Columna del Director

La inseguridad también es vial

En su columna de la más reciente revista Motor, José Clopatofsky habla sobre la inseguridad vial y cómo en Colombia no es peor "por puro milagro".

Por José Clopatofsky

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Leyendo un reciente estudio que publicó muy destacado EL TIEMPO, aparece un registro sobre la accidentalidad vial, que está en sus puntos más altos de los últimos 60 años.  

Dice el texto que entre 2019 y 2021 han fallecido más de 80.000 personas, de las cuales un 17 por ciento fueron peatones atropellados. Las cifras se han disparado luego de la pandemia y también en algunos meses del encierro, porque ante el despeje de las vías subieron las velocidades de los carros, hubo menos policías patrullando, aumentó el uso de drogas y alcohol y muchas personas sin techo fueron víctimas de los vehículos al vagar desordenada y distraídamente en las calles. La estadística también recogió muchos casos fatales de ocupantes sin cinturones de seguridad, fallas en las señales, mal estado de las vías, antigüedad y fallas de los carros. 

Esto sucedió en Estados Unidos, uno de los países más rigurosos y organizados en el tema del funcionamiento de la movilidad, a pesar de lo cual es uno de los que registran los más altos índices en accidentes fatales, doloroso escalafón en el cual Bélgica, Francia, España y la República Checa aportan unas pesadas estadísticas. 

La Organización Mundial de la Salud informa que cada año mueren 1,3 millones de personas en accidentes de tránsito a nivel global, cifra mucho más alta que las de asesinatos y suicidios combinados. 

Colombia está inmersa en esta otra epidemia mortal. Sus cifras no son tan escabrosas por la razón de la proporción de población con la cantidad de vehículos que hay en Estados Unidos. Pero en estas cuentas, basta con que una persona fallezca para que sea toda una calamidad y es un desastre que 7.067 compatriotas perdieran la vida el año pasado en accidentes de este tipo. 

Si entre las causas de fatalidades comprobadas en los Estados Unidos figuran las malas señales y el estado de las vías, entonces acá no pasan más desgracias por puro milagro, porque en ese aspecto estamos muy mal, y en la parte rural, donde transitan muchas motos y personas con menos experiencia, las advertencias son precarias, cuando las hay. En cuanto a vías, no es nuevo citar que su estado promedio es lamentable en muchas partes, empezando por las arterias y supuestas autopistas de la capital, donde hay más tráfico, cuyos huecos y fallas hacen metástasis en el resto del entramado vial. Esto se complica en las carreteras departamentales, que están talladas entre montañas con precipicios que se tragan camiones y buses, tal como sucedió hace poco con un transporte escolar en Santander. Por supuesto, en esos lugares y rutas no hay un riel, ni un aviso, ni controles serios a los vehículos que circulan en las zonas más peligrosas y descuidadas del país.  

De alguna manera, podemos decir que, ante el volumen de riesgo, explicado por la simple cifra del crecimiento del parque de motos a una rata de 650.000 nuevas al año, con un enorme porcentaje de licencias entregadas sin requisitos técnicos ni experiencia, a la larga por la suerte y posiblemente la lentitud del tráfico debido a los absurdos trancones que se dan en todas partes, no son muchos más los muertos en su hoy indispensable transporte. 

De los fallecimientos que estadísticamente tiene anotados la Agencia de Seguridad Vial en sus reportes, 4.198 de los 7.967 casos del 2021 fueron en motos, 1.508 son de peatones, en vehículos particulares fallecieron 555 personas, 455 fueron ciclistas, 181 perecieron en vehículos de carga y 94 pasajeros en transporte público. Lastimosamente, hay cifras peores que las de los boletines oficiales. El año pasado, el SOAT pagó la asistencia médica a 715.000 lesionados, de los cuales 424.000 iban en moto. De paso, los abusos con esas reclamaciones hacen que, a largo plazo, las curvas de sostenimiento financiero de este seguro sean bastante inciertas.  

Los nuevos conductores, sobre todo de motos, entran sin clasificación de aptitud a manejar cualquier tamaño de aparato, cuya cilindrada es un peligro exponencial; los ciclistas que andan sin casco porque, increíble, NO es obligatorio –a la par que las autoridades estimulan el uso de este medio de transporte–  además ruedan sin luces porque no les importa ser fantasmas, sin tener idea de los sentidos de las vías y muchos andan desafiando al resto de la población que se mueve en vehículo o a pie. 

La pedagogía sobre el comportamiento vial es una herramienta indispensable, desde los colegios hasta las repetitivas campañas en medios que, por decir siempre lo mismo, pasan desapercibidas y son la acción visible del Gobierno ante este grave problema. Pero falta mucho en normas, controles efectivos a personas y vehículos, desde la impresión de la licencia, y a este gobierno y sus funcionarios se les pasaron estos 4 años sin que hicieran algo contundente. Por ejemplo, no ha sido posible que se presente el proyecto de un código de tránsito actualizado y que responda a esta nueva problemática que cobra más víctimas que los conflictos armados.

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