Columna del Director

¿Acabar con el petróleo y apagar las refinerías?

En su columna de la más reciente revista Motor, José Clopatofsky habla sobre lo irresponsable que sería suspender la exploración del petróleo.

Por El Tiempo

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José Clopatofsky

José Clopatofsky

Cuando empiezan a sobrar ofertas de candidatos a la Presidencia de la República, también escasean dramáticamente en todos ellos unas propuestas concretas sobre lo que sería su eventual gobierno. Todos hablan de centro, como si eso fuera un programa y no una forma de acomodarse para no pelear con los verdaderos zurdos de la política y las ideas. Otros, para distanciarse de la desgastada derecha que, a la hora de la verdad, es la única tendencia que nos ha gobernado por décadas. Así se pongan camiseta roja o azul, no deja de ser el clásico entre dos amigos de patio que se han turnado las taquillas.

Esta columna no es política ni busca sembrar opiniones de ese género, pero sí es un espacio en el cual durante 40 años hemos tratado los problemas de los ciudadanos y las consecuencias que han tenido tantas decisiones sobre su movilidad.

Leyendo en EL TIEMPO las declaraciones del candidato Petro, quien sin ningún recato ni mucho menos explicación que pueda tener una sustentación realista, dijo que si subía a la responsabilidad de manejar el país lo primero que haría sería la mayor irresponsabilidad que se le ha oído a un gobernante o personaje en la carrera de ascenso, es inevitable referirse a su desarticulada propuesta de suspender la exploración del petróleo en el país.

Cuántas naciones quisieran tener esas fuentes de energía propias y poder sustentar su economía en productos como el petróleo que —gústeles o no a los predicadores de la futura vida oxigenada, cuya necesidad nadie discute— son y serán por muchas décadas absolutamente vitales.

Veamos un ejemplo. Hoy, circulan en Colombia unos 9 millones de vehículos, población que debe crecer a una rata mínima de 250 mil anuales, por lo cual cuando se cumpla uno de esos plazos hipotéticos y utópicos (que cada día se aplazan más) para que los motores de combustión desaparezcan, por voluntad más política que técnica y realista, el país estará mucho más poblado de automotores de dos y hasta de múltiples ejes. Si ponemos el 2030 como una meta volante para el soñado mundo de las cero emisiones, el probable parque automotor es de unos 11 millones de motores empujando vehículos que no son propiamente elementos de placer. En un alto porcentaje rodarán sobre llantas y con motores de combustión y moverán todos los insumos de la vida y la industria, pues es una fantasía pensar en ferrocarriles o barcos y hasta en flotas consistentes de vuelos cargueros. Que, de paso, también necesitan combustibles fósiles.

¿Cree el candidato Petro que ese parque automotor que mueve a Colombia debamos tanquearlo importando la gasolina, el ACPM y el gas, cuyos vertederos quiere cerrar desconociendo la verdadera realidad energética del mundo, en la cual la electricidad es una fuente tan interesante como llena de cortos circuitos para su producción y entrega?

Lo dice con tal frescura que uno debería tomarlo como una provocación dialéctica para que se hable más de sus aspiraciones. Sin embargo, cuando manifestó que “Colombia no es un país petrolero, eso es una mentira que nos hemos echado” y que pensaba reemplazar los ingresos fiscales que deja el petróleo en regalías, divisas y empleo duplicando el turismo y la agricultura, a sabiendas de que esos rubros son igualmente fantasiosos en el corto plazo, queda claro que su perfil es el de un astuto oportunista, lejano del de un estadista y conocedor de la economía.

Acaba de tener un muy discreto balance la famosa asamblea mundial ambiental COP26, que buscaba plantear un corte definitivo para la electrificación total de la movilidad en el año 2040. Solo 33 países firmaron el acuerdo. Se marginaron Estados Unidos, China y Rusia, nada menos, porque son metas muy aleatorias para cumplir con las inciertas herramientas actuales y las alternativas que se plantean y se necesitan, diferentes a las controvertidas baterías.

Por lo tanto, como siempre se ha dicho, acabar con los combustibles fósiles no es un asunto de campaña política, sino de realidad científica y estadística, porque así como entre nosotros los millones de vehículos no se pueden apagar, mucho menos en el mundo, donde su población es hoy de 142.000 millones de automotores que necesitan seguir funcionando y cuyo reemplazo con otras fuentes motrices dista mucho de ser viable.

Hay que revolver de todo un poco: petróleo, aguacates, arroz, turistas, banano, café para que el país crezca, pero no enyesarle una pierna y pedirle que galope. Tal como pasará en el futuro cercano cuando convivan carros de pistones y de pilas, sin cortarles el chorro a los unos ni los cables a los otros.

Lo que sí debe saber el país es que sin petróleo no puede vivir y muy seguramente sin Petro, sí. Pocas letras hacen una gran diferencia para el futuro.

 

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