José Clopatofsky
José Clopatofsky

Arranque 482 / El delito de tener un carro

El director de Revista Motor, José Clopatofsky, critica las medidas gubernamentales que se toman en contra de los propietarios de autos, como ahora el nuevo Pico y Placa, y pide una mejor gestión.

05:00 a.m. 09 de febrero del 2009

 Yo creo que es pecado tenerlo, pero solamente en los sitios donde el automóvil sea un lujo, un sobrante en el garaje o un estorbo en las calles. Pero en Bogotá, donde es una necesidad de transporte y un elemento de trabajo, restringir su uso sin proponer alternativas viables y sensatas de movilidad, es un infantil ataque, directo al sofá y no al pecado.

Para nadie es un secreto que nuestra capital tiene problemas tan graves que necesita medidas de choque. Pero hay que tomarlas contra sus males y no siempre contra los usuarios como lo han hecho con mayor o menor saña los últimos alcaldes.

Aterrizados en la banca número uno del Palacio Liévano por obra y gracia de la política y no de sus propuestas o su saber sobre la gestión que la capital necesita alrededor de su presente y futuro, los dos últimos alcaldes han desarrollado una gestión tibia que les represente dividendos electorales para lubricar su futuro político, que podría estar a dos cuadras más al sur. Pero como van, que cambien de rumbo.

Sin embargo, el bogotano de hoy ha sufrido demasiado y ya no come cuentos. A Enrique Peñalosa casi le revocan el mandato, le descabezaron su candidato contra Lucho Garzón y directamente lo derrotaron frente a Moreno. En estas decisiones, el eje del descontento han sido las medidas contra el automóvil particular y quienes le han dado la vuelta a las votaciones son sus dueños.

El automovilista es una persona sufrida y paciente: paga impuestos carísimos, se chupa cuanto hueco hay, repara las suspensiones de su carro dos veces al año, traga humo del contaminante servicio público gracias a la mala calidad del combustible que el propio gobierno suministra, pierde dos horas diarias sentado esperando a que se destraben las calles, se aguanta un semestre con los semáforos parpadeando, soporta los inventos de un promedio de tres secretarios de Movilidad al año, ve cómo sus tributos se diluyen en obras de pésima calidad, lo despluman en los parqueaderos y, a pesar de tanta persecución, persiste en tener su carro.

No es propiamente por el placer de sortear ese escandaloso costal de obstáculos y peligros. Lo hace por la necesidad de llegar a su sitio de trabajo, así cada kilómetro por la trocha bogotana le signifique limar su patrimonio porque acaba con el carro. Restringirle su movilidad y trabajo durante dos días es lo más insensato y perjudicial que un alcalde pueda proponer.

Estaría bien si eso fuera acompañado de soluciones inmediatas y verdaderas contra los trancones, como puentes automotores y peatonales, arreglos serios en vías, desvíos preferenciales, olas verdes, paraderos de buses y ocupación plena de los mismos, taxis legales y cientos de cosas que el sentido común dicta como remedios de inmediato efecto. Pero resulta que la presente alcaldía no ha mostrado un solo dibujo, no ha expuesto una sola idea, no ha dicho una palabra sobre estas soluciones y por lo tanto lo único que está haciendo es atacando a la gente sin resolverle sus problemas.

Y, de paso, fallar con su compromiso de gobierno, que muy claramente puso por escrito en estas páginas en el momento de conquistar sufragios.

Gobernar no es soñar con megaobras y cosas faraónicas. Esa es solo una parte de la tarea de un alcalde a futuro, fundamental, por supuesto. Pero el día a día es lo que la gente vive y necesita que funcione. En lo primero, se trata de continuar los proyectos y los planes trazados, en lo cual no hay gestión ni creatividad sino administración y, ojalá, control para que no se evaporen o gasten
mal los dineros. En lo segundo se necesita una acción inmediata, funcionarios de a pie, gobierno en la ruta y no en la fantasía de los carros blindados y las escoltas.

Bogotá es enorme y congestionada, porque la dejaron crecer con mentalidad de reparcheos y está taponada por su mediocre planeación. Esto no va a cambiar con picos y placas, con rifas infantiles de números o con encuestas acomodadas de una pobreza dolorosa. Las medidas del pico y placa durante 48 horas a la semana contra el carro particular o la celebración anual del insulso "Día sin carro", nos muestran que estamos muy cerca de gobernantes oportunistas e improvisadores y muy lejos de hombres de una gestión despolitizada y sincera con sus electores.
Por ahora, solo satisfacen los deseos de los transportadores cuyos aparatos son los que más estorban, contaminan, desordenan y aportan por lo menos el 80% del caos vial que soportamos. Para ellos, luz verde.

Abocados a otro lapo inútil de restricciones, que muy probablemente se caigan por su propia inviabilidad o sustentabilidad jurídica, no nos queda otra alternativa que la de cometer pecados veniales como buscar un segundo carro, que en muchas casas puede ser el tercero o el cuarto de una familia, para afrontar los dos días de parálisis que nos proponen a costillas de la
movilidad de otras personas.

Porque los otros caminos del transporte personal están igualmente atacados por la autoridad. La cicla no es solución. Y la moto es objeto de una persecución declarada e injusta. A los motociclistas los paran en todas las esquinas, los obligan a disfrazarse con cascos y chalecos numerados como si ya estuvieran firmando una página de su supuesto prontuario y también son objetivo cercano de otro pico y placa. Claro que si lo imponen, será una medida tan impopular que nos ahorrará concretar una revocatoria de mandato que ya mueven numerosos y crecientes grupos de Facebook.
Porque los motociclistas la tumban, con Alcalde y todo, en 24 horas.

report_error_form_error
Reporte enviado
¿Encontraste un error?
Para EL TIEMPO las observaciones sobre su contenido son importantes. Permítenos conocerlas para, si es el caso, tomar los correctivos necesarios, o darle trámite ante las instancias pertinentes dentro de EL TIEMPO Casa Editorial.