José Clopatofsky
José Clopatofsky

Además de 'Pico y placa' en Bogotá los automovilistas tienen que soportar el "Pico y pala"

El director de Revista Motor, José Clopatofsky, comenta acerca de un polémico proyecto de ley de los gobernadores para subir el impuesto de rodamiento en todo el país.

05:00 a.m. 09 de marzo del 2009

 Si al pobre automovilista de Bogotá le han dado pico y placa sin consideración, y con toda la injusticia de una norma hecha contra
la marea de sus perjuicios, ahora le preparan una cuota de pica y pala directamente a su bolsillo.

Como si fueran pocos los gravámenes y ataques al automóvil privado, los gobernadores de todo el país están presentando un proyecto de ley para subirles el impuesto de rodamiento, lo cual resulta totalmente desconsiderado y más que inoportuno pues al mismo tiempo que quieren cobrar más, en un alto porcentaje de ciudades el uso de los vehículos se restringe y la red vial sigue siendo pobrísima y precaria. En Bogotá, gracias al "samuelazo", el impuesto se paga pleno y el carro solo se puede usar la tercera parte del año, eso sin descontar los domingos, cuando la mayoría de las vías están también cerradas.

Por otra parte, además de aumentar el SOAT, a los motociclistas les están clavando un incremento adicional lo cual deja este
seguro en un precio que en algunos casos es el 25% del valor de la moto, lo cual es totalmente desmedido para quienes derivan su sustento de uno de estos aparatos. Máxime cuando todos sabemos que las platas del SOAT generan excedentes cuantiosísimos que se aplican a muchas cosas diferentes a la movilidad, mejora de vías o prevención de accidentes. Se van en gasto público, siempre por cuenta del propietario de un automóvil.

El pretexto para esta alza, ya decretada del 7,67 por ciento sobre el aumento usual del año, es el incremento de la accidentalidad de las motos, cosa que me atrevo a rebatir rotundamente. Porque el aumento del parque de motos a razón de más de 300 mil aparatos al año, nunca va de la mano del crecimiento de los percances. Y un gran porcentaje de la siniestralidad en dos ruedas la genera el
propio gobierno con su manera irresponsable de otorgar las licencias de conducción, sin exigir un mínimo requisito técnico y de conocimiento de las normas del tráfico. Si se cruza el número de motos contra la cantidad de accidentes, el porcentaje es cada vez menor, milagrosamente.

Volviendo al tema de los impuestos de rodamiento, ya que el gobierno va a meter el proyecto al Congreso donde estoy seguro más de una voz parlamentaria se levantará para frenar un nuevo atropello, se debe aprovechar el momento para reestructurar totalmente la forma como se tasa y cobra ese tributo.

Hoy lo cobran a partir de una lista caprichosa y hecha a dedo por el Ministerio, lo cual es muy controvertible desde el punto legal ya que no tiene autoridad para fijar el valor de los bienes ajenos y privados.
Sucede que con la depreciación del carro usado, en la cual el gobierno va deliberadamente atrasado para no deteriorar el recaudo, los ingresos van cayendo proporcionalmente, a pesar de la entrada de los vehículos nuevos. Eso no es correcto.

Tampoco lo es el sistema que mantiene el costo de rodamiento proporcional al precio del vehículo ya que éste pagó sus tributos de lujo, tamaño o tipología cuando se cancelaron los aranceles, IVAS y demás gravámenes del ordeño gubernamental al usuario del automóvil privado, que es mucho más alto que el que pagan los transportadores quienes se lucran del uso de las vías y de la necesidad pública.

Una vez el carro de lujo está en la calle, gasta la misma cantidad de pavimento y ocupa el mismo espacio que otros de menor valor o dimensión.

De ahí que de nuevo planteo la idea que leí hace un tiempo del entonces columnista de El Colombiano y hoy senador Jorge Enrique Vélez, que sugiere que el impuesto del rodamiento se cobre directamente con el galón de gasolina. De esta manera el gobierno recauda en efectivo y en directo, ahorrándose toda su costosa e inútil burocracia de cobro en la cual pierde mucha plata, porque no habría morosos ni evasores. El que tiene el carro de motor grande paga más y quien lo usa frecuentemente pues también aporta más al impuesto, en proporción con el uso que hace de las vías. Y, para completar las bondades, la platica se queda de una en el municipio donde se usa el automóvil. Como el asunto pasará por el parlamento, sería el momento para que le metan una buena mano a esta aberración del rodamiento y lo pongan en tasas y sistemas justos.

Al momento de escribir esta nota, falta menos de una semana para la tan anunciada evaluación que va a hacer la Alcaldía de Bogotá sobre el pico y placa, que no parece ir por buen camino porque las entidades afines al tema desestiman todas las quejas, las estadísticas y las protestas públicas, como si la gente se estuviera inventando los perjuicios y haciendo marchas para gastar zapato y tiempo por gusto. Entretanto, cursan demandas como nunca antes se había visto, interpuestas por pesados juristas, contra esa medida, contra el precio de la gasolina y hasta contra el cobro del impuesto pleno de rodamiento.

Los usuarios están exasperados y ojalá las autoridades le pongan más cordura y menos tozudez a la situación que generaron inútilmente e implementen soluciones para el trancón del día a día.
Uno no puede gobernar la cotidianidad de una capital de este tamaño a punta de futurología y menos cuando se les nota a todas luces que los archivos que consultaron para construirla se ven muy precarios, improvisados y lejos del sentido común.

Por ejemplo: ¿Para qué mantener cerradas las bahías de parqueo hasta mediados de año esperando taxímetros que no han comprado e inventando una regulación que no saben cómo redactar? Déjenlas usar, cumplan con la ley que les ordenó abrirlas, denle facilidades a la gente -no solo a la que llega en carro (cuando puede) sino al negocio que vive del visitante- y cuando tengan listo el cobro, pues háganlo. Esta es una muestra de la miopía con la cual gobiernan a esta ciudad y de la viveza de quienes mandan por detrás.

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