de los peajes.

-Caminar por los andenes al lado de bicicletas eléctricas que van a alta velocidad y no se oyen venir.

-Soportar a quienes dejan el carro estacionado o en doble fila en las vías principales mientras compran el pan y se ponen bravos si uno les reclama por estorbar.

-Pensar que llevamos más de 20 años sin ministro de Transporte.

-Pagar el parqueadero. Es más caro estacionar que almorzar.

-Tratar de pasar un camión en una carretera de montaña y hacer mentalmente las cuentas del negocio de la pintura de la señalización de las rayas continuas.

-Esquivar los conos de la policía colocados en los pocos sitios de sobrepaso que dejaron en las carreteras.

-Saber que ahora la policía puede poner comparendos a ojo y oído. Mejor dicho, a su gusto y "criterio".

-Pensar en el caos que van a armar en la Caracas y la autopista si les quitan un carril a los carros y cómo las van a acabar de destruir los buses.

-Mi médico, excelente, simpático, acertado y profesional y con cuyo humor cuento, es de apellido Afanador.

La lista daba para dos páginas más y seguramente sigue incompleta pues moverse en esta ciudad y país es una obra de arte. Obra que se chupa cuanta defensa tenga uno, por lo cual a todos ustedes, amigos lectores, les pronostico algún mal próximo pues están sanos de milagro, pero al borde de ilustres enfermedades.

¡Cuídense! ¡O no salgan de sus casas!

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