Más de tres horas de Chía a Bogotá, esta odisea deja al descubierto el mal estado de la autopista norte

Relato de la poco placentera experiencia de quedarse atrapado en un trancón en Bogotá durante hora.

Redacción Motor

05:00 a.m. 29 de agosto del 2008

JUAN JOSÉ RAMÍREZ
EDITOR ADJUNTO ELTIEMPO.COM

En ese tiempo podría haber llegado desde Bogotá a Ibagué, sin exceder los límites de velocidad. Pero lo malgasté, junto con otros miles de conductores y pasajeros, en el enorme trancón que se registró en la mal llamada autopista norte el miércoles pasado en la tarde y bien entrada la noche.

Me dirigía a Bogotá desde Chía a eso de las 4 de la tarde para iniciar mi jornada laboral, a las 5 p.m. A esa hora (la verdad, a cualquier hora) el flujo de vehículos particulares, de carga y de buses intermunicipales es muy intenso.

Avancé con relativa normalidad hasta la altura del primer retorno, ya cerca de los límites del Distrito. Allí me encontré con el represamiento de vehículos. Algunos conductores tuvieron la lucidez de salirse de allí en ese punto, para tomar la ruta alterna de la carrera séptima. Lo hicieron oportunamente.

En las siguientes tres horas no avancé más de dos kilómetros. Al cabo de la primera media hora, algunos pasajeros de los buses intermunicipales comenzaron a descender de los vehículos y avanzar a pie, aprovechando que había dejado de llover. También lo hicieron bien. Una persona saludable puede avanzar a buen paso hasta siete kilómetros en una hora. Nuestra 'velocidad' no llegaba ni a la cuarta parte de eso.

Por momentos, las tres filas de vehículos avanzaban unos pocos metros y se volvían a detener. Pero al menos en tres oportunidades, la caravana se detuvo totalmente, y en una de ellas durante más de media hora.

Una señora muy elegante se pegó a la bocina de su Megane nuevo y nos hacía señas a mí y a los conductores vecinos para que le diéramos paso. No entiendo para qué, si nadie se movía. Muchos apagamos los motores. Llamé a avisar que me demoraría en llegar al trabajo y que averiguaran qué pasaba.

Anocheció. Volvió a llover. El tramo de entrada a Bogotá, a la altura del cerro Torca y del peaje, está muy mal iluminado. Había pasado hora y media y había avanzado menos de un kilómetro. A mi lado, desde un camión viejo, se escuchaba el desespero de varios cerdos que son transportados a la ciudad. Pienso en la cena Navideña.

Por un momento se enciende una luz de esperanza y los conductores y pasajeros que se habían bajado de sus vehículos a estirar los pies retornan a los carros y atropelladamente los encienden. Yo con ellos. Un árbol atravesado en la vía nos hizo pensar a muchos que esa era la razón del atasco. Otro error, porque pasado por ese punto, al frente del club de Colsubsidio, la caravana se volvió a detener.

En la radio afirman que el trancón fue producido por el desbordamiento del canal que atraviesa la autopista a la altura de la calle 220. Es decir, a armarse de nueva paciencia porque la cosa va para largo.

Extraño que no haya policía de tránsito en el cruce de la vía de Guaymaral para desviar tráfico de regreso a Chía para que la gente llegue a Bogotá por Cota y la calle 80.

También echo de menos que no haya policías en los retornos hacia el sur, para impedir que nuevos vehículos ingresen al atasco y lo agraven. Me cuentan que por la séptima hay trancón y que la Policía no habilitó el contraflujo, que hubiera ayudado mucho.

En Bima, la caravana se mueve un poquito, quizás porque varios conductores se salen del trancón para buscar vías alternas. Tampoco allí se ve a los de Tránsito para desembotellar fácilmente la vía.

Metros más adelante se aprecia la magnitud del problema. El humedal que atraviesa la vía está totalmente rebosado. El agua cubre la calzada norte-sur en su totalidad. En algunos puntos, la profundidad puede llegar a los 40 centímetros. Varios vehículos están varados en la vía. Los buses y camiones avanzan con lentitud. La mayoría de los vehículos particulares esperan a que baje la marea, literalmente. Son las 8 de la noche.

Los pasajeros que vi bajar de los buses intermunicipales se suben nuevamente a lo que puedan para ser llevados al otro lado de la laguna que surgió en el paisaje. En la labor de ferry participaron hasta las patrullas de la Policía de Tránsito. Me arriesgo a avanzar. Me dicen que la inundación ha cedido bastante y que ya no está tan grave como dos horas atrás. Igual, la velocidad es mínima y el riesgo, alto.

La inundación se extiende más allá del colegio San Viator, por donde pasa el canal que también se desbordó. Los bomberos trabajan para evacuar personas de los vehículos varados y ya hay algunas grúas atendiendo los casos más graves.

De ahí en adelante la cosa mejora. Casi que me alegro de los 'normales' trancones de navidad de las avenidas bogotanas. Llego a la oficina antes de las 9 de la noche, atareado, molesto y con las luces fallando, quizás por la humedad y ¿echando madres¿ contra todo: el invierno, la imprevisión de las autoridades, la falta de solidaridad de mucha gente, el caos y el mal estado de nuestras calles.
 

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