José Clopatofsky
José Clopatofsky

La protesta de los Andes

"Es indispensable que antes de pensar en carreteras 4G que se vuelven caminos, los diseños contemplen el manejo del entorno".

10:20 a.m. 04 de septiembre del 2018

Uno de los grandes logros del último gobierno es el progreso de la infraestructura vial, aunque mejor debería llamarse, con mayor realismo, modesto ‘desatraso’.

El mismo presidente Santos se pasó de optimismo al comparar algunas de las rutas ampliadas o corregidas con autopistas europeas, sin caer en la cuenta de que estas datan de más de 80 años, en el caso de Alemania. En ese entonces, quienes trazaron las rutas sí tenían visión, pues están en el mismo sitio, operativas y con velocidad libre.

En cambio nuestras nuevas carreteras llamadas pomposamente 4G siguen siendo vías inciertas en las cuales las montañas chorrean piedras, lodo, árboles y matas, como ha sucedido toda la vida. Solo que ahora los derrumbes copan los dos carriles y los perjuicios de esas interrupciones son cada vez mayores, pues no hay carreteras secundarias decentes y la carga y la economía de un país que se mueven en llantas y en obligatorias y congestionadas troncales se paralizan con unos perjuicios incalculables.

Es claro que lo vivido hace poco en la carretera del Llano y lo que sucede en todo el país –no hay un día que no reporten paso restringido en La Línea, por ejemplo, que es la aorta de Colombia– son fenómenos desencadenados por la madre naturaleza, que en estos trópicos es impredecible e inclemente. Cuando llueve, flotan los municipios y sus gentes. Cuando hace sol se resecan hasta los nevados. Y en la mitad de esos extremos siempre hay un poco de todas estas contingencias, desde cuando comenzaron a echar pata por estas cordilleras los conquistadores. Y antes, cuando Bochica debió romper el monte en el salto del Tequendama para desaguar la sabana. Mucho de verdad debe tener la leyenda.

Como estos malestares y excesos son propios de nuestro discurrir climático, el trazo de las carreteras debería ir más allá de hacerlas más anchas y expeditas e incluir en sus diseños todos los muros y elementos de contención que los montes necesitan para que los Andes no protesten dramáticamente cuando les acuchillan sus laderas.

Hace poco hice el trayecto entre Quito y su nuevo aeropuerto. Es una carretera impecable, quebrada pero perfectamente peraltada, donde la velocidad es consistente para cualquier vehículo, con señales exactas y, allí sí, se percibe el sabor de la ingeniería de otros continentes. Está trazada en plena montaña, pero todas las laderas tienen gigantescas moles de concreto para evitar los derrumbes.

Acá, recuerdo con pavor un reciente regreso desde Girardot a Bogotá en contraflujo por la conocida ruta de El Boquerón hasta la célebre ‘curva de Canecas’. Como ahora se sube a 10 por hora cuando la cosa anda, tuve tiempo de mirar las montañas y son aterrorizantes. Hay piedras del tamaño de un camión sostenidas en su palabra de honor, que no han aplastado gente de puro milagro, pero que algún día se van a descolgar. La única protección es una malla que parece de gallinero a ras de piso que no tranca ni el paso del aire. Ridícula. Como lo es el aviso que sale en algunas curvas que dice “caída de piedras”. ¿Qué hace uno? ¿Para y espera a que caigan? ¿Se arriesga? ¿O se lanza? Si sabe o ha visto cómo están las lomas de rocas, seguro lo sensato es devolverse.

Esencial que haya rutas más serias y modernas. Pero muy malo que su entorno no se haya adecuado técnicamente y toda la plata se fuera al pavimento, que de nada sirve si se inunda de barro. En esa carretera de Villavicencio van a tener que hacer una obra colosal de contenciones, que de por sí será otro enorme trancón. Pero hay que domesticar y ponerse de acuerdo con los cerros porque la movilidad del país no puede depender de la llegada de un buldócer que la destrabe, con tanta frecuencia que esa maquinaria es residente de la ruta.

Es indispensable que antes de pensar en carreteras 4G que se vuelven caminos, los diseños contemplen el manejo del entorno y que eso sea prioritario para evitar estos bochornosos episodios de vías cerradas por derrumbes, cuyo sitio y probabilidad son ampliamente conocidos.

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