José Clopatofsky
José Clopatofsky

Arranque 476 / La amarga factura del dulce combustible

El director de Revista Motor, José Clopatofsky, se preguntá por qué los consumidores de gasolina deben pagar los costos del paro de los 'corteros' de caña, si este es un pleito entre particulares.

05:00 a.m. 07 de octubre del 2008

Nunca la Fórmula 1 perderá su magia. Es el mundial de todos los fierros. El sonido de los motores llevados en cada instante al borde del estallido mecánico, los carros que parecen zancudos amarrados al piso por encima de los límites de la física, el glamour de los artistas, personalidades y espectadores que se quieren hacer ver por encima de los pilotos y los proyectiles mecánicos zumbando entre los edificios, no han cambiado. Ni en el opulento Singapur, ni en el clásico Mónaco. En 1972 vi a Jean Pierre Beltoise ganar su única carrera del mundial manejando un BRM en el Principado, con un caprichoso motor que despedía olores de aceite de ricino por los doce tubos de escape, mientras los demás molinos de combustión interna ya rodaban en 'sintético'.

En ese entonces, gasolina, bioaceites y hasta alcohol en los carburadores, corrían a la par. Y hoy también. Nadie pregunta cuántos galones del más sofisticado combustible se queman en un gran premio de la F1, pero todos saben que, en proporción con la velocidad, potencia, rendimiento y optimización, esos motores son a la ecología lo que la enología al vino, ciencia en la cual hay que beber para juzgar.

Hoy, Jean Pierre Beltoise tiene una empresa que se dedica a sugerir técnicas de ahorro de gasolina en Francia, después de haber sido un admirado despilfarrador cada vez que hundía el acelerador y el motor de su auto de carreras era capaz de entregarle un par de caballos más. Que, forzosamente, necesitaban más gasolina para el quemador.

En los prólogos del Mundial del Automóvil de París, Beltoise sale en las populares páginas del cotidiano deportivo L¿Equipe, trillando los consejos para ahorrar gasolina.

Apagar el motor en los trancones, usar al mínimo el aire acondicionado, pisar lo menos posible el acelerador, despachar los cambios apenas el motor se sienta cómodo y, en suma, ponerle un zapato de seda al pie derecho, que es el que manda en la factura del combustible. Nada nuevo.

Luego de la obligada escala en L¿Equipe, caí en una revista de avanzada tan interesante como poco popular, al menos en los mostradores colombianos. Se llama Wired. Tiene la más perfecta y ética confusión entre avisos y material editorial, pues uno salta entre la publicidad y los textos más exactos sobre el momento tecnológico, sin darse cuenta del origen de la información en una impecable aleación.

En alguna parte dice que todas las empresas de éxito y futuro son el producto de personas que, en su momento, no habían llegado a los 30 años. Porque desde esa edad en adelante, todos los responsables de algún desarrollo nos volvemos una compleja y costosa madeja de estudios, investigaciones, burocracia, experimentos, prestaciones, bonos y frecuentes fracasos.

La prueba es dramática: cuando empezaron sus compañías, Bill Gates (Microsoft) tenía 20 años; Mark Zuckerger (Facebook), 20; los 'Google boys' 25; Chad Hurley (You Tube), 25; David Karp (Músico,Tumblrt), 21.

En nuestro país no hemos tenido la explosión de estos genios o no somos el escenario para que tantas brillantes ideas salgan a flote. En cambio, sí somos el espectacular aeropuerto para que se enquisten todos los viejos vicios del oportunismo, la facilidad, la continuidad y la falta de visión.

Vuelvo al alcohol. Al momento de escribir estas líneas, los 'corteros' que sacan la caña de azúcar para los ingenios del Valle del Cauca, llevan medio mes en paro. Por cuenta de esa desaceleración del machete, se acabó el etanol en el país y los usuarios de ese combustible que nos venden en algunas partes como un 10% de cada galón de gasolina, estamos pagando el sobreprecio de esa cantidad de líquido a la tasa de petróleo internacional.

A la industria del azúcar, el gobierno le propuso la compra de etanol a precios fijos, con mercado garantizado y rentabilidad asegurada para sustituir en un 10% la gasolina. Laudable por lo segundo, en aras de la ecología, el ahorro de crudo y demás.

Cuestionable por lo primero, pues les dio un mercado cero riesgo, con un retorno garantizado sin límites y una estabilidad que hizo que fuera más interesante sacar etanol que azúcar para nuestra diaria taza de tinto. Resultado: con solo dos semanas de paro, tenemos que importar 40 mil toneladas de azúcar de Ecuador y Bolivia para suplir la escasez interna no de etanol sino de la refinada que conocemos.

Entretanto, cada tanqueada nos cuesta 140 pesos más por galón por cuenta de un pleito entre unas empresas privadas y sus obreros, que piden pasar del esquema del jornal pagado por cooperativas a la nómina de los grandes ingenios que muelen caña con el dividendo asegurado por la cómoda plataforma que el gobierno les pavimentó y como pretende armarles a los cultivadores de productos destinados al biodiesel.

¿Debemos pagar los usuarios por el costo de los pleitos laborales de empresas particulares? ¿No sería correcto que los azucareros asumieran en este momento la diferencia que los consumidores de la gasolina están pagando por lo que ellos dejaron de producir? ¿O nos conseguimos a alguien de 20 años que organice este tema?

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