El desastre de la operación retorno el pasado 13 de octubre: crónica

La falta de información de la Policía de Carreteras para los viajeros y el deficiente sistema de cobro en los peajes, un lunar grande en la operación retorno. Melgar-Bogotá en cinco horas.

Redacción Motor

05:00 a.m. 17 de octubre del 2008

CARLOS CAMACHO MARÍN
REDACTOR VEHÍCULOS

Una pesadilla. No de otra forma se puede llamar o calificar lo que vivieron y vivimos miles de viajeros y automovilistas que regresábamos a Bogotá el pasado lunes festivo desde ciudades como Melgar, Girardot, Ibagué o Cali.
 
Para apreciar la magnitud de esta pesadilla, las cuentas son muy fáciles de hacer. De Melgar a Bogotá hay 95 kilómetros, que andando regularmente (con conos y doble línea amarilla), se pueden recorrer en dos horas en cualquier automóvil. Pero no. Gracias al 'éxito' de la Operación Retorno, ese tramo de tan solo 95 kilómetros se hace en cinco horas. ¡Cinco horas! Como en los tiempos de los caminos de herradura que transitaban nuestros abuelos.
 
Y este no es el único caso. Hubo gente que se gastó seis horas desde Útica (Cundinamarca), hasta Bogotá. Un recorrido que normalmente se puede hacer en dos horas. (Ver abajo nota 'Pan de cada puente')
 
No sabemos a qué vías se refería el director de Tránsito y Transporte de de la Policía de Carreteras, general Luis Alberto Moore Perea, cuando lo escuchábamos en la radio hablar del éxito de la Operación Retorno. En todo caso, ante tan buenas noticias, muchos conductores nos aventuramos a coger el camino para regresar a casa.
 
El comienzo de la pesadilla
Luego de un recorrido agradable por los llanos del Tolima y Huila, en Girardot se comienza a transitar por una doble calzada que pinta muy bien. Uno entiende que está en construcción, así que aguantar la larga fila para atravesar el puente del río Sumapaz, en la entrada a Melgar, es algo soportable.
 
Allí la Policía, hay que decirlo, hace un esfuerzo por agilizar el tráfico y, en los festivos, habilitan dos carriles. Tras una paradita para hidratarse y aliviar el riñón, se emprende la ruta por el Cañón del Sumapaz pasando por la 'Nariz del Diablo'. Son las siete de la noche.
 
Y ahí empieza 'Cristo a padecer', porque al contrario de otras ocasiones, parece que en esta oportunidad a la Policía se le olvidó cómo hacer los operativos. Cero información, no hay avisos, carros que vienen cuando supuestamente sólo está habilitada la ruta hacia Bogotá, así que ir por la izquierda es un suicidio.
 
El sábado, en la 'operación éxodo', después del peaje de Chusacá hasta llegar a Silvania, había unos conos que uno suponía eran para separar los carriles de subida y bajada, es decir, dos para bajar hacia Melgar, y uno para subir hacia Bogotá. Pero no había un aviso que les informara a los conductores que se podían utilizar ambos carriles, así que todo el mundo en fila india.
 
A la falta de avisos hay que sumar las famosas '
oleadas' que aparecen en el momento menos esperado. Con carros de frente cuando todo el mundo va confiado en que tiene el camino libre. Y por eso, cuando se encuentran las dos caravanas de carros, la que sube y la que baja, se arma un nudo que puede tardar mucho tiempo en desenredarse.  O lo que es peor, sobre todo para los habitantes de las veredas o de las fincas, cuando la Policía cambia el sentido de la vía y la gente queda atrapada a un lado del camino.
 
Los peajes, una vergüenza
Para completar el triste cuadro del retorno, en esta oportunidad la cuota de desidia la pusieron los concesionarios de los peajes, que no contentos con cobrar las tarifas más costosas de Suramérica, someten a los usuarios a largas filas para pagarles el derecho a la tortura.
 
Por poner un ejemplo, en julio pasado hicimos un recorrido en Panamá por una vía de doble calzada de 120 kilómetros. Un solo peaje en todo el viaje nos costó 50 centavos de dólar. Aquí pagamos (los automóviles) dos peajes, 13 mil 600 pesos, más o menos seis dólares.
 
Hasta aquí ha pasado apenas una hora desde que salimos de Melgar, estamos en el Alto de Canecas, y el panorama no puede ser más triste y desolador para familias enteras a un lado del camino, con el carro recalentado y los niños agobiados por el calor.
 
Todo porque la fila para pagar el peaje de Chinauta llega hasta abajo. Se ven perfectamente las luces de la fila de carros montaña arriba. Se avanza metro a metro, mientras las empleadas que atienden las casetas 'verifican' que los billetes de mil y dos mil pesos no sean falsos. Los ponen contra la luz, revisan que en los primeros Jorge Eliécer Gaitán no tenga crespos, o Santander tenga sus patillas en orden. En fin, todo un ritual.
 
La misma escena se repite llegando a Bogotá en el peaje de Chusacá, y en Mondoñedo, y por la 80. 
 
Tras casi 40 minutos subiendo, pagamos el peaje, y hasta ahí llegamos. Nada qué hacer: apagar el carro en plena vía y esperar, mientras las emisoras hablan del 'éxito y la normalidad de la operación retorno'.

Todo el mundo se baja de los carros a comentar la noticia. "Uno no sabe si reír o llorar al escuchar a los locutores", dice un conductor. "Debe ser que los periodistas hacen los informes desde la casa", comenta otro.
 
Ante esa alusión directa, prefiero callarme y estirar las piernas, pero recuerdo cómo desde hace tiempo José Clopatofsky, director de la Revista Motor, y además mi jefe, y muchos lectores que nos escriben, han propuesto nuevos mecanismos para el cobro de los peajes.
 
¿Será que es muy difícil idearse un sistema prepago? ¿Que los tiquetes se puedan comprar en estaciones de gasolina o en otros sitios que no sean las casetas de los peajes? ¿Qué no haya que parar a entregar el comprobante de pago? ¿Esto no se puede resolver con una calcomanía que identifique  los carros que ya pagaron?
 
O será que a los concesionarios de los peajes les pasa lo mismo que a una firma de tres letras que vende tarjetas a cambio de publicidad, dicen, y da unos rendimientos extraordinarios, pero los bancos no le reciben efectivo. Mejor dicho, todo es en efectivo.
 
En medio de esas reflexiones, y mientras se desgaja un fenomenal aguacero que obliga andar a 20, seguimos el camino hacia Bogotá. Son las diez de la noche y todavía estamos en el Alto de Rosas viendo carros varados y la larga fila para pagar el peaje de Chusacá.
 
Ni les cuento lo que sigue, solo que de ahí hasta Bogotá son dos horas más  en el paso por Soacha. Ahora, si no se quieren perder esta experiencia y la quiere vivir en carne propia, vienen dos puentes más. Aprovéchenlos. 
 

Pan de cada puente
Aunque el tráfico de las carreteras es ya 'pan de cada puente', lo que vivimos el pasado 13 de octubre no puede calificarse sino de atropello y negligencia por parte de la Policía de Carreteras, las concesiones viales y todos los encargados de que nuestras vías nacionales sean medianamente transitables.
 
Yo acostumbro bajar cada puente con mi familia a una pequeña finca ubicada en Útica (no me detengo a hablar de ese desastre al que tiernamente llamamos 'la carretera' que de la vía a Villeta conduce a ese bello municipio), y solemos devolvernos después de almuerzo para que no nos coja el grueso del tráfico y aprovechar mejor el 'Plan retorno'.
 
Pero solo fue tocar la carretera principal a eso de las cuatro de la tarde para quedar presos en un caos que jamás había visto: carros, buses, camiones (¿los camiones no tenían restricción durante los puentes?), motos, busetas... todos tratando de llegar a Bogotá, sin contraflujo, con un peaje funcionando a paso de tortuga y un ramillete de agentes que lo único que hacían era pitar y regañar. 
 
Varios vehículos se recalentaron (incluido el nuestro) y otros más tenían que detenerse para evitar daños mayores en sus motores. Tal fue el desorden, que un viaje que solemos hacer, a lo sumo, en dos horas y media (hasta el puente de guadua) nos llevó la bobadita de ¡seis horas! (sin contar la varada).
 
Y mientras tanto, el general Moore, comandante de la Policía de Carreteras, diciendo en los noticieros que el 'Plan retorno' fue un éxito y que los pocos accidentes que se presentaron obedecieron a exceso de velocidad. Yo me pregunto: ¿de cuáles carreteras estaría hablando? ¿De las de Alemania?
 
Ni el 'Plan retorno' fue un éxito, ni puede hablarse de exceso de velocidad. Lo primero, porque no hubo coordinación alguna con las concesiones (grandes culpables del caos también) y lo segundo, porque es imposible que haya exceso de velocidad en nuestras carreteras, sencillamente porque es imposible andarlas.
 
¿Hasta cuándo los medios van a seguir haciéndole el juego a este despelote vial que ya no da abasto? ¿Cuándo se van a atrever a decir que nuestras vías están al garete? ¿Saben si las concesiones viales, que cobran los peajes más caros de América Latina, están haciendo bien su trabajo? ¿Qué están esperando para cuestionar al ineficiente Ministerio de Transporte, cuyas políticas viales tienen a Colombia, literalmente, bloqueada?
 
Útica-Bogotá: seis horas. Melgar-Bogotá: cinco horas. Villa de Leyva-Bogotá: seis horas... y para el general y los noticieros de televisión, "el 'Plan retorno' fue todo un éxito".
Rocío Calle de Medinacelli

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