José Clopatofsky
José Clopatofsky

¿Los carros de control remoto?

Hace unas pocas ediciones traté de “preocuparlos”, o al menos situarlos en los riesgos que la tecnología del automóvil nos está poniendo.

12:52 p.m. 28 de julio del 2015

En esa anterior columna, el tema era el pleito que se adelanta en un tribunal de los Estados Unidos sobre la propiedad del software de los carros. Según General Motors, aunque uno compre todo el aparato con sus accesorios y previa la entrega de unos buenos fajos de billetes, no es dueño de los programas que matizan los movimientos del motor, seguridad, entretenimiento, operación, rodaje, prácticamente de todo lo que un carro realiza. Es como tener un computador sin sistema operativo.

Mientras en varias partes del mundo muchas empresas duras del sector automotor y algunas monstruosas de la tecnología como Google trabajan en el desarrollo del carro autónomo y se atreven a pronosticarlo para que forme parte de la jungla automotriz en menos de 15 años, en otras suceden cosas desalentadoras y muy peligrosas. Es probable que el carro robot esté listo algún día. Pero que la imprevisible infraestructura en la cual tenga que convivir sea compatible es muy incierto, salvo que le den como bases de operaciones ciudades donde todo se diseñe y opere de acuerdo con la información que pueda tener en sus cerebros artificiales.

Se trata de ofrecerle a la gente un automóvil donde, definitivamente, no haya timón ni pedales que permitan la intervención ‘in extremis’ del pasajero ante situaciones que el software del carro no tenga previstas. Pero es probable que eso esté más cerca de lo que pensamos, a juzgar por lo que sucedió hace ocho días, cuando dos ‘hackers’ profesionales intervinieron desde sus computadores, y desde cualquier lugar del mundo, las funciones y mandos de una camioneta Cherokee que era manejada por un periodista de la revista Wired. Que debía ser tan hacker como los operadores a distancia.

Los dos hackers, que luego se presentaron ante los directivos del Grupo Fiat Chrysler para notificarlos sobre la vulnerabilidad de los programas de algunos de sus vehículos y aportaron los códigos para corregir esa terrible debilidad, utilizaron la plataforma del sistema de entretenimiento UConnect de la camioneta, que se enlaza con Internet a través de la red del operador de celulares Sprint.

Desde sus casas, con unos simples portátiles se metieron al radio de la camioneta y desde allí pusieron a funcionar los limpiaparabrisas, dispararon los lavavidrios y luego apagaron el motor cuando el periodista iba en plena autopista, sin que pudiera hacer nada para tener el control de su vehículo.

No se quedaron en esas pendejadas. Más tarde, con la Cherokee e n un parqueadero, pudieron hacer funcionar la dirección (electroasistida, obviamente), pero solamente con la caja engranada en reverso. De inmediato, con otro comando que podía haber sido generado en el polo opuesto del mundo por Internet, intervinieron el ABS de los frenos e inutilizaron el sistema, a raíz de lo cual el periodista no pudo evitar que el aparato se fuera a una zanja.

El propósito de los hackers no era malévolo como uno pretende calificar esa ciencia, asociada a tantos malos resultados conocidos, empezando por los de casa. Querían demostrarle a la industria del automóvil la inseguridad de sus sistemas, y cinco días después de su tenebroso experimento sacaron un “parche” para el software de las camionetas que tapona esa herida informática. Con una USB insertada en la ranura del sonido se blindan los programas, y de inmediato Chrysler puso el correctivo en sus páginas web para proteger a sus clientes, que debieron quedar muertos del susto al saber que el software y la operación electrónica del carro posiblemente no son de su propiedad sino que, además, es viable que lo manipulen a distancia, lo cual pondría a los conductores en la boca del lobo del accidente, pues el hacker no sabe en qué circunstancia se mueve el vehículo. Por ahora.

Naturalmente, este puede ser un episodio aislado y una falla técnica que no es de común ocurrencia ni residente en todos los millones de vehículos que cada día reciben más y más funciones que se manejan en la misteriosa nebulosa de los computadores. Pero que todos son vulnerables es evidente, y a medida que todos esos sistemas se popularicen y sean oriundos de empresas con tecnologías y conocimientos livianos, la tentación para los hackers perversos estará latente.

Sé, y he visto de primera mano y ojo, los ingentes esfuerzos que se hacen en el diseño de los carros para aislarlos de todas las emisiones de ondas de radio, TV, celulares, radioteléfonos, las propias de cada carro y cientos de miles más de radiaciones que puedan meterse a los sistemas de los carros. Son laboratorios impresionantes y unos costos monstruosos los que les implica lograr esa vacuna informática.

Ojalá este campanazo refuerce esa seguridad que todos necesitamos, porque si esa debilidad es algo latente, no hace falta pensar en los carros autónomos de Google cuando los que tenemos hoy ya son susceptibles de funcionar a control remoto y al gusto de cualquier travieso de los computadores, que sobran en el mundo.

Noticias recomendadas

Zona Comercial
report_error_form_error
Reporte enviado

¿Encontraste un error?

Para EL TIEMPO las observaciones sobre su contenido son importantes. Permítenos conocerlas para, si es el caso, tomar los correctivos necesarios, o darle trámite ante las instancias pertinentes dentro de EL TIEMPO Casa Editorial.