Columna del Director

Vivir entre ‘polisombras’

En su columna de la más reciente revista Motor, José Clopatofsky habla sobre cómo las obras viales avanzan a ritmos escandalosamente lentos y costosos.

Por José Clopatofsky

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José Clopatofsky

José Clopatofsky

La efervescente alcaldesa de Bogotá se despachó de nuevo hace unos días, con nombre propio, contra el constructor Mario Huertas, a quien le pidió celeridad en los trabajos que está haciendo, entre muchos otros, en la Avenida 68 y cuyo desarrollo causa enormes traumatismos de tráfico en un punto crucial y central de la ciudad. 

La alcaldesa –esta vez sin camioneta blindada ni motos que le abren paso en el sistema en el cual suelen levitar los funcionarios de muchas entidades cuando acceden a los cargos y se olvidan de la ciudad o el país que hay más allá de sus ventanas oscuras– rodó en bicicleta y vio lo que todos los ciudadanos sufren cuando tienen que meterse en esos laberintos donde las polisombras abundan innecesariamente. Porque antes de clavar una herramienta, taponan y restringen las vías con esas mallas en previsión de trabajos que harán meses o años después, estorbando a priori a los ciudadanos. 

Pocos trabajadores, avances muy lentos, horas y horas hábiles deshabilitadas para la obra, mucho casco de supervisión sin cosas por mirar, teodolitos que deberían haber trabajado mucho antes de lanzar las licitaciones, es el panorama usual de las megaobras que están en proceso para pasado mañana, pero, seguro, solo se verán con años de diferencia y perjuicios.  

Recuerden el deprimido de la calle 94 que costó 3,6 veces lo planeado, que eran 46.000 millones y terminó en 170.000 millones y se demoró ¡8 años y medio!, luego de que dijeron que en 17 meses estaría listo. Ni hablar, a nivel nacional, del túnel de La Línea, que olímpicamente el gobierno pasado se adjudicó cuando en realidad este proyecto estaba trazado desde 1925, se empezó en el 2009 y finalmente lo pusieron en servicio 11 años después. La BBC, con un informe de la Asociación Internacional de Túneles, destacó que esa obra avanzó 0,7 kilómetros anuales, que era el tiempo promedio de ejecución de estos trabajos en el siglo XIX, cuando todo se hacía prácticamente a mano. Una vergüenza. 

En mayor o menor cuantía esto sigue sucediendo, no solo en los costos, sino también en los tiempos de las obras públicas. Eso sí, con una diferencia: ahora este tipo de contratos –al menos este que es bien visible– no tiene anticipos y toda demora es por cuenta del constructor, pero existen enemil caminos legales con los cuales se logran aplazamientos y renegociaciones, fruto de la mala planeación y la compleja interlocución de las entidades responsables. 

Por ejemplo, Huertas se queja de las demoras en la Secretaría de Movilidad para aprobar los planes de tráfico en las obras, cuando estos debían estar previstos de tiempo atrás, pues son sucesos evidentes y totalmente planificables de antemano. 

El otro rollo es que nadie sabe qué hay en el subsuelo de esta capital. Aparecen los tubos donde no se sabía, meten una pica y cortan el gas, pasan un buldócer por un sitio estudiado y resulta que rompe las líneas telefónicas o les explota el acueducto que debía estar en otro lugar. Y espere a que venga la entidad pertinente con sus estudios, consultas y más demoras. 

Entretanto, el tráfico en Bogotá se mueve, en sus mejores momentos, a 25 kilómetros por hora, que es la velocidad media de un ciclista, y en las horas pico anda a 2 por hora, que es el avance de un peatón. Resultado: la peor movilidad de América y la cuarta peor del mundo detrás de Estambul, Moscú y Kiev. 

Muy buena la explosión de la alcaldesa, pero también debe alinear sus instituciones paralelas a estas obras para que sea un frente común de labores.  

De otra parte, en las explicaciones de Huertas surge otra dura inquietud: no hay personal que quiera trabajar en esos frentes, cuando la tasa del desempleo es del 11 por ciento, y en alza. Se afirma que las obras públicas son un gran motor del trabajo formal y resulta que la gente no se aparece, por lo cual, además de los vericuetos administrativos, surge ahora este inexplicable tapón para hacer los trabajos en un tiempo racional. 

Dicen que la única alternativa segura y eficaz es la paciencia, pero esta, a diferencia de la dilatación de las obras, se va agotando y requiere paliativos inmediatos. Esa es la tarea de una Secretaría de Movilidad en la cual fue nombrada la directora de planeación de esa misma entidad, lo que no es propiamente un gran pergamino a raíz de lo que vivimos a diario. Veremos.

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