José Clopatofsky
José Clopatofsky

El tiro por la culata

"Si los taxistas quisieron hacer un paro que les ayudara a obtener cambios en sus condiciones de trabajo y rendimiento, la cosa no les salió bien".

03:03 p.m. 31 de octubre del 2017

Si los taxistas quisieron hacer un paro que les ayudara a obtener cambios en sus condiciones de trabajo y rendimiento, la cosa no les salió bien, porque terminaron atacando buses de Transmilenio, perjudicando a la gente, pinchando camiones en cruces estratégicos, siguiendo una conducta totalmente inaceptable y lejos del diálogo y la concertación. Es decir, confrontando a su clientela, que repudió totalmente su comportamiento y se llena de razones para buscar las alternativas que ellos tanto combaten.

Su pliego de peticiones es muy complejo de resolver, pues el primer punto se refiere a la presencia y acción de Uber. Pero resulta que hoy pululan plataformas y aplicaciones que prestan servicios equivalentes, a través de las cuales las personas pueden pedir servicios que ofrecen particulares en sus autos sin tener todo el colosal y costoso bagaje de requisitos que la ley exige para que operen como afiliados a empresas reguladas del transporte.

La queja es totalmente válida. ¿Pero será viable resolverla a su favor? El hecho de que no se haya logrado un acuerdo real y funcional en un ya largo tiempo de existencia de este litigio, quiere decir que no hay un punto de equilibrio entre los avances de los servicios digitales y los beneficios de confort y seguridad que generan y la subsistencia de un mecanismo de trabajo tradicional que no ha evolucionado y tiene muchas falencias.

Es casi imposible para la autoridad controlar lo que llaman “piratería”, pues al final de cuentas cada persona es libre de usar su vehículo en la forma que quiera y a través de las aplicaciones o sus propias comunicaciones prestar un transporte personalizado y no identificable, como pasa con los Uber, que no tienen problema en actuar abiertamente. Por otra parte, existen muchos taxis amarillos “gemeleados”, producto de la perversa política que estableció los cupos, que hoy cuestan más de ¡100 millones de pesos!, para trabajar con un auto de esa definición. Uno se pregunta, si a ese negocio le cabe esa cifra, más el costo del vehículo, es porque es altamente rentable la operación, a pesar de que existan competidores ilegales. Una razón es que el número de amarillos está bien calibrado con la demanda en horas normales y es casi inexistente en momentos pico o de lluvia, tal como pasa en todas partes del mundo.

No se trata de legalizar por la vía editorial el servicio paralelo. Pero sí aterrizar en la realidad lo que puede hacer la autoridad por más decretos o resoluciones que saquen. No alcanzaría la policía y sería muy complicado demostrar la infracción cuando el ciudadano, con la matrícula de su carro, está autorizado para usarlo como le provoque.

El otro tema es la desaparición de los taxímetros a cambio de una aplicación que el pasajero podrá ver en una tableta obligatoria en todos los vehículos y en la cual tendrá mucha información útil adicional que genera seguridad y eficiencia. Es, de alguna manera, la “uberización” de la flota amarilla.

Gran idea, pero quizás la forma de aplicarla no es por la vía impositiva, pues eso genera gastos adicionales de materiales, comunicaciones, capacitación de conductores y usuarios, etc., que no todos pueden ni quieren asumir. La Secretaría de Movilidad debería considerar una tarifa diferencial para los taxis que la instalen, pues el usuario debería pagar por un mejor transporte –si es que se da– e identificar cada auto que la tenga con alguna luz frontal, de tal manera que el solicitante pueda escoger el tipo de servicio que desea.

Así se haría una mejoría gradual y voluntaria y no a la brava, como lo están planteando, y esto ha enardecido al gremio amarillo con justa razón.

Pero su descontento no se puede expresar como lo hicieron, porque se les volteó toda la gente por cuenta de algunos pocos incivilizados y la falta de autoridad de sus líderes o su mala influencia. También la administración debería ser menos arrogante y más consecuente con la ruta que debe darle a su buena idea, pero que puede fracasar por la mala forma como la quiere meter. Al fin y al cabo, desafortunadamente, ese es el espejo de la manera como esta alcaldía de Bogotá opera, con muy malos modales políticos que la tienen en una de las calificaciones más bajas del país. Con la forma anulan el fondo de algunas buenas ideas, y en eso ayudan sus funcionarios ‘autofóbicos’ desde cargos en los cuales su obligación es generar movilidad más allá de los aparatos con dos ruedas.

FRASE
“Esta alcaldía opera con muy malos modales políticos que la tienen en una de las calificaciones más bajas del país. Con la forma anulan el fondo de algunas buenas ideas, y en eso ayudan sus funcionarios ‘autofóbicos’ desde cargos en los cuales su obligación es generar movilidad más allá de los aparatos con dos ruedas”.

Noticias recomendadas

Más noticias

report_error_form_error
Reporte enviado
¿Encontraste un error?
Para EL TIEMPO las observaciones sobre su contenido son importantes. Permítenos conocerlas para, si es el caso, tomar los correctivos necesarios, o darle trámite ante las instancias pertinentes dentro de EL TIEMPO Casa Editorial.