José Clopatofsky
José Clopatofsky

Editorial 462 / La malla vial de Bogotá no la arregla nadie

El director de Revista Motor, José Clopatofsky, explica por qué la malla vial de la capital se encuentra en un estado lamentable y es practicamente imposible de mejorar.

05:00 a.m. 03 de septiembre del 2008

 Las noticias que periódicamente conocemos, que deberían ser diarias, sobre el desastre de las calles bogotanas, se han convertido en una información rutinaria que poco a poco pierde trascendencia cuando la realidad es otra: estamos cada vez peor.

Huecos, avenidas hechas a medias, falta de recursos, datos de kilómetros dañados, cantidades astronómicas de millones de pesos que se necesitan para las obras viales, todo es un temario gastado y repetitivo al cual nadie le para las bolas requeridas.

Recientemente, una vez más, por supuesto, en EL TIEMPO se publicó un crudo resumen de la bien llamada malla vial de nuestra capital. Tenemos 15.271 kilómetros/carril, de los cuales apenas 4.072 están en buen estado, 2.705 en regular situación y 7.728 son intransitables. Tal cual.

Primero, es bien dudosa la cifra de los kilómetros de calles en buen estado. Ya sabemos que acá es una rareza poder avanzar un kilómetro sin encontrar una zanja, el asfalto en camino de desaparecer, los lomos de los parches, las alcantarillas elevadas, los cruces destruidos o la vía nueva ya en reparación. Pero creámosle a esa cifra como consuelo y como una benevolencia de la Cámara Colombiana de la Infraestructura, autora de ese estudio.

El resto es un auténtico desastre y saber que la mitad de las calles no están en mal estado sino INTRANSITABLES es algo dramático
porque la realidad no es que Bogotá esté mal de calles sino que es IRREPARABLE.

Esta palabra, que nadie se atreve a decir abiertamente, es la verdad. Las calles de la capital colombiana no tienen arreglo porque no hay plata que permita acometer su reconstrucción y
mucho menos cuando la que existe se destina a proyectos faraónicos como las vías de TransMilenio, por supuesto necesarias y muy importantes, especialmente si las hubieran hecho bien.

Pero si las enormes sumas que tiene la ciudad para sus obras, que serán siempre cortas ante la hecatombe vial, las gastan en obras chambonas y mal hechas, con un pésimo diseño y peor ejecución está claro que las opciones de salir del caos no existen porque la que quede se va en repetirlas o remendarlas. Sobre eso no hemos visto correctivos técnicos a pesar de las dolorosas experiencias. No hablo de las penosas troncales sino de las calles secundarias que se construyen o remiendan con 'pavimento político'.

Los datos, que uno desde la orilla de los seis ceros a la derecha no es capaz de cuantificar, hablan de que se necesitan 9 billones de
pesos para reparar la malla vial, obra de la cual el IDU excluye trabajar en 843 kilómetros/carril que, dicen, están en buen estado, lo cual es alegre decir. Esa plata no existe ni va a llegar.

Proponen como gran solución construir megaavenidas, que TAMBIÉN se necesitan, para pagarlas con peajes y la gran noticia es que serían electrónicos y automáticos pero nadie ha hablado de cómo diablos van a reparar lo que hay, que son las calles que usa el 90% de la gente en el día a día. Perfecto que hagan corredores
y grandes rutas perimetrales, que los camiones no pasen por la ciudad, que haya anillos de circulación masiva. Pero que arreglen lo existente y eso no se hace con telepeajes con los cuales a la gente le cobran las obras por derecha y sin derecho a réplica así nos cobren, según cuentas de la fecha, 120 pesos por kilómetro recorrido.

Como gran logro, teórico aún en la mayor parte de su kilometraje, hablan de la Avenida ALO, que uniría a Chuzacá con La Caro, de 4
calzadas, 57 puentes y 40 cruces peatonales, que construirán a dos manos Invías y el IDU y que permitirá cruzar la ciudad en ¡tres horas! que es el mismo tiempo que toma ir desde Bogotá hasta Miami en avión. Algo ya de raíz insuficiente e ineficaz.

Un buen futuro vial para Bogotá no existe por falta de recursos. Todo son papeles, maquetas y fantasías electrónicas que a lo mejor llegan pero no curarán las enfermedades del corazón de la capital, al cual la mala planeación, la negligencia y la miopía de sus responsables le asestaron una herida mortal en tantos años de abandono y atraso. Pero lo más grave es que tampoco está a la vista la perspectiva de un presente decente sobre lo que existe.

Es sensacional que se piense en Metro y en grandes proyectos, que se mezclen todas las opciones de transporte masivo, que se le abra una puerta plural al desarrollo de Bogotá, en cuatro ruedas y más. Si los actuales elegidos para esa tarea son capaces de abrir un libro diferente y moderno y aplicar las normas y diseños que en el mundo funcionan sin inventarse rellenos fluidos donde dilapidaron millones y millones de pesos, creo que deben acometer simultáneamente la gran tarea de salvar al resto de la ciudad que ya estuvo hecho y ahora deshecho, en el cual funcionan toda la economía capital y el diario vivir de sus habitantes que merecen un trato consecuente.

Porque es doloroso pensar que todo lo que nos pueden ofrecer como remedios y soluciones al caos es un precario reparcheo de
quinta categoría, financiado con una cuantiosa sobretasa a los combustibles, impuestos de rodamiento y valorización para pagar -una vez más- las obras que las administraciones pasadas le quedaron debiendo a la ciudad.

¿Qué vamos a hacer con esa cantidad de carros que están entrando todos los años? Pues hacerles ciudad, como pasa en todo el mundo¿O darle alternativas de movilidad masiva a la gente para que no se vea obligada a andar en su automóvil. Para eso hay que empezar porque lo existente funcione pero ya vemos que el diagnóstico es el peor de todos: no hay solución.

¿Nos resignamos?

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