Columna del Director

Mientras tanto... rodando como canguros

En su columna de la más reciente revista Motor, José Clopatofsky habla sobre cómo mientras se materializan obras en Bogotá, seguiremos andando por las mismas trochas dignas de un Dakar.

Por José Clopatofsky

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Parece que por fin se están concretando, en papeles, los anuncios de las ampliaciones de la carrera Séptima y la autopista Norte, dos desastrosos accesos por el norte a la capital de Colombia.

Las obras las contratará la Agencia Nacional de Infraestructura (ANI), y no la Alcaldía, lo cual es un detalle de caja menor con tal de que las hagan a tiempo, lo cual sí es asunto de caja mayor. Dijo esa entidad que el proceso se surte en tres fases. En este abril deben firmar el contrato con los ganadores de la obra. Eso es lo único fijo.

Luego viene un año y medio, hasta septiembre del 2023, que es el tiempo de preconstrucción para hacer “el cierre financiero, los diseños de ingeniería de detalle y los trámites de los permisos ambientales y de manejo de tráfico”. Si todo eso camina, lo cual es incierto por los antecedentes que se conocen de estas obras, en las cuales es mucho más difícil despejar la vía de obstáculos contractuales que pavimentarla, se tomarán cinco años y medio más para hacerla, lo cual apunta a que el asunto estaría terminado por allá en el año 2029, si bien nos va a todos.

Para ilustrarnos recordemos que el intercambiador de la calle 94 de Bogotá se demoró 102 meses contra 17 de lo ofrecido, casi 9 años, y costó 3,6 veces más de lo estimado. Le echan la culpa a un tubo que apareció en otro sitio, por lo cual confiamos en que sepan que por el centro de la “autopista” está el tubo madre del agua para Bogotá.

Cuando se habla de esos tiempos uno se imagina que viene una obra descomunal como la de Hidroituango, que lleva doce años, pero esta es una corta intervención de solo 4,9 kilómetros en la autopista para ampliarla de tres a seis carriles. O sea que parte de la base ya existe, lo cual es un ancho mínimo a la fecha, pero quién sabe cuán insuficiente cuando se estrene, como pasa con muchas de nuestras obras que son para descontar atraso.

Como novedad, el trabajo incluye un puente de ¡240 metros, tres cuadras! de largo sobre el humedal de Torca, el cual en el contexto del debate político nacional puede ser una simple obra de albañilería cuando en la propuesta de un candidato presidencial se oyó de un tren elevado entre Buenaventura y Barranquilla, que tendría 1,2 millones de metros de longitud, 5.000 veces más que el propuesto acá. Claro, entendiendo que hay una gran diferencia de obstáculos ambientales entre el Tapón del Darién y el charco de Torca para calcularle un hipotético tiempo de entrega.

Otra fase es una segunda calzada en la carrera Séptima entre las calles 201 y 245, de justos 4,92 kilómetros. Colocado el esquema sobre el mapa se ve que esa vía no despeja el paso por el barrio El Codito, que es el sitio de mayor taponamiento actual, porque empieza más adelante y el remedio no aplica a la parte más esencial del problema. Ya veremos las aclaraciones y más ampliaciones, que ojalá existan y prueben que estoy totalmente pifiado, pero el simple ejercicio sobre los mapas de Google es dramático a primera vista y claramente denota el gran problema social que allí se generaría con esta obra que implica expropiar, demoler, rediseñar, compensar y demás obligaciones que atañen a un evento de interés público como este. De eso, ni mu. Como tampoco sobre todas las propiedades que compraron dizque para ampliar la misma carrera en la parte de la ciudad.

¿Y mientras tanto, en las mismas?

Todo parece indicar que así será y la ciudad seguirá embotellada en unas vergonzosas vías en esa vital zona donde las losas de la parte urbana son un tumbado fluido que requiere rehacerlas totalmente. Han adelantado brigadas para “tapar” huecos y desniveles que rompen las suspensiones, pero no se trata de obras correctas, sino de dunas dignas de pruebas del rally Dakar, hechas con bojotes de perecedero y ordinario asfalto que también los sufren los buses públicos.

Una cosa es que nos endulcen el oído con las nuevas vías para la próxima década. Otra imperdonable es que tengamos que seguir viviendo una ciudad colapsada por estas calzadas sin rayas, con las “bermas” convertidas en compraventas y dudosos llenaderos de extinguidores, paraderos de buses sin espacios, con zonas de seguridad delimitadas por árboles y matas que se tragan otro medio carril, pésima iluminación, “pistas” laterales donde los buses se saltan el trancón espantando gente y todos nosotros rodando como canguros. Ahí pasan horas los niños en los buses escolares, y para calcular entrar y salir de la ciudad hay que planillar dos horas perdidas.

Señora alcaldesa: con esos anuncios de la ANI no se tapan las necesidades de intervenir esa autopista completa, de la 100 al peaje, con unas obras serias y profesionales y dejar de remendarla para aplacar reclamos, más que justificados, que es su obligación atender.

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