El Renault 4: un auto a prueba de todo

En su editorial del número especial en honor al Renault 4, José Clopatofsky recuenta el inicio de sus historias con este “auto a prueba de todo”.

revista motor

11:34 p.m. 15 de julio del 2020
Renault 4, Rally La Lechuza 1973

Renault 4, Rally La Lechuza 1973

(El 19 de febrero de 1992 ocurrió algo por primera y única vez: la revista MOTOR publicó una edición especial independiente de su tiraje normal en homenaje al Renault 4 que se despedía de las líneas de producción de Sofasa. A continuación recopilamos un el editorial de dicha edición.
Edición para web: Daniel Otero).


Como debe ser el caso de muchísimos de ustedes, en mi archivo motriz el Renault 4 ocupa muchas páginas, algunas de ellas ligadas a la historia misma del vehículo. En 1970, despuntaron dos locuras. Una, vender R4 que como verán en esta revista no era una tarea previsiblemente fácil. Otra el Rallye Colombia, aventura en cuatro ruedas que organizó un ciudadano rumano, César Mircea, con más suceso promocional que comercial.

Los propósitos de ambos se unieron, pues para el R4 cruzar el país de punta a punta, en caminos escabrosos, era la mejor demostración de sus bondades. Y el Rallye tuvo gran resonancia gracias a la presencia de un equipo oficial de fábrica, que le daba mucho 'caché'.

Gerenciaba a Sofasa André Pierre Morales, el más zorro de los zorros que he conocido en este territorio del automóvil. Manejaba la publicidad Propaganda Sancho, que es lo mismo que decir Álvaro Arango Correa. Juntos hicieron en 1970 un equipo oficial en el cual figuraban Arango y su hermano Carlos Arturo, ayer y hoy encumbrados ejecutivos de la publicidad que se metieron de cabeza en el proyecto. Los hermanos Deletra, de Barranquilla, le dieron a la alineación sabor caribe. Y Laurent Díaz, el ingeniero de post-venta, empuñó el tercer auto. Una semana después regresaron a Bogotá cargados de honores, con la victoria general a cuestas.

Al año siguiente, se agrandó el operativo a cuatro autos. Repitieron los Arango y los Deletra y nos incorporamos José Rezk con Armando García, reputados negociantes de automóviles y este cronista con Rafael Urdaneta. Nuevamente, los hermanos Arango ganaron la prueba y el R4 se convirtió en el correcaminos más respetado del país que no daba un peso por ellos 18 meses antes.

Eran tiempos de bárbaros caminos. Hacia Santa Marta, desde Bogotá, se debía entrar a Valledupar después de horas y horas de tragar arena física y saltar los huecos más inverosímiles del mundo. Cada 200 kilómetros, Sofasa tenía asistencias especiales donde nos cambiaban los parabrisas estallados por las piedras, y los rines que se volvían un acordeón en los baches. Pero de resto, los R4 pasaban a 100 por hora donde se rompían los camperos; y en los pueblos la gente nos saludaba como fantasmas de la aventura. Menos de 16 horas gastamos a Santa Marta y llegamos dos horas antes que los jueces hubieran colocado la meta. La proeza se repitió cada día, hasta la coronación en Bogotá, que fue un acto que estuvo a punto de abortar.

En plena avenida 68, cerrada al tráfico como en llegada de Vuelta a Colombia, los cuatro R4 entrábamos en fila en medio de ovaciones y camarógrafos que hacían cine para los noticieros. Pero un taxi Zastava se saltó el cerco policial y se cruzó en mi trayectoria. A 120 por hora, la frenada desbarató la fila del equipo. Mi auto demolió el taxi y sacó al conductor por la puerta opuesta. Otro, se estrelló contra la cola del Zastava. Un tercero, tomó contravía por la 68 y se salvó. El cuarto siguió la contravía y se incrustó frontalmente en un R16 flamante que estaba estacionado viendo ese desfile triunfal. En su interior, el presidente de Sofasa casi se muere del susto cuando vio un R4 desfigurado en su parabrisas.

Total, reverso colectivo, y a pesar de tener todos los R4 las narices como las de un trolley y sus trenes desalineados, llegaron por sus propios medios a la meta entre el asombro nacional y asistieron a su coronación, gracias a una robustez que nadie les creía, a juzgar por sus latas de cartulina.

Eso era el R4, un auto a prueba de todo. En esos tiempos todas sus soluciones eran una novedad. La gente los miraba con un respeto fantástico pues tenían toda la mecánica al revés. Se aterrorizaban y pedían cambio de carro porque era más largo de un lado que del otro (lo cual es cierto, por la disposición de las barras traseras de torsión). O los amigos se escalofriaban cuando salían de los restaurantes y encontraban su R4 sin puertas porque alguien les jugaba la chanza de quitarlas y esconderlas hasta el día siguiente.

Y jugábamos a demoler los Simca llevándolos a los caminos malos en los cuales, tratando de seguir al R4, se iban desmoronando sus chasises y suspensiones. Los Simca 1000 eran más rápidos, pero la Renoleta se defendía con más ritmo, era más barata, duraba el doble y se revendía al precio de nueva. ¡Tiempos aquellos!

Mi primer R4 hizo 11 rallyes, tres carreras, soportó 75.000 kilómetros que duró mi noviazgo, recorriendo diariamente la ruta Bogotá-Chía-Cota, cuando este tramo era destapado, le dio paso a un segundo ejemplar al cual le traspasé muchos de los elementos del primero que era del año 72, pues eran franceses y la integración nacional comenzaba a mostrar algunas deficiencias. Y así, como en mi caso, en cada hogar el R4 fue construyendo historia y camino.

He traído estas anécdotas, porque la suma de ellas construyeron ese ambiente de cariño con el cual despedimos hoy al R4. Y porque en su momento fueron capítulos cruciales para la comercialización del vehículo, que se introdujo y vendió a punta de rallyes, en el sentido total del proceso. Y hoy, cuando todos recordamos cifras y otros elementos del R4, pienso que estos kilómetros que se confundieron con la fiebre y el entusiasmo, en cierta forma hicieron también historia patria que se debe anotar en el rincón de este número de despedida al R4.

Por primera vez en 10 años de publicación, MOTOR hace un número extraordinario. El R4 lo merece.

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