José Clopatofsky
José Clopatofsky

Siguen los engaños

"La cadena de abusos tiene eslabones menos publicitados, pero también indicativos de que no todo en la industria se hace con claridad y rectitud".

11:48 a.m. 03 de mayo del 2016

Las noticias que nos llegaron la semana pasada desde el Japón sobre los datos incorrectos que venía ofreciendo Mitsubishi acerca de los consumos comprobados en los laboratorios de 625.000 de sus microcarros “económicos”, son una decepción más en la ya larga cadena de manipulaciones y engaños que se está destapando en la industria del automóvil.

El caso de VW, más allá de las consecuencias, multas y resarcimientos que están ofreciendo a los clientes que les compraron motores diésel cuyas emisiones se falseaban en los controles ambientales posteriores, es una profunda herida que destapa su grisácea ética y desdice de su comportamiento empresarial. Porque de las disculpas y explicaciones iniciales, la caída de cabezas, la erupción de abogados, las multas y los atenuantes que buscan para menguar los castigos económicos ya se está llegando al fondo de la historia. Documentos y presentaciones de PowerPoint que han salido en las pesquisas y que datan del 2006 indican que no fue un truco aislado de algunos ingenieros, sino una actitud corporativa estimulada y conocida por toda la escala directiva.

Al tanque financiero de Volkswagen le van a caer unas penalidades monstruosas en plata. Por ejemplo, se habla de que recompraría más de 500.000 vehículos en Estados Unidos, y los clientes de Europa, aunque han sido más tolerantes y benévolos hasta el momento, no han ocultado que esperan igual o mejor trato compensatorio, pues la realidad es que sus vehículos no pasarán las pruebas para seguir operando.

Pero si el poder económico de VW aparentemente le permitirá aguantar este castigo que han estimado en 18.000 millones de dólares, si bien les va en los pleitos, hay dudas sobre la capacidad de Mitsubishi para sostenerse ante el temporal que le viene encima. Primero, porque está ya probado que sus datos incorrectos no se limitan a los casos recientes, sino que es algo que sucede en todas sus líneas desde hace 25 años.

Su propio presidente, Tetsuro Aikawa, dijo: “Estoy asumiendo esto como un caso que puede afectar la existencia de la compañía. Mi misión es resolverlo.” Los japoneses en esto son pragmáticos y asumen en persona las consecuencias. Cuando un avión de Japan Airlines tuvo en 1985 un daño en uno de los timones debido a una mala reparación y se estrelló contra el monte Osutaka, cerca de Tokio, el director de mantenimiento de la aerolínea se suicidó.

Ahora, y en otra cultura, la de VW, sus doce más importantes directivos se repartirán 71,8 millones de dólares como bono por su gestión en el 2015 (después de haber aceptado una rebaja del 30 por ciento) y la clientela parece perdonarles sus faltas con un aumento de compras en el primer trimestre del año que le significó pasar a Toyota en la cabeza del acumulado mundial.

El caso de Mitsubishi es muy delicado porque no todo se resolverá por la vía de indemnizaciones y multas. Una tercera parte de esos carros se vendían con la marca Nissan y, seguro, ahí arreglan con plata. Pero resulta que las investigaciones indican que las malas informaciones a los clientes llevan 25 años al aire y afectan a millones de carros, y esto supone que un gran porcentaje de esta cifra se vendió con el amparo de reducciones de impuestos por su bajo consumo, con lo cual la defraudación empieza por la lesión al fisco japonés, que dejó de percibir esos tributos por el engaño técnico.

Para completar, este cimiento ahora tembloroso trae a la memoria la mala atención que tuvo la marca en el año 2000, cuando algunos de sus vehículos perdían las ruedas y no hicieron las correcciones a tiempo y reconocieron las fallas tardíamente. En ese momento, otras empresas del poderoso grupo acudieron a socorrer a la rama automotriz, pero no han dicho que estén dispuestas a girar de nuevo, cuando la acción de la firma ha caído más de un 20 por ciento y su valor se depreció de entrada en 3.800 millones de dólares.

La cadena de abusos tiene eslabones menos publicitados, pero también indicativos de que no todo en la industria se hace con claridad y rectitud, que acomoda sus laboratorios y les meten la mano a los resultados. Hyundai y Kia debieron pagar jugosas multas en Estados Unidos por divulgar falsos números de sus consumos en el 2014, y por la misma época Ford tuvo que revisar públicamente su oferta de gasto de gasolina en los modelos híbridos.

Este destape de malas prácticas puede crecer porque las agencias ambientales y las autoridades serias de los gobiernos están afinando sus antenas sobre todas las marcas y seguramente van a salir legislaciones más severas y universales, no solo para proteger a los consumidores, sino también el medio ambiente, pues lo afectan con estas mentiras.

Ahora, cuando parece que el Gobierno va a tomar medidas para subir la base de seguridad y el cumplimiento de emisiones de los carros que nos venden, hay dos cosas clave: que homologuen únicamente las pruebas hechas en laboratorios de la más alta fiabilidad e independencia, y no en agencias técnicas que muchas veces funcionan de la mano de los intereses de los fabricantes y hasta de los gobiernos. Y que no se pongan a inventar localmente lo que está escrito y rige en los países serios que no vacilan en destapar casos como estos, aún en detrimento de sus empresas insignia y de su reputación comercial.

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