La bicicleta es una alternativa de transporte más no la solución

Aunque ofrece grandes ventajas, aún falta mucho para considerarla como principal medio de transporte de una ciudad como Bogotá, no sólo por las grandes distancias y el clima, sino por otras razones.

Redacción Motor

12:57 a.m. 07 de marzo del 2015

Daniel Otero
Redactor de EL TIEMPO

Con el casco puesto, una app para registrar la información del trayecto y el estado físico en contra, iniciamos nuestro recorrido diario en bicicleta con el fin de conocer de primera mano las ventajas, desventajas y diferentes situaciones que se viven a bordo de este vehículo que buscan imponer como principal medio de transporte.

Tan pronto como llegamos a la primera ciclorruta del camino (que por cierto no está demarcada ni en muy buen estado) sobre la calle 100, apareció el primer obstáculo: la glorieta de la carrera 15.

Un ‘bici-carril’ tímidamente demarcado junto a los andenes insinúa que es el cruce más fácil, pero en realidad la forma más segura de cruzar la glorieta debe hacerse por sus tres semáforos.

Una vez retomada la ciclorruta de la calle 100 empezamos a enfrentar el panorama que será constante todo el camino: los peatones que ignoran (conscientes o no) la presencia del carril exclusivo para bicicletas, y cuadras completas donde se acaba repentinamente y no vuelve a aparecer sino largos metros (y hasta kilómetros) después.

En algunos trayectos esto obliga a realizar cambios de calzada. Aunque eso no garantiza encontrar ciclorrutas, al menos permite un andar más cómodo gracias a andenes más anchos que transmiten mayor seguridad, sin interferir con la de los peatones.

Alcanzado nuestro destino, vemos que recorrimos 9.7 kilómetros en cerca de 40 minutos. Comparativamente, la misma actividad en el mismo horario, pero utilizando el SITP (luego de descifrar qué ruta servía), tomó cerca de una hora, incluyendo el variable

tiempo de espera del bus. Y en moto, medio de transporte habitual de quien escribe, apenas tardamos poco menos de 25 minutos. Faltaría hacer el trayecto en carro particular, aunque estimamos que el tiempo estaría alrededor de 50 minutos.

Sin duda la bicicleta es una buena alternativa para movilizarse en Bogotá durante las horas pico, pues evita los tiempos de espera de los buses y en trayectos congestionados y cortos es más rápida que el carro particular. A esto se le puede sumar que los tiempos por recorrido serán más constantes y regulares, en razón a que hay menos factores que lo afectan.

Pero también es claro que no es apta para todos, ya sea por temas de distancia, horario, seguridad, gustos, entre otros, y porque evidentemente aún queda mucho por recorrer en infraestructura y regulación (ver edición del 15 de noviembre, 2014). Las ciclorrutas intermitentes, el mal estado en que se encuentran muchas de ellas y su carencia en un gran número de vías principales (obligando a los ciclistas a usar la calle o el andén), siguen jugando en su contra.

Incentivar su uso es un excelente proyecto, pero eso no debe confundirse con imponer, dos conceptos distintos que las administraciones deberían tener muy claros para que la prioridad a unos no se traduzca en quitarle derechos a otros, especialmente cuando esos otros son carros constantemente ahogados por sobretasas, impuestos y restricciones.

Si la ineficiencia del servicio público lleva a que muchas personas decidan montarse en un carro o en una moto por los beneficios en comodidad y economía que les brindan, no deberían atacarse como se viene haciendo, sino que deben respetarse por medio de un equilibrio en las regulaciones.

Cultura ciudadana

Tal como se expuso en el foro Movilidad en Bogotá: ‘Yo también puedo aportar’, realizado en días pasados en EL TIEMPO, el principal limitante sobre la movilidad en la ciudad es la falta de cultura ciudadana.

Como expresó uno de los ponentes, así como hay un grupo de personas que por convicción se apegan a la ley, hay otro grupo que escoge cuándo “pasarse por vivo” y sacar ventaja, y otro compuesto por quienes simplemente hacen caso omiso a las normas.

Cruzar la intersección y bloquearla, no dar vía a peatones y ciclistas en cruces y esquinas, caminar por las ciclorrutas y cruzarlas sin cuidado, armar doble carril donde no lo hay, colarse en Transmilenio, y muchas otras conductas que son el pan de cada día, se convierten en factores que afectan la movilidad.

De nada serviría una infraestructura desarrollada y bien ejecutada si las acciones de los ciudadanos no están a la altura.

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