José Clopatofsky
José Clopatofsky

¿Hay derecho?

El reclamo del director de Revista Motor, José Clopatofsky, es sobre el mal estado de la Autopista Norte que en más de tres décadas no se ha mejorado.

03:20 p.m. 13 de diciembre del 2016

Hay personas que padecen y esquivan a diario trampas mortales porque sus itinerarios inevitablemente pisan la destruida ‘autopista’ por la cual se sale hacia el norte de esta fallida capital en materia vial y administrativa.

En días pasados, nuestro itinerario nos llevó a pasar repetidamente por ese mismo esperpento de camino con ocasión de la carrera de las 6 Horas en Tocancipá y a sufrir metro a metro, cuando es en trancón, o de pánico en pánico, cuando la fila se medio mueve, la aventura de llegar con el auto y el pellejo indemnes a la zona de la concesión al norte o la región de los centros comerciales en el regreso. En la cual, curiosamente, se aprecia y disfruta un pedazo correcto de avenida que indica que sí es posible tener una vía decente en estado y lógica en tamaño.

Aunque luego se convierte otra vez en un embudo, plagado de peligros y riesgos, saltando de losa en losa al lado del tristemente célebre monumento de los rellenos fluidos del TransMilenio.

Calamidad que ahora, con el correr del tiempo, parece estar anotada en la historia como un fracaso de algún ingeniero y constructor o como una anécdota urbana y no como el legado de la administración que la ordenó y es la misma que hoy conduce a Bogotá sin que su conciencia al menos se ruborice.

Ese es el punto en el cual el ciudadano se pregunta quién responde por esa trocha donde las bermas están plagadas de basuras, donde no hay paraderos de buses, donde los retornos son tapones, donde los alimentadores tienen que cruzarla perpendicularmente pisando carros, porque nadie pensó en esas contingencias, aunque las secretarías pertinentes están llenas de expertos y doctores PHD en la ciencia vial, cuyas notas tuvieron que ser muy malas.

Hace muy poco puse en esta columna el mismo tema y me podría devolver a lo largo de 36 años de escribirla para tomar una fotocopia de cualquier texto previo y transcribirlo sin modificaciones. Salvo para agregarle que este asunto está cada vez peor y para decir que más allá de uno que otro reparcheo o intervenciones mediocres, pasajeras y de vieja data, nadie en las administraciones de la ciudad y sus vecindarios le ha puesto la cara a esta vergüenza nacional.

Queda uno muerto de la rabia cuando el automóvil y sus llantas golpean sin remedio los bordes de los cráteres que brotan nuevos cada día y cada noche. Frío al ver las motocicletas clavadas en zanjas invisibles en el piso inundado y sus conductores indefensos, despedidos de su aparato en la mitad de la vía y a merced de que quien viene atrás los acabe de despedazar.

Helado cuando ve los buses y grandes camiones navegar sobre los inverosímiles desniveles que los pueden volcar con un pastorejo adicional, arrastrando a la desgracia y a la muerte a todos sus ocupantes. Petrificado de la rabia cuando pasan los días y la situación empeora sin que se aparezcan una pala, una máquina o los ‘tapahuecos’ que riegan neme a cambio de una moneda.

Y absolutamente enfurecido porque nadie en las entidades que deben preocuparse por este aspecto, en el Distrito, en los municipios, en el poco famoso Ministerio de Transporte o ahora en la elevada jerarquía de la vicepresidencia de las obras públicas, ha hecho o piensa hacer algo para remediar esta trampa mortal.
No se trata de que la autopista se vuelva otra cuña más de televisión con maquetas de ilusionistas para ilusionables.

Ese cuento está ya más gastado que el de ‘tutaina cucurrumaina’ que todos se saben, pero nadie sabe qué significa. Por lo menos que hagan una brigada de emergencia, que remienden como puedan ese retazo de carretera, que le pinten carriles, que aparezca alguien de la administración diferente a un policía pitando inédito e impotente en una orilla.

Solemos decir que no hay derecho a que eso esté así y que el peligro vaya manga por hombro sin un remedio a la vista o sin la atención de alguien que responda por esta vía en cumplimiento de sus deberes imperativos con los ciudadanos que pagan sus impuestos por todos los frentes.

Porque claramente sí hay derecho a que le paren bolas y que el IDU y sus filiales, sus funcionarios y alcalde mayor se den cuenta de que la autopista del norte de Bogotá es una macabra trampa hasta para montar en bicicleta y que de los accidentes y perjuicios que allí se den son responsables por su negligencia.

Nota
La edición impresa regresa hasta el próximo 25 de enero. A todos los lectores les enviamos nuestros mejores deseos para que tengan una linda Navidad, un gran 2017 y les agradecemos su sintonía permanente. Eso sí, recen, y mucho ojo si van a salir por la autopista porque ahí pueden arruinar las fiestas y las vacaciones.

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