José Clopatofsky
José Clopatofsky

¿Carros anfibios para Bogotá?

"Cuando algo se les ocurre se lanzan a los medios con dibujitos y maquetas para paliar los problemas y apaciguar las quejas".

12:36 p.m. 12 de diciembre del 2017

La semana pasada, la alcaldía de Bogotá dio a conocer algunas de las obras viales que pretende adelantar en el curso de lo que le queda de su administración. La mayoría son el desarrollo de proyectos que por muy diferentes razones estaban estancados, bien sea por las decisiones perversas de anteriores alcaldes –Petro y la ALO, por ejemplo–, otras por el cambio de rumbo que les quiere dar la presente administración a temas como el de la Séptima, que ha dado todos los bandazos del mundo y que significan que no convence plenamente, y varias otras por la paquidermia de los institutos y entidades del Distrito que deben moverlas.

Sin embargo, ninguna de las obras que van a empezar –o al menos a estudiar– contempla el más mínimo anuncio sobre soluciones que no dan espera, aunque las hayamos esperado por décadas, como son las dos famosas autopistas de acceso a Bogotá, en especial la vergonzosa entrada por el norte.

Sobre sus huecos, trancones, mugrero, bermas inexistentes, carriles mutilados para el Transmilenio sin reposición para el tráfico normal, losas levantadas y hundidas como lápidas de defunción del famoso relleno fluido oriundo de otra administración de este mismo alcalde, estamos cansados de repetirnos por qué siguen como si nada. Como si su estado no presentara peligro para todos, desde las motos hasta las ciclas que deben usarla. Como si las suspensiones de los Transmilenios que el Distrito sobreprotege no se desarmaran y hasta se les arrancaran las ruedas con peligro de muerte para sus vecinos de baches y pasajeros. La discriminan como si fuera una vía para estratos altos que no merece cuidados, cuando por ella van las flotas, los camiones con carga, víveres y mercados que traen los campesinos, los transportes de los residentes de los municipios vecinos –a quienes Bogotá prácticamente ha expulsado con su inmovilidad–, los colegios, los entierros. Y etcéteras.

Vuelvo con esta retahíla, en la cual seré incansable, porque la venida a Bogotá hace semana y media se demoró hasta 4 horas, y las ayudas de Waze sugerían ir hasta Cota para poder llegar desde Chía hasta la calle 170. ¡Ir a Cartagena pasando por Pasto!

Y todo porque además de ese esqueleto de carretera en la cual se anda a tumbos entre huecos y bómperes (nunca falta una ambulancia pidiendo paso sin que sea evidente su urgencia), se forma una piscina que mide unos 100 metros de largo y brota hace más de 50 años, tiempo que este periodista recuerde.

Porque el asunto es muy antiguo, ya que el famoso charco en la zona de los humedales debe estar latente desde los tiempos de Bochica, cuyos contemporáneos le inventaron el salto del Tequendama para destapar la sabana. Basta con que llueva algo más de la cuenta –cosa que no es de este mes, ni de este año, ni de este siglo, sino de todos nuestros tiempos climáticos– para que se inunde el sitio, y nunca ha merecido la atención de caciques. Ni de alcaldes.

Tenemos ahora a un alcalde que es amante de las cosas elevadas, como el metro que va a dejar planteado para la ciudad. ¿Será una estupidez pensar que en esa zona de la laguna eterna se eleve la autopista unos cuantos metros y esta ciudad no quede paralizada por un pozo miserable que la califica como una de las pocas urbes feudales sobrevivientes del mundo?

Ya hemos oído que el piso no se puede tocar porque es un humedal que se debe proteger con sus matas y fauna fundamentales para la supervivencia verde y animal. Muy bien. ¿Pero no será peor para esos lugares el tráfico a uno por hora contaminando el ambiente? ¿O la inundación de esos ‘prados’ y zanjas donde el agua debe seguramente ahuyentar las especies y podrir las matas?

Por supuesto, esta es otra fantasía y vana esperanza de otro diciembre. Ya sabemos que esa vía y la Séptima están colapsadas por el abandono y el desinterés de estos funcionarios y de sus antecesores de décadas atrás. No hay una palabra al respecto de este caos. Lo cual supone que tampoco hay las ideas, porque cuando algo se les ocurre se lanzan a los medios con dibujitos y maquetas para paliar los problemas y apaciguar las quejas. Pero ni eso hay y, al paso que vamos, necesitaremos carros anfibios para venir y transitar por Bogotá. Porque también, obra de tiempos modernos, el funcionamiento de las famosas bombas del deprimido de la 94 es deficiente, lo cual indica que los cálculos y los estudios están pifiados, ya que ese caudal de aguas no nació a los ocho días de su inauguración y era totalmente previsible. ¿Quién responde por esta otra calamidad de ingeniería y por los perjuicios a la gente cuyos carros se han ahogado? ¿Hemos oído de alguna solución?

Ojalá llegue pronto el verano y al menos estas calamidades se alejen por unos días y los ingenieros contratistas y los del IDU tengan un rato para pensar en sus misiones.

Como consuelo, les deseamos la mejor Navidad, aunque será lentísimo transitarla, y paseos en los cuales no caigan bajo las escopetas-radar de la policía en las carreteras, y que en el 2018 todo sea mejor, aunque sabemos que hay temas en los cuales probablemente seguiremos esperando justas respuestas. Volvemos con ustedes el próximo 24 de enero. Felices fiestas y descansos.

FRASE
“No hay una palabra al respecto de este caos. Lo cual supone que tampoco hay las ideas, porque cuando algo se les ocurre se lanzan a los medios con dibujitos y maquetas para paliar los problemas y apaciguar las quejas. Pero ni eso hay y, al paso que vamos, necesitaremos carros anfibios para venir y transitar por Bogotá”.

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