Columna del Director

Palabra de Claudia

En su columna de la más reciente revista Motor, José Clopatofsky habla sobre cómo en esta administración las decisiones se dan a "trancazos".

Por El Tiempo

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José Clopatofsky

José Clopatofsky

Como un logro importante y positivo de la ampliación del pico y placa en Bogotá, las autoridades están citando que 17.542 personas habían comprado el antiético escampadero solidario por 413.000 pesos mensuales y que casi 130.000 habían registrado el carro compartido para poder usar las calles a “deshoras”. Excelente la cifra del carro para tres personas, si en la práctica se está dando esa ocupación, pero en un todo, la suma de esos “contribuyentes forzados” –porque no son otra cosa– no es de beneficiados, sino de perjudicados que han tenido que recurrir a este artilugio porque necesitan las vías para trabajar. No son propiamente compradores recreativos.

El horario de la nueva medida, que en realidad es de 24 horas para muchas personas y de tres días para otras, naturalmente ha despejado las calles en una ligera proporción. Es cosa de aritmética básica, pero no son cuentas que estén produciendo beneficios.

Más allá de quienes pierden dos o tres días de trabajo a la semana con sus vehículos y cuyo rendimiento no les da para comprar trancón, de muchos negocios cuya clientela se evapora, de talleres que deben guardar los carros improductivamente por el doble de tiempo, empiezan a surgir otras víctimas.

Por ejemplo, un cirujano que por una complicación que alargó su tarea de emergencia y terminó después de las seis de la mañana tuvo que esperar dos días para poder retirar su carro, con una abrumadora tarifa de parqueo a cuestas. Deben ser muchos más en este y otros oficios que pasan por esa factura.

Otros lectores se quejan –y con muy justa razón– porque no pueden cruzar la ciudad para tomar la crucial vía a los Llanos Orientales, salvo recurriendo a larguísimos rodeos por pequeñas y malas carreteras –donde las hay– para hacerle el quite a la prohibición. O bien deben dejar sus vehículos estacionados fuera de la ciudad y acceder a ellos por otros medios para poder viajar o trabajar en los días de veda.

El horario que teníamos de pico y placa que liberaba gran parte de la mañana y algo de la tarde era más equitativo y proporcional, porque les daba a las personas que lo necesitaban una opción de hacer sus diligencias y trabajar. Sin embargo, causaba enormes embotellamientos, que son precisamente la demostración de la necesidad de mucha gente que debe salir, a pesar de la demora.

Una fórmula que podría agilizar el tráfico sería ampliar más el espacio, no hasta las tres, sino hasta las cuatro de la tarde, de tal manera que no se presentara esa afanosa congestión en la hora pico que coincidía con la angustia de las personas para llegar a su destino.

Habrían podido ensayarla para evaluarla, pero en esta administración todo es a los trancazos y antes de considerar los enormes perjuicios que están causando salen a decir terminantemente que son inflexibles y que la ciudad se seguirá rigiendo bajo la caprichosa y agresiva “palabra de Claudia”.

También deben reconsiderar ese plazo hasta las nueve de la noche, absolutamente inútil y que solo se explica para forzar a las personas a comprar su cuento del solidario, que de eso tiene poco porque contradice la solidaridad de los sumisos que no tienen la alternativa de comprar ese salvoconducto que, vista la realidad, es la única explicación alcabalera para imponer los nuevos horarios.

Por supuesto, el segundo o tercer carro ya entró en circulación, forzado por las circunstancias que apenas los afectados están empezando a solucionar y seguramente en poco tiempo ese pequeño espacio de aceleración que hoy se vive va a colapsar. También las ventas de motos en enero subieron un 37,4 por ciento, lo que significa que ingresaron a las vías 62.500 nuevas unidades, de las cuales sensiblemente unas 20.000 ya operan en Bogotá. A ese paso es posible que se vendan 800.000 en el curso del año y nos acompañarán en esta trabada ciudad otras 240.000 adicionales en diciembre. Ya la alcaldesa dijo que los iba a controlar, y su sola palabra ya encendió otra forma de protesta de un enorme grupo de ciudadanos que bloquearán la ciudad hasta tanto cambie el evangelio que se predica desde el Palacio Liévano.

“Compre cicla, compre caballo, no salga, no saque el teléfono, no se mueva… para qué se metió en un carro…”. Los memes le han puesto un color y sabor pintorescos a esta imposición que, a la fecha, ya empieza a cobrar daños y a borrar sonrisas, perjuicios que eran evitables si no se hubieran acogido esos inoportunos mandatos de la inconsecuente Secretaría de Movilidad que, además, tiene colapsadas muchas arterias del norte, sur, oriente y occidente con sus improvisadas ciclorrutas que no aportan a la justa y equitativa convivencia de todos los necesitados de las calles.

 

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