El Volvo Ocean Race, una competencia mundial en la que navegan barcos hechos como un Fórmula 1

Asistimos a la escala en Itajaí, Brasil, a donde llegaron provenientes de Nueva Zelanda y de allí partieron hacia Estados Unidos, con tripulaciones que lucen como héroes.

Redacción Motor

04:32 p.m. 05 de mayo del 2015

Imágenes de la carrera de los oceanos

La Vuelta al mundo del Volvo Ocean Race es un certamen de magnitud desconocida que mueve cuentas de millones de euros alrededor de una travesía a pura vela de casi 72.000 kilómetros, que toca cinco continentes a lo largo de nueve meses con otras tantas etapas.

Empecemos por donde debe ser. Soy un confeso ignorante en materias acuáticas y muchísimo más cuando se trata de acercarse a los barcos de vela más rápidos y sofisticados del momento. Es posible que muchos de mis lectores sean solidarios en los pocos conocimientos que tenemos la mayoría de los colombianos en el tema, a pesar de tener costas en dos océanos, enormes ríos y famosas lagunas. Quizá por esto es más interesante habernos acercado a un evento de enorme magnitud mundial, como es el Volvo Ocean Race, la prueba más dura que hay en estos momentos en los mares y que involucra a unas locas tripulaciones de terrícolas que cada dos años emprenden una carrera de 71.745 kilómetros para darle la vuelta al mundo, impulsados únicamente por el viento y su saber aprovecharlo.

Ya de entrada el asunto es complicado cuando a uno le dicen que el buque avanza así tenga el viento en contra, haciéndolo navegar cruzado con las ráfagas de aire que pegan en un velamen gigantesco. Piensen que la vela principal de estos barcos tiene un área de 420 metros cuadrados. Hagan las cuentas contra el tamaño de su casa o apartamento. Y tienen otros siete ‘trapos’ para ponerle a la brisa según el perfil más conveniente, y cuatro de repuesto, porque cuando la furia de los aires las ataca, colapsan y rompen los mástiles, como sucedió con el bote del equipo Vestas Wind. Cuando todo se alinea a favor, estos botes pueden llegar a saltar sobre las olas a unos 80 kilómetros por hora.

Digo saltar porque los barcos del Ocean Race, por primera vez en la historia de la prueba, son idénticos en todos sus aspectos. Por tamaño y peso van por encima de las turbulencias del mar, saltando olas y cortando aguas sin el poder de las toneladas de un barco comercial, que es capaz de sobreponerse a estos oleajes.

El bote, barco o velero mide 66 pies de largo (20,37 metros) y está hecho como un Fórmula 1, en fibras de carbono, para obtener la mayor resistencia contra el menor peso posible. Con todo y eso, con el equipo, carga, alimentos, agua dulce, instrumentos y el material necesario para pasar un mes en el mar sin ayudas, cada barco pesa 12,5 toneladas.

Apenas viajan a bordo ocho personas que manejan alternadamente en turnos de cuatro la navegación, la orientación y uso de las diferentes velas, el timón y el contrapeso, pues cada vez que una vela recibe una cachetada lateral de viento el bote queda horizontal contra el mar. El trabajo humano es estúpido. Vean por favor los videos que hay en la página www. volvooceanrace.com y ahí capturarán la tarea física que soporta cada persona. Van en la cubierta, amarrados no tanto al bote como a la vida por arneses, resbalando en el piso empapado, al sol o al hielo, al día o a la noche, sin parar de trabajar.

El descanso es relativo porque la parada física de cuatro horas se hace en unas camillas pegadas al casco que envuelven a los marinos para que no salgan despedidos en cada brinco o agachada de la nave. A veces, cuando el tiempo es inclemente y helado, hasta duermen -si lo logran- vestidos y chorreando agua. Además, las siguientes cuatro horas a su turno deben estar despiertos en ‘stand by’ para cualquier mano adicional que se requiera en cubierta o abajo. Por ejemplo, para trasladar de lado a lado del bote el lastre, que son varios cientos de kilos para compensar la inclinación, ayudar con las cuerdas y las manivelas, mantener los aparatos que sufren como los hombres y hasta practicar la medicina.

Dos de los tripulantes de cada barco tienen que acreditar alguna idoneidad médica y enfermería avanzada porque cualquier percance físico que le suceda a una persona hay que atenderlo a bordo: fracturas, golpes, dientes y muelas desportillados, enfermedades polares o tropicales, insolación o congelamiento suceden con frecuencia. Cuando son temas graves, esas personas usan un par de anteojos de altísima precisión y definición que están conectados satelitalmente en tiempo real con un grupo de médicos y cirujanos, quienes desde Londres pueden dirigir una cirugía que puede ser la diferencia entre la vida y la muerte.

Porque hay momentos de la travesía en los que están en sitios inalcanzables en helicópteros por las distancias, y en el camino entre Nueva Zelanda y Brasil hay un momento en el cual la distancia con el elemento más cercano es más corta con un satélite en el espacio que con cualquier punto de la Tierra.

No hay un determinante físico. Vimos marineros de todas las tallas, hacia arriba y hacia lo ancho, todos con una fuerza de brazos ‘intuible’, que compiten contra un bote donde van 11 mujeres. Tres más que los hombres debido al enorme trabajo del manejo del lastre, pues en cubierta no hay espacio permanente para más marineros.

Volvo no es el ocasional patrocinador de este certamen, que es al agua lo que las 24 Horas de Le Mans a la resistencia de los aparatos terrestres, pero con la diferencia que son ‘24 horas’ eternas, pues la travesía durará más o menos nueve meses. Es el dueño del Ocean Race y para su desarrollo tiene una sede en Alicante, España, e invierte millonadas de euros en cada edición.

El retorno publicitario es evidente porque además del seguimiento de la prueba en las diversas aplicaciones de Internet en tiempo real (puede bajar la App de la página y ver el lugar de cada bote, la velocidad, trayectoria, corrientes, reportes) y de los instrumentos de localización de última generación que van a bordo, en cada barco viaja un reportero que no interviene en la navegación y provee de manera permanente fotos, videos, comentarios, tuits, mensajes, crónicas y cuanto elemento de comunicación esté a su alcance.

La comida es lo menos apetecible del mundo. Alimentos al vacío, menús hidratables con una agua que debe saber a micos, pues es la misma del mar desalinizada por una pequeña planta movida por un minúsculo motor de diésel 2,0 –Volvo, por supuesto-, que escasamente provee la electricidad para los complicados instrumentos de navegación y algunas luces, y mueve el barco en los puertos.

Si la fiesta en las olas es descomunal, en tierra las paradas se hacen en un ambiente igualmente alegre y acogedor. En cada puerto se monta un ‘paddock’ enorme con carpas, talleres, atracciones, tiendas de recordatorios, salones para ruedas de prensa y la exhibición de los últimos Volvo −en esta ocasión la camioneta XC90, que llegará en un par meses a Colombia−. Este circo viaja en dos grupos de 110 contenedores que ocupan unos 10 barcos cargueros y se montan alternadamente en los finales de etapa, pues no hay tiempo de llegar antes de los veleros. Miles y miles de personas acuden a las paradas y pueden ver al borde del muelle los seis barcos sobrevivientes, inmaculados y perfectos, como si nunca los hubiera salpicado una gota de agua salada, a pesar de haber superado tempestades, tormentas, lluvias, golpes y las inclemencias de los océanos de todos los colores, hielos, calores, longitudes y latitudes.

La participación de cada barco cuesta unos 15 millones de euros, que se obtienen de patrocinadores que se lucen en las velas, donde resaltan con vibrantes colores. Para engrosar la corriente de dineros, todo alrededor del Ocean Race se factura jugosamente, desde una cachucha hasta una chaqueta diseñada para sentir calor en Alaska, que los aficionados al mar y la vela compran por montones.

Hay, por supuesto, público virtual y seguidores por miles o millones. La totalidad en tierra, pues la carrera no se puede seguir sino por Internet o en los pocos kilómetros cerca de los puertos. Y dudo mucho de la integridad estomacal de todos los aficionados que quieran pasar de la pantalla a alta mar. Nos bastó estar al borde de la pista de la regata portuaria que se hizo en Itajaí, la parada de Brasil, en un barquito turístico pero de buenas medidas, para calibrar lo que es flotar a merced de las olas –sin velas–, agarrados de las barandas, viendo cambiar de color a muchos colegas que luego tuvieron que ser rescatados para pasar en tierra el mal de mar, y darse una mínima idea de lo que estos titanes hacen en sus barcos que, una vez mar adentro, son pequeñas manchas de heroísmo y aventura a pesar de que el mástil principal se levanta más de 18 metros, lo mismo que un edificio de seis pisos, que en alta mar se pierden como una gota más.

José Clopatofsky
Asistimos al Volvo Ocean Race, en Brasil, por una invitación de Volvo Colombia.


Imágenes de la carrera de los oceanos

Seis claves en el bote

1 La enorme quilla se opera con una bomba hidráulica y sirve para compensar la inclinación del bote. Mide 4,7 metros.

2 Hay dos timones, pero ambos cumplen la misma función. La razón es que el marinero lo puede operar desde cualquier lado para compensar el peso.

3 Los equipos de navegación y comunicaciones van en unas cajas herméticas. El carbono no se emplea en las velas porque interfiere las señales.

4 Los marineros tienen literas pegadas al casco para descansar. Hay una oficina para el navegante y otra para el periodista que va en cada barco.

5 La cocina es mínima y cada persona se prepara sus alimentos. El baño es “sin puertas”, ya que todas las zonas son comunes.

6 La cabina es hermética porque está sellada por escotillas, pero no es usual que esté seca porque los tripulantes entran con sus ropas mojadas y en las aperturas siempre se cuelan chorros de agua.


Un coraje impresionante

Desde cirugías básicas hasta soportar los climas más extremos son situaciones a las cuales están confrontados los 8 marineros (11 en el caso de las mujeres) a bordo de cada una de sus naves, confinados en espacios mínimos y con limitados recursos de agua y alimentación. Todo con la más alta tecnología e ingeniería oceánica, que se percibe desde cada pieza del arco hasta los más sofisticados equipos de navegación satelital y de comunicaciones, que son su única conexión con tierra, pues generalmente siempre navegan muy lejos de las costas y fuera del alcance de cualquier aeronave o barco de auxilio, que ni siquiera existen oficialmente.


El increíble mástil

El mástil principal mide 28,4 metros de largo, equivalentes a la altura de un edificio de casi diez pisos. Está hecho en módulos de fibra de carbono, diseñado en complejos programas de computador, simultáneamente con la vela mayor. Lo forman 202 piezas de carbono, cada una con seis capas, reforzadas por 52 parches estructurales, y todo va pegado. Muchas de las tripulaciones deben hacer trabajos de reparación en plena travesía y hasta solucionar fallas catastróficas, como la ruptura total del mástil que sufrió el equipo chino de Dongfeng. Pararon en Ushuaia, Argentina, en la mitad de la etapa 5 y recortaron la pieza para poder proseguir, a pesar del retraso.


DATOS

Quince millones de euros cuesta el patrocinio de cada bote en la carrera. De momento, solo está prevista la participación de siete embarcaciones.

110 contenedores que se mueven en diez barcos mercantes saltan entre las etapas para montar la zona de hospitalidad que hay en cada puerto con carpas, talleres y atracciones para los aficionados. Por la velocidad de los botes, la organización necesita dos juegos de elementos del ‘Paddock’ que alternan los destinos. Por ejemplo, el Paddock de Nueva Zelanda viajó a Estados Unidos, y el de Brasil a Portugal.

Aunque en las fotos se ven imponentes y majestuosos –lo son–, en medio del mar y al vaivén de las olas los botes del Volvo Ocean Race son apenas pequeños puntos de colores o una luz parpadeante en las noches.

Diez por ciento de su peso corporal, en promedio, pierde un navegante por etapa, a pesar de que los alimentos que llevan les aportan 6.500 calorías diarias, cuando lo normal para una persona son 2.500.

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