Pasar a la motocicleta: ¿una alternativa viable?

Espantados por el transporte público o desanimados del carro particular, muchos han encontrado en la moto la solución a su movilidad.

Redacción Vehículos

09:52 a.m. 18 de septiembre del 2017
Muchos han encontrado en la moto la solución a su movilidad.

Muchos han encontrado en la moto la solución a su movilidad.

La moto no es el problema, no es la única solución de transporte y tampoco tiene la culpa. Pero el uso indebido por parte de algunos de sus usuarios la ha convertido en una problemática social (como le gusta señalar al distrito), para muchos ha pasado a ser su solución de transporte y sin duda alguna es protagonista de los problemas de accidentalidad de la ciudad.

Esto no es una consecuencia que debería extrañar, pues las razones que han llevado a que las personas empiecen a mirar las motos con otros ojos son variadas y se fundamentan en la situación de cada quien.

Por un lado, el usuario del automóvil particular no puede evitar sentir una discriminación en la forma de constantes y a veces arbitrarias restricciones como el pico y placa o los días sin carro, que bien afectan su libertad de uso pero no reducen las cargas tributarias que le corresponden.

Más recientemente, el ánimo por hacer de la bicicleta la mejor alternativa a los problemas de movilidad de la ciudad ha llevado a que parte de algunas vías se haya destinado a ellas, reduciendo aún más el espacio disponible que tienen los vehículos en las calles. Es decir, los propietarios de vehículos ya no solo tienen restricción algunos días, sino menos vías para usar. Vías, no olvidemos, por las que por medio de impuestos y sobretasas pagan para usar.

Muchos han encontrado en la moto la solución a su movilidad.

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Al otro lado de la balanza está el usuario del transporte público, quien debe lidiar con constantes colapsos ocasionados hasta por el más mínimo incidente (que ni siquiera tuvo que ocurrir en su recorrido), aglomeraciones que camuflan manos descaradas en busca de lo ajeno, y buses cuya integridad física y mecánica es tan incierta como la frecuencia de las rutas.

Dentro de una rutina donde hay cada vez menos espacio para la paciencia, encontrar una solución o al menos una alternativa menos tortuosa de movilidad es una prioridad. De repente, esos vehículos de dos ruedas que se logran escabullir entre el tráfico (y a veces contra este) empiezan a ser vistos como una opción a considerar y ya no solo como un actor a denigrar.

Comienza entonces la balanza de factores en el papel: no hay pico y placa, aunque sí padecen los días sin carro; los costos de adquisición y manutención son inferiores a los de un carro, aunque el Soat es comparativamente más caro; los tiempos de desplazamiento son más constantes y regulares, aunque el clima sigue aportando su cuota; las facilidades de movilidad son claras, aunque su vulnerabilidad es evidente.

En otras palabras, los factores positivos que ofrece una motocicleta respecto al carro particular o al transporte público son propias de su particularidad, en tanto que los negativos son externos a ella: clima, malla vial, normatividad, conductor. Especialmente son estos últimos dos los que hacen que sean vistas como parte del problema y no como una alternativa viable, comenzando por quien “conduce”.

Muchos han encontrado en la moto la solución a su movilidad.

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El afán por dejar atrás a la multitud que a como dé lugar busca subirse a un bus rebosante de gente, o a la eterna fila de carros atascados en un trancón que parece no avanzar, se convierte en una licencia de conducción comprada, un casco que solo protege del correspondiente comparendo, una motocicleta que apenas puede catalogarse como tal y un accidente que no es una posibilidad sino una certeza.

A raíz de esto hace unos años comenzó ese crecimiento exponencial en ventas de motocicletas y consecuentemente un alza en la accidentalidad, que a buen ritmo las fue convirtiendo en un enemigo contra el cual debía lucharse. Sin políticas claras ni un entendimiento o conocimiento sobre estas, o sobre quién y cómo debería usarlas, el único control que el gobierno supo aplicar para este parque automotor descontrolado fue el de la restricción.

Reglamentaciones sin sentido o lógica, como tener que poner las placas en el casco, o discriminaciones como imponer la inmovilización por prácticamente cualquier infracción, llevan a pensar que un control real sobre las motos no es una prioridad. El avance en la resolución que regularía la calidad de los cascos, aunque un gran paso, es apenas el primero de un enorme y urgente desatraso que se tiene pendiente.

Pero el descontento con el transporte público y el desánimo del carro particular es tal, que dichas restricciones pasan a un segundo plano y la compra de la moto, que hasta se puede hacer con el mercado y sin mayores requisitos, se convierte en una realidad que en pocos casos se acoge con toda la responsabilidad que requiere.

Muchos han encontrado en la moto la solución a su movilidad.

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Los escuetos cursos de conducción que ofrecen las academias pueden y deberían complementarse con los que ofrecen marcas como AKT o BMW Motorrad, así como algunos independientes como Ride Pro o Capital Rider. Al tiempo, la compra del casco debería ser juiciosa, informada y sin escatimar, proceso que debería replicarse para unos guantes, chaqueta con protecciones, rodilleras y botas. Cuando el cuerpo es el chasís de lo que se maneja, protegerlo se debate entre la responsabilidad y la obligación.

La moto no es el problema, no es la solución y tampoco tiene la culpa. Pero un uso y reglamentación concienzudos y responsables eliminarían gran parte de la problemática que hoy representa (por factores ajenos a ella), podría ser la solución más viable (y no por descarte) para muchos y seguiría teniendo la culpa, solo que ahora de una importante contribución a la movilidad.

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