José Clopatofsky
José Clopatofsky

"La risa, remedio infalible"

Lo mejor que uno puede hacer es reírse, porque algunas de las cosas que suceden en nuestro país no aguantan más calificativos.

02:45 p.m. 05 de junio del 2015

Por ejemplo: un grupo de muy pesados empresarios del Valle del Cauca, sostenidos por una de las empresas de tecnología energética más grandes del mundo y que es la dueña mayoritaria del proyecto de diseñar y hacer un bus eléctrico para Colombia, quedó frenado en seco.

Luego de hacer todos los estudios técnicos, desarrollar el sistema funcional del aparato, trabajar en el complejo paquete de las baterías y los sistemas de recarga y conseguir un riñón de plata para financiar la operación, el proyecto se detuvo cuando quisieron matricular el prototipo para hacer las pruebas de ruta. La razón fue no presentar el certificado de gases, documento que no se logra en un vehículo cero emisiones. Pareciera que esos funcionarios que rechazaron la matrícula han tenido en sus manos linternas de pilas que echan humo y exostan.

No había, hasta hace un par de semanas, poder humano que lograra matricular el famoso bus, y eventualmente tienen que recurrir al poder divino a través del Señor de los Milagros de Buga. De ese calibre es el impasse; “necesita un milagro”.

Obviamente, como papeles son papeles en este país, la cosa no avanza porque el ‘sistema’ famoso rechaza la documentación por incompleta, pero sucede que en Bogotá hay cerca de 80 taxis y varios carros particulares puros eléctricos con placas. ¿Cómo se explica que existan dos normas para una misma causa?

Y cosas por el estilo salen todos los días. A sabiendas de que los dueños de buses externos a los débiles sistemas bogotanos le iban a hacer un paro al decretarles pico y placa –cosa bastante plausible, por cierto–, el alcalde Petro se metió en el rollo con la segunda intención de hacer ver que el SITP y los mecanismos similares de transporte urbano eran suficientes y correctos para mover a la ciudadanía.

Como si él y sus funcionarios no supieran que, a pesar de todos los anuncios, las tarjetas de pago no son compatibles, lo cual es un asunto absolutamente inexplicable en estos tiempos de interconexión hasta para manejar un carro en Marte. Que los expendios son insuficientes y que para comprar algunas de las tarjetas hay que recorrer media ciudad buscándolas. Que los paraderos no explican los destinos y las rutas son una incógnita. Que muchos de esos buses son ancianos chasises camuflados bajo una nueva pintura, contrariando las normas, y se varan en los peores sitios. Que bastantes de sus choferes se portan como los mejores actores de la guerra del centavo que, se supone, está en vías de erradicación. Y caben muchos etcéteras.

Lanzar a los usuarios forzosamente a utilizar esos buses que todavía están descoordinados y en una plataforma en experimento fue un costoso error, además de los gastos físicos que supusieron los disturbios y desmanes que acabaron de demoler varias de las estaciones del Transmilenio, si es que aún hay buenas. Porque su abandono es una vergüenza para quienes tienen la responsabilidad de su mantenimiento. Le da a uno angustia ver a la gente amontonada en los paraderos, haciendo equilibrio en el filo del andén a la espera del bus. Un empujón, la persona cae en las narices del aparato y viene la tragedia. Pero en vez de arreglar las puertas con operativos inmediatos, están esperando a que haya muertos innecesarios.

Si querían mostrar que el SITP es un correcto sustituto de los buses tradicionales, como ojalá resulte, pues lo peor que pudieron hacer fue forzar a la gente a usar un sistema que está incompleto e incoherente, que no se entiende, y menos en medio de manifestaciones y pedreas. Esa pedagogía a la brava no tuvo ningún sentido, y menos del común.

Para rematar, el trasfondo del bochinche que le costó un riñón a la ciudad y muchos pares de zapatos a la gente, es que a los transportadores les deben un chorro de plata por el alquiler de sus buses por parte de dos empresas quebradas e insolventes con las cuales pretenden edificar el sistema. Para matar el paro, la plata la pondrá el Distrito, es decir, todos nosotros, y el rollo financiero sigue tan campante.

Otra perla: Resulta que el túnel del Sumapaz, en la ruta desde Girardot hasta Bogotá, nunca ha estado cerrado y que lo que ahora dicen que son fallas por falta de cemento en las grutas de los estacionamientos de emergencia, fueron pomposamente inauguradas y validadas por el presidente Santos y llevan tres años en su sitio sin problemas.

Y, ¿sabían ustedes que las carreteras de cuarta generación, título que uno se imagina se refiere a sus especificaciones, ancho, iluminación, ruteo, mayor velocidad, seguridad, etc., nada tienen que ver con esto? Cuarta generación es puro papel, es la evolución de los sistemas administrativos de con¬tratación y reparto de riesgos, tema que resuelven –como dijimos– los abogados y no los ingenieros.

Francamente, si Alicia viviera por estos lados, se quedaría de por vida, pues este es el país de las maravillas... pero estúpidas. Y pasaría más que feliz, porque, para citar una conocida sección de la célebre revista Selecciones, a nuestro país la risa parece ser el único remedio infalible que le aplica.

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