A bordo del carro más rápido del mundo: Bugatti Veyron

¿Los que han montado en avión me entenderán. Y también sabrán por qué pisé el freno inmediatamente para no estrellarme¿.

Redacción Motor

05:00 a.m. 29 de agosto del 2008

IVÁN LUZARDO
REDACTOR DE EL TIEMPO

Ser periodista tiene algunas ventajas. Entre ellas viajar y conocer cosas que, como podrán darse cuenta, en Colombia no es posible ver, salvo en contadas excepciones.

Y lo que comenzó como una visita al considerado por muchos paraíso de las mujeres hermosas estadounidenses ¿el condado de Orange, en California (famoso por la serie de televisión The O.C.)¿ terminó a bordo del automóvil de calle más rápido del mundo.

Para mí, periodista especializado en tecnología y cuyo fuerte no son precisamente los caballos de potencia, los centímetros cúbicos de un motor, las bujías o los sistemas de inyección, el atractivo del viaje estaba por otro lado.

El objetivo era conocer las instalaciones de Kingston Technology, una de las principales compañías fabricantes de tarjetas de memoria flash (las que utilizan las cámaras fotográficas) y memorias USB. También se trataba de tener un acercamiento más profundo con sus directivos, y fue ahí donde estuvo la sorpresa.

John Tu, presidente y copropietario de la empresa, es un chino que no sobrepasa los 60 años. Su comportamiento sencillo y amigable dista del de muchos ejecutivos de compañías grandes.
Y eso que la cifra que mide su fortuna tiene varios ceros a la derecha, en dólares. No obstante, un detalle de su vida dejó perplejo a más de uno de los visitantes: uno de sus pasatiempos, aparte de la música, es coleccionar autos deportivos. Aunque nunca supimos la cantidad, es claro que bajito son más de 15.

¿Date una vueltica, ala¿
Al finalizar una tarde de trabajo, John Tu se alejó del grupo para atender su negocio. Sin embargo, antes de irse puso en manos de uno de sus colaboradores algo que, por lo menos a mí, me hizo sentir como en un sueño. La llave de la última joya adquirida de su colección, un Bugatti Veyron, disponible para que todos los allí presentes tuviéramos la oportunidad de manejarlo.

¿¿Es en serio?¿, nos preguntamos todos, incrédulos al saber que no éramos tan lejanos del Bugatti. Pero era verdad. Ese carro de color azul y negro, parqueado solitario como una porcelana que no se toca, en pocos minutos estaría rodando casi a nuestro antojo.
Cuando llegó mi turno, la ansiedad era total. Como un niño chiquito que está encaprichado con su primera bicicleta, yo me conformaba con el recorrido de 500 metros que podíamos hacer en la nave. Tampoco importaban los dos policías acostados en el trazado, que impedían subir la velocidad.

Me subí y el impacto para mí, acostumbrado a carros del reino de los mortales, fue total. Su silletería es de lujo, al igual que el volante, la palanca de cambios y toda la consola de instrumentos.

Cada detalle parece de colección, como el mismo automóvil. Y tal como me lo había prometido, puse el carro en neutro y aceleré hasta el fondo. Resonaba a varias cuadras a la redonda y adentro se sentía poder y fuerza.

Un simple toque en el acelerador movió la máquina. ¿Despacio¿, me decía mi copiloto, que también gozaba con la emoción que evidenciaba mi rostro. La suave dirección movía el carro con suma naturalidad, como si simplemente se deslizara. Vinieron los policías acostados y el último tramo, el más esperado, que permitía acelerar un poco más.

En ese punto, quise percibir el poder del Bugatti. Lo detuve completamente y presioné con más fuerza el acelerador. Lo que experimenté a continuación, cuando el carro cogió bríos, solo puedo compararlo con el momento en que despega un avión.

En ese instante el aparato hala para atrás y uno se queda inmóvil, sintiendo la potencia del motor en todo el cuerpo. Los que han montado en avión me entenderán. Y también sabrán por qué inmediatamente pisé el freno para no estrellarme.


No es cualquier juguete
Luego me enteraría de que el carro que manejé tiene 1.001 caballos de fuerza, más que un auto de Fórmula 1 (que tiene 900 caballos), y que para obtener su velocidad máxima (407 kilómetros por hora) es necesario emplear una llave adicional que, por obvias razones, el dueño no nos prestó.

Su motor es de 16.4 litros, mucho más que el tamaño del de una tractomula, que está entre 13 y 15 litros. También supe que sube de 0 a 100 kilómetros por hora en 2,5 segundos y que ¿se comería vivo¿ a un F1, por lo menos en un trayecto recto. Además, los rumores decían que este Bugatti cuesta más allá de los 1,2 millones de dólares.

Para mí todos esos datos son insignificantes. Cuando uno se monta en un carro del que solo existen 60 en el planeta, el reloj se detiene. Solo se quiere sentir el rugir del motor que pide vía. Ahí fui único en el mundo, igual que el carro. Y también pensé que el placer era tan pasajero, que era mejor no encariñarse. Aún así, seguiré a la espera de una segunda vuelta. Gracias, John Tu.

LA COLECCIÓN
El Bugatti Veyron es uno más de los carros deportivos de la colección de John Tu. También cuenta con un Mercedes-Benz SLR McLaren, un Maserati GranSport Spyder y un Ferrari.

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