José Clopatofsky
José Clopatofsky

¿Volverán las estrellitas y los triangulitos?

"La política de movilidad de Bogotá es sacarles plata a los usuarios del automóvil particular con el estigma de que son todos pudientes".

10:09 a.m. 28 de junio del 2016

Mucha gente está indignada con el cobro que anunció la alcaldía de Bogotá para usar el auto particular en las horas de restricción, inventado por la misma generación de funcionarios que ahora regresó al manejo de la capital, supuestamente con grandes soluciones para la movilidad, meditadas y debidamente estudiadas durante los 16 años de abstención del poder que le negaron tres veces los electores.

Una muy buena parte de la población automotriz se declara ofendida e irrespetada por el hecho de que quienes tengan dinero, dicen entre tres y cuatro millones al año, más de 300 mil pesos al mes en todo caso, o sea, la cuota mensual de un crédito para pagar un carro, pueden usar las calles al antojo de sus billeteras sin ningún pudor por la congestión y atasco que van a generar.

“Cobros por congestión” llaman la figura, lo cual indica claramente que la propuesta de la alcaldía, que se vanagloria de ser la de la movilidad y modernidad, lo que busca es aumentar el trancón en las horas pico y de mayor trauma. ¡Vaya política!

Otra gente considera que es una medida inútil, pues la mayoría de las personas que puedan tener la capacidad de pagar ese recargo ya tienen un segundo, tercero o cuatro carro y solucionado el problema de su desplazamiento individual hace mucho rato. Situación que llevó al propio alcalde a calificar su invento del pico y placa como obsoleto, pero que curiosamente ahora le resulta muy funcional, pero para cobrarle más impuestos a un sector de la sociedad que está hastiado de que le sigan metiendo la mano al bolsillo por el simple hecho de solucionar su movilidad personal, que los transportes masivos no han conseguido suplir de manera decente, segura y funcional.

En lo que todos coincidimos es en que una cosa es anunciar esos cobros y otra implementarlos de manera eficiente para que los controles sean de verdad justos, inmediatos y eficaces. O sea, nos interesa mucho saber a qué se va a dedicar la policía en las horas pico: ¿a mover el tráfico o a pedir recibos? ¿Cuánto costarán esos controles? ¿Hay los agentes necesarios y adicionales para hacerlos?

Por otro lado, recordando un fiasco que tuvo el alcalde Peñalosa en su administración –en la cual se dieron los descalabros de las losas de las rutas de Transmilenio y la inundación indiscriminada con bolardos de muchísimas zonas útiles y necesarias para estacionar o abusivamente en muchas privadas–, hay que traer a colación el famoso episodio de las calcomanías de las estrellitas y triangulitos con las cuales acompañó en su momento la implementación. Estas calcomanías, hoy elemento coleccionable, además de ser totalmente ineficaces, no salieron al aire exentas de cuestionamientos sobre el andamiaje administrativo y financiero que las soportó. ¿Volverán para hacer esos controles?

En ese caso, ni hablar entonces de los trancones que podrían producir esos retenes cuando empiecen a detener carros en las vías arterias, al estilo del show policial que se toma siempre un carril de las avenidas principales para sus operativos. Porque para la policía una cosa es pillar a ojo la placa incorrecta y otra detener ese vehículo, pedirle recibos, documentos de pago, código de barras o quién sabe cuál elemento de control tengan en la cabeza. Ninguno de los cuales es funcional, salvo la detección automática electrónica al paso de los carros en determinados sitios, que serán identificados fácilmente. Y de estos radares estamos lejos, pues ni siquiera los han podido poner de manera generalizada en los peajes.

El alcalde y sus asesores en la materia nunca han hablado del incremento del trancón, sino del recaudo que supone van a recibir las arcas de la ciudad. La política es sacarles plata a los usuarios del automóvil particular con el estigma de que son todos pudientes y que andan en su carro en la ciudad por el placer de repasar su aritmética contando huecos o en el desespero de gastar su tiempo productivo haciendo fila en las calles.

La compensación por esa nueva carga de profundidad contra la paciencia de los automovilistas es el pico y placa para los vehículos de placa blanca que tengan cabinas para cinco personas, incluido el chofer. Lo pondrán dizque para bajar la congestión, como si estos carros fueran una enorme cantidad cuyo despeje haría de las calles de Bogotá un oasis. Muchos de esos autos de servicios especiales viven es0tacionados en hoteles, aeropuerto, centros comerciales, y no son una población circulante efectiva y permanente como la de los taxis regulares, que taponan, libres u ocupados. Esta medida también se puede leer como un torpedo amarillo, el arma más poderosa que hay en la ciudad, cuyo blanco soterrado son los Uber y afines.

FRASE
“La política de movilidad de Bogotá es sacarles plata a los usuarios del automóvil particular con el estigma de que son todos pudientes y que andan en su carro en la ciudad por el placer de repasar su aritmética contando huecos o en el desespero de gastar su tiempo productivo haciendo fila en las calles”.

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