Diario de abordo: 6 Horas de magia

Diario de abordo: 6 Horas de magia

Redacción Motor

05:00 a.m. 05 de diciembre del 2008

JOSÉ CLOPATOFSKY LONDOÑO
DIRECTOR REVISTA MOTOR

Llevo 23 años detrás del Premio Motor y, de esos, 21 han sido impulsando y desarrollando las 6 Horas desde cuando se le hizo esa propuesta al automovilismo deportivo nacional.

Y algo hay detrás de esos 360 minutos de competencia. Primero, es una modalidad muy antigua, pues recuerdo que las primeras 6 Horas se hicieron a finales de los años 60 en la ruta que iba desde la calle 100 hasta Chía, pasaba a Cota. Luego, por la carretera de La Conejera, volvía a la ciudad a tomar lo que se llamaba, con gran sentido de Metrópoli, 'el primer puente', hoy calle 100. Si mi memoria no falla, el ganador fue José María Gómez, en un Fiat Spyder 1.500 y al año siguiente hizo lo propio en un Mercedes deportivo.

Luego las 6 Horas se achicaron, no en el reloj, sino en el escenario. Se hicieron entre el 'segundo puente' (Calle 134) y la Autopista Norte, regresando por la carretera del Norte, hoy carrera 7.

En 1966 y 1967 fui el director de la carrera, cuando apenas salía del colegio y por cuenta de la entonces muy dinámica Escudería Colombia que presidía Fernando Villa Uribe. En esa ocasión se recortó aún más el circuito, pues se corrió al 'tercer puente' (hoy la 170) y se mantuvo por la autopista y la séptima.

Allí recuerdo haberle dado la bandera de partida al Jaguar XKE de Oddo Natalini Ferrari, quien vino desde Caracas andando en su carro, y al año siguiente al Maserati 250 de Leonado Barbosa, también venezolano.

En ese mismo año, Felipe Botero, un jovencito insolente con un Ford Falcon preparado por Mauricio de Narváez en su taller, donde oficiaba como aprendiz Jorge Cortés, se dio el lujo de mortificarle la vida al "Ganso" Garzón, cuyo Lincoln de la mecánica nacional había sido, hasta ese momento, inalcanzable.

Y más en carreteras. El carro del "Ganso" era famoso, además,  por la lluvia de piedras que dejaba tras de sí, pues en esas épocas se estilaba cortar las curvas de manera extrema y los vértices eran las cunetas. Una pedrada certera en el radiador del Falcon aplazó la caída del reinado de Garzón.

En 1968 fueron las últimas 6 Horas de ruta y en ellas asistí a la grilla, pero como copiloto de Otto Baños, en un Chevelle con motor V8 de 327 pulgadas y caja de 4 adelante. Todo un bólido que terminó destruido en el round point de La Caro, cuando patinamos en medio de un sensacional aguacero.

Llegamos a la curva en reverso como a 120 por hora, el carro tumbó todas las cercas que había a la redonda y, milagrosamente, nada nos pasó, a pesar de que la llanta de repuesto iba suelta en la parte de atrás de la cabina.

Aparte de las 6 Horas que conocemos como el Premio Motor, se hicieron las 6 Horas del Campeonato Bolivariano, que tenía paradas en Caracas (Los Próceres), Ecuador (Yahuarcocha), Colombia y Perú.

La carrera de Bogotá se hizo el 27 de agosto de 1967 por la carrera 30 -girando luego alrededor del estadio El Campín- y regresaba por la misma hoy Ciudad de Quito, hasta subir por la calle 45.

Al encontrar el Park Way se cruzaba a la derecha hasta la calle 39 y se regresaba por la calzada opuesta hasta nuevamente recorrer la 45 y la 30. Para efectos de los anales, la primera fila la ocuparon dos McLaren (sí señores) de Perú, uno con motor Ford y otro con Chevrolet.

Cuando funcionó el autódromo de Ricardo Mejía, se hicieron las pruebas de duración más largas de las 6 Horas, conocidas como el Premio Ricard, pues una de ellas llegó a tener nueve horas de desafío.

Pero hubo que esperar a Tocancipá, a la creación de la carrera de Motor-Wagner Cofre, a que se hiciera el cerramiento de la pista y a que la idea de las 6 Horas volviera a rodar con el reto de terminar en la noche.

De esto hace ya más de dos décadas y aunque la carrera se vuelve esquemática por la repetición de sus condiciones y el escenario, cada vez que la grilla se pone en movimiento para hacer otro chulo en la libreta, se nos erizan los pelos y se aprieta  el estómago por la emoción que significa ese lanzamiento de todos nuestros mejores carros hacia la boca del lobo de una aventura que siempre se escribe con diferentes historias.

Precisamente por eso dos veces las corrí y logré ganar en una de las acometidas. Como las conozco desde el túnel, desde la tribuna, desde la organización, desde el periodismo, siempre ha sido una constante y una obligación que el banderazo final signifique el arranque de la siguiente edición.

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