Columna del Director

Híbridos: La discusión de los pesos

En su columna de la más reciente revista Motor, José Clopatofsky habla sobre los híbridos ligeros y el dilema sobre si deberían ser acogidos por los beneficios tributarios.

Por José Clopatofsky

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José Clopatofsky

José Clopatofsky

Subterráneamente, desde hace bastante tiempo viene sonando un tema sobre la clasificación de los carros híbridos, y todas las marcas han consultado sus especificaciones y esperan un pronunciamiento de la DIAN sobre la elegibilidad de sus carros para acceder a los descuentos de aranceles de importación y del IVA al facturarlos.

La historia es esta: hay dos familias de carros electrificados. Los puros eléctricos, que no tienen aporte del motor de combustión, que están por fuera de las discusiones, y los híbridos, que revuelven las tecnologías.

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En estos últimos existen los livianos y los verdaderos, clasificados con una cantidad de letras que solo confunden a los compradores. Hay de nuevo dos familias. Los que tienen un motor eléctrico real que mueve el vehículo en ciertas condiciones de bajo consumo de energía, como el tráfico, que es donde más beneficios ambientales aportan, y cuando hay demanda de potencia se engancha con el motor de combustión. En esta familia, de nuevo hay dos tipos: unos que se deben enchufar para cargar plenamente la batería y otros que la autorrecargan con el motor de gasolina y el reciclaje en los frenos.

Despiertan ciertas dudas sobre su limpieza, porque si la batería está descargada van a caminar en gasolina y no es posible determinar la condición de uso. Pero de todas maneras tienen la instalación motriz eléctrica real, que es la diferencia con los híbridos ligeros. 

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Estos no tienen un motor eléctrico que los mueva y solo muestran varios sistemas alternos con una pequeña batería que activa algunos mecanismos del vehículo para ahorrarle trabajo al motor tradicional. Hay muchas versiones y aplicaciones, pero, en suma, no son eléctricos en ningún momento de su vida.  

La discusión se centra en el pago del IVA, que baja del 19 al 5 por ciento genéricamente para todos estos vehículos, sin distingos. Pero algunas marcas han hecho consultas a la DIAN y otros organismos que definen esas categorías desde hace mucho tiempo, y no ha habido una respuesta completa general. Pero sí hay documentos particulares entre la DIAN y una marca en los cuales se explica que los híbridos que no tienen motricidad eléctrica propia deben pagar el IVA completo. Como no han expedido un reglamento exacto por supuesto corren dudas sobre cómo facturar los carros y, lo más profundo, si la DIAN en el caso de que imponga claramente ese gravamen en la modalidad que considere podría exigir el pago del impuesto de los vehículos que se han facturado al tenor de la rebaja. Es obvio que ante la ambigüedad y la falta de claridad eso no puede ser retroactivo, pues es una falla de las normas, no de los usuarios. Hablan de investigaciones y supuestas multas, pero tampoco hay nada concreto que le sirva de mapa al sector. 

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La discusión debería cerrarse a la mayor brevedad porque crea un ambiente muy perjudicial y los lobbies de ambos bandos ensucian la información que les llega a los consumidores. Unos sostienen que los híbridos livianos deben pagar IVA completo y estos últimos se aferran al limbo que existe, no solo en Colombia, sino en el mundo. 

Digamos que los híbridos livianos, aprovechando que no hay una definición mundial sobre la limpieza de su funcionamiento, son hoy un producto político de las marcas para cumplir mínimamente con requisitos ambientales, al ofrecer un vehículo teóricamente ecológico con el cual se matriculan en el mundo de la electrificación a un precio más asequible que el que pueden ofrecer en los de pura batería -si los tienen- y pueden desarrollarlos sobre plataformas existentes con un bajo costo industrial.

El tema del IVA o los aranceles de los autos de países con los cuales no tenemos TLC afecta el precio final del vehículo y, a la postre, lo paga el consumidor, que hoy se siente atraído por un valor interesante con respecto a un carro equivalente de motor tradicional. No tendría incidencia en el volumen del mercado, sino en la composición de la torta, pues la clientela es la misma que miraría otras opciones y conceptos. 

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Pero también hay una preocupación de mucha gente sobre el pico y placa, del cual se favorece toda esta nueva estirpe de vehículos y cuya compra se ha motivado por este esquema y, desafortunadamente, no por su aporte tecnológico. Esta medida es potestativa de cada ciudad y sus mandos, y puede entrar y salir caprichosamente, aunque moverla no es fácil, pues deben recomponer toda la información que tienen en las bases de datos con las cuales las cámaras y los agentes alimentan el filón de los comparendos, si quisieran separar a los livianos de los pesados para la exención. 

Al tenor de estas conversaciones que he sostenido con varias marcas que están a la espera de medidas me surgió la idea de proponerle al Ministerio que esos vehículos “eco” verdaderos recibieran placas de un color diferente cuando los matriculan. Esto les haría una propaganda positiva evidente a esas tecnologías y facilitaría mucho su identificación tributaria y sancionatoria. Claro está, a futuros, porque lo hecho está consumado para lo bueno, regular o malo.

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