José Clopatofsky
José Clopatofsky

El SOAT para todo el mundo

La población de usuarios de bicicletas cada vez crece más, algo positivo, pero ellos también deben portar un seguro obligatorio.

03:10 p.m. 05 de junio del 2015

El tema de la bicicleta está en boga. Todas las ciudades se mueven hacia la promoción de esta alternativa de transporte y algunas están adoptando ya sistemas de préstamo sin costo o de alquileres baratos para quienes no quieren meterse en el cuento de comprar el aparato y lo van a utilizar ocasionalmente para trayectos punto a punto, porque deben devolver la cicla en determinados sitios. Muy bien.

También hay los entusiastas que compran bicicletas de altos costos, tanto que con la misma plata pueden tener un decente carro usado, pero hacen las cuentas del tiempo perdido en el tráfico, el valor de la gasolina, parqueaderos, impuestos, seguros y otros insumos que explican muy bien la decisión de utilizar su propia y gratuita energía y no depender de los caprichos y problemas del automóvil. Muy bien.

Hay igualmente una enorme cantidad de personas que tienen una bicicleta genérica, de bajo costo, que los mueve sin necesidades diferentes al morral, los alienantes audífonos y el equipo de seguridad, que debe ser obligatoriamente el casco y las luces y distintivos reflectivos personales, cosa que no se cumple plenamente. Muy bien y muy mal.

Finalmente, ahora estos ciclistas comparten las mismas “vías” o andenes con las motos y bicicletas eléctricas, igualmente silenciosas y cero emisiones, y con otras que tienen motores de gasolina. Menos bien.

Esa población en dos ruedas tiende a crecer como es lógico, a pesar de los temas del clima frío y muchas veces inhóspito como el de Bogotá, que hace de la “operación retorno” a casa en la noche una misión de riesgo conocido. Y tiene entre la gente de recursos limitados una clientela ilimitada si se tiene en cuenta su relación costo-beneficio, así la ronde muchas incomodidades y peligros. Muy bien.

Y llegamos a este punto. Los ciclistas comparten la vía con los peatones y vehículos sin que haya entre ninguno de esos usuarios una cultura funcional. Los ciclistas van a toda velocidad por unas zonas precariamente demarcadas que los de a pie muchas veces necesitan usar, pues el estado de los andenes de Bogotá es tan deplorable como el de las calles. Los niños cruzan esos carriles ya casi borrados por la mala calidad de las pinturas, los jóvenes, los maduros y los ancianos ni siquiera saben que esas zonas son para las bicicletas que usan el mismo pedazo de tierra de los caminantes, y los accidentes no se pueden evitar.

¿Quién responde? Pues, formalmente, nadie, que se sepa, ya que todo encuentro de esos usuarios se diluye en la seguridad médica que tenga cada persona y nada más. Pero conozco casos de personas fallecidas por atropellamiento y muchas lesionadas cuando coinciden en la misma área de los autopropulsados.

Una atropellada con una bicicleta a alta velocidad no es un tropezón cualquiera para el par de humanos implicados. Mucho menos si la cicla ya no es el simple aparato de tubos, dos pedales y cadena. Las eléctricas ya suman baterías y motor, con lo cual su peso las hace mucho más letales. Y las de motor térmico agregan gasolina y zonas calientes que también son peligrosas y agravantes en una colisión.

Para completar, muchos ciclistas llevan sus elementos de trabajo que pueden ser desde un inofensivo computador hasta una cortadora de pasto, la guadaña o pesadas herramientas, con lo cual se transforman en unas armas mortales si colisionan contra una persona indefensa. O bien, cuando los ciclistas usan las vías de los carros, además de la peligrosa interferencia en la cual están en clara desventaja y peligro, también corren el riesgo de atropellar a personas, por ejemplo, cuando estas bajan desprevenidamente de los buses y caen en sus manubrios porque no los ven, especialmente de noche cuando son fantasmas ya que la enorme mayoría no lleva una mínima señal luminosa. Ni tampoco sonora, pues el timbre clásico no se usa, y se manifiestan con agudos chiflidos para espantar a la gente que esté en su trayectoria. Además, todos se lanzan a los cruces de las calles como proyectiles convencidos de que tienen la vía, y pobre del automovilista que los llegue a tocar mientras ellos se sienten impunes.

Visto esto, pienso que toda persona que circule y use las calles en un vehículo cualquiera debe portar un SOAT, para que en caso de un accidente alguien responda por los terceros a quienes pueda lesionar, tal como sucede con el amparo que cubre a los automóviles que, aunque útil y bien intencionado, no me parece que esté bien concebido porque este debe ser asignado al conductor y no al vehículo, que nada tiene que ver en el asunto. Es decir, a la cédula de ciudadanía.

De esta forma, todo el que conduce compra ese seguro y está respaldado sin importar el aparato que tenga entre manos, bus, camión, carro, moto o bicicleta. Por supuesto, un SOAT para todo aquel que conduzca una bicicleta no puede tener los precios escandalosos del SOAT de los autos, que aumenta con su edad como si quien causa los accidentes no fuera quien maneja, que nada tiene que ver con la veteranía del automóvil.

Este tema no es para discutirlo alegremente sino que merece una atención especial del Congreso, que es el que legisla el SOAT y el código de tránsito, pues no hay que esperar a que el Ministerio del Transporte se le ocurra que debe mirar este problema creciente del cual no ha dado la más mínima cuenta. Ni siquiera ha sido capaz de poner en marcha la Agencia Nacional de Seguridad, mucho menos este asunto.

El SOAT debe modificarse de fondo y ser un seguro que se compra personalmente, así todo el que ocupa las calles con un vehículo tiene un amparo a terceros. No importa si va en su carro, en uno prestado, en uno alquilado o en el de la empresa para la cual trabaja, que puede olvidar pagarlo y mete al pobre chofer en un lío que le puede significar la ruina, porque es quien responde individualmente.

Por supuesto, las aseguradoras que hacen su botín y el gobierno que recibe y guarda los fondos multimillonarios del actual SOAT sin que sepa bien si los gasta adecuadamente o los dispersa en otras funciones, no se van a interesar en esto. Pero en el fondo, el recaudo puede ser igual si se diseña correctamente, y la gente que esté usando las vías públicas y sufra un accidente de estos tendrá un amparo médico, el derecho a una ambulancia, a una clínica, al pago de una incapacidad o una indemnización.

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Toda persona que circule y use las calles en un vehículo cualquiera debe portar un SOAT para que en caso de un accidente alguien responda por los terceros a quienes pueda lesionar, tal como sucede con el amparo que cubre a los automóviles, que debía ser para los conductores directamente.

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