José Clopatofsky
José Clopatofsky

Las carreteras las hacen los abogados

La imagen de la ingeniería vial va en caída libre. Fallan los que planean, los que ejecutan y los que vigilan. Todo para el goce de los abogados.

02:39 p.m. 05 de junio del 2015

Accidentalmente, aunque en tiempo triple A de nuestra televisión, vi hace un par de semanas un lindo comercial que anunciaba con lujo de vistas aéreas y textos muy contundentes el arranque de las autopistas 4G, término bien ambiguo y poco ilustrativo (mejor que sea así porque no sabemos qué es lo que nos están proponiendo), sobre todo porque no tenemos ni idea de cuántas generaciones de carreteras (??) hemos tenido o si nos saltamos olímpicamente una cantidad de progresos asfaltados que nadie vio.

Las tomas muestran precisamente toda la linda zona del Sumapaz, por donde hoy está trazada la remodelada carretera entre Bogotá y Girardot. Por fin, debimos haber pensado quienes le pusimos bolas a la cuña −que a lo mejor llevaba meses al aire− después de una cantidad incontable de años, anuncios, tumbados, enderezados y carretazos sumados, era realidad tanta belleza a pesar de todos los plazos mentirosos que nos cantaron, inauguraciones fallidas y naturalmente mediáticas para los gobiernos y ministros de turno.

Pero 48 horas después se acabó la película y ojalá hayan sacado por mísero pudor el comercial del aire, porque el famoso túnel del Sumapaz, en el vecindario de Tolemaida, tuvo que ser cerrado por “debilidades de los nichos” y daños en una buena parte de las losas de la calzada, que tomarán siete meses de trabajos para refaccionarlos. En suma, otro año de atraso.

Es el colmo de la burla que hayan recibido una obra con esas debilidades, pues esos nichos no se desplomaron ni se dañaron con el poco tiempo de uso que ha tenido la obra. Simplemente, los recibieron así por el afán de inaugurar. O no se dieron cuenta de que eran estructuralmente importantes en otra de esas abundantes manifestaciones de incompetencia de muchas de nuestras grandes empresas de ingeniería. O porque en estos temas del desarrollo vial lo importante en Colombia no es ser ingeniero sino abogado.

Ya está claro, por todo lo que hemos sufrido, los cuentos que nos han metido y la plata que nos han robado a los ciudadanos, que en este país es mucho mejor negocio pleitear que construir y que todos los grandes contratos se juegan a las adiciones, porque nadie es capaz de calcular ética y científicamente el valor de las obras, cuya utilidad está precisamente en apuntarle a la incertidumbre. Eso, en el fértil campo de la inconsistencia de las normas estatales, que solo ahora parecen alinearse, la corrupción, las componendas, la increíble historia de que lanzan carreteras sin comprar los terrenos y ahora la histeria ambiental que frena la llegada de cualquier palada de cemento, hacen que nuestro futuro esté mucho más empapelado que pavimentado.

Y bien, la pomposa carretera y su túnel volvieron a ser un dolor de cabeza. La llegada de los bogotanos después del último puente fue una odisea de siete horas, agravada porque la famosa doble calzada, donde existe formalmente, está totalmente desbaratada con huecos de todas las estirpes que se suman al pánico de la pasada por un derrumbe que hay en Melgar, cuya vía provisional es suicida.

Y ni echemos más hacia el sur porque el famoso túnel de La Línea también está desalineado con los tiempos, los presupuestos, y su apertura es otra película de suspenso por cortesía de los contratistas, los mismos que deben responder por los rollos del de Sumapaz.

El gobierno actual tiene vicepresidente de Obras Públicas, ministra de Transporte (?), Agencia Nacional de Infraestructura, Consejo de Ministros, Planeación Nacional, interventores, concesionarios de carreteras y centenas de funcionarios dedicados al tema, para no hablar de la corte de abogados, que es mayor. A todos les cae el mismo aguacero de críticas y preguntas de parte de profesionales privados expertos, como quienes hablan desde la Cámara de la Infraestructura, hasta las elementales que se hace cualquier persona sobre esta lamentable situación.

Y es que no es solo cosa de túneles. La carretera entre Bogotá y Medellín sigue en veremos y el país se arrastra por el viejo camino colonial a medias pavimentado entre Villeta, Guaduas y Honda. Las obras de Bogotá se las han robado cualquier cantidad de veces y las vías que hacen parecen telas de oblea. Acabamos de pagar billones −que ya no sabemos cuántos arrumes de millones de pesos son− por un nuevo estudio para el metro, y resulta que no se sabe si es más conveniente hacerlo elevado, que es más rápido y mucho más barato de construir. Como si eso fuera un descubrimiento.

Total, en este país, la imagen y la realidad de la ingeniería vial van en caída libre. Fallan desde quienes planean, los que especifican y los que ejecutan, hasta los que vigilan. Todo para el goce de los abogados y la desgracia de los usuarios.

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