José Clopatofsky
José Clopatofsky

Agua bendita para los radiadores

En su columna de la última edición de Motor, José Clopatofsky habla sobre las aparentes ganas de hacerle siempre la vida difícil al carro particular.

03:42 p. m. 06 de octubre del 2020

No le duró una semana a la Secretaría de Movilidad de Bogotá la propuesta del pico y placa, porque la ciudadanía la rechazó de manera vehemente en la página de consulta que pusieron a las carreras y con un plazo efímero para que la gente se expresara. Pero fueron suficientes.

Fue otro intento de bloquearles la circulación a los automóviles de cientos de miles de personas durante los sábados, que es cuando el comercio, las familias, los viajeros, los recreativos y muchos trabajadores tienen un tiempo afuera de las ocupaciones normales para atender sus necesidades. En todas esas intentonas han tenido que poner reverso, y lo será más contundente si insisten, pues cada vez crece la población con esas y otras necesidades inaplazables, y más ahora, cuando la privacidad en el transporte es una recomendación de la propia autoridad. No descarten que ahora salgan con el tema de la contaminación de los sábados culpando a los carros particulares, cuando hay muchas otras fuentes que disparan humo y partículas sin restricciones, como los buses de los sistemas amparados y financiados por la propia alcaldía. Empecemos por casa con la misma severidad y contundencia con la cual tratan a los automovilistas de las placas amarillas.

Tenía la propuesta algo que sí aliviaría el tráfico, como empezar la restricción de la tarde a las 4 y no a las 3. Esa hora suplementaria, que acá habíamos sugerido hace tiempos, despejaría algo la congestión del mediodía porque habría más tiempo para hacer las diligencias que ahora se atoran por la angustia de regresar antes de las 3 de la tarde, y la salida de las oficinas no se afecta, pues cierran después de esa hora.

Sigue un pulso que merece otra tribuna abierta, no en volandas, para que la gente opine sobre los carriles que les están quitando a las principales calles a favor de las bicicletas, que en algunas partes pueden ser funcionales, pero en otras son catastróficos. Nuestro correo está repleto de cartas de quejas por estas medidas y por el reguero absurdo de taches y señales en las calles, no para vías de bicicletas, sino para trazar carriles innecesarios que solo parecen justificar la desmedida compra de esos elementos.

Otras observaciones. El carro compartido para no tener pico y placa es una buena idea, pero con una mala concepción. Obligan a que el viaje de tres personas sea de principio a fin, lo cual no funciona porque esos “pools” son para recoger usualmente a compañeros de trabajo que están en la ruta y dejarlos en los mismos sitios al paso, como lo hacen ya muchísimos universitarios que comparten silla y gastos. Por la manera como lo piden, se reduce a una familia o personas que vivan en el mismo sitio, lo cual no es funcional, y menos registrando semanalmente a las tripulaciones, que por naturaleza son flotantes. ¿Para qué se inventan eso cuando no hay policías que controlen lo esencial, y menos los vamos a tener para ir pidiendo identificaciones en cada hora tope del tráfico?

Otro rollo es tener que registrar los carros híbridos y eléctricos que están exentos de la restricción. Es agregar un trámite de esos que entran de una vez con derecho propio en la lista de derogables, pues todos los autos de estas tecnologías ya están clasificados y anotados, no solo a nivel bogotano, sino nacional, porque su tipo de motorización figura en la tarjeta de tenencia de los vehículos que les fue expedida en el momento de la matrícula.

Más bien, si tan acuciosos y promotores son de esos vehículos ecológicos, por qué no se implementa un color de placas diferente que los distinga ante los demás usuarios, promocione visualmente su tecnología y ahorre todas esas vueltas redundantes que solo se explican por las ganas de hacerle siempre la vida difícil a quien tiene su carro personal, que parece condenado a echarle agua bendita al radiador para refrigerar el infierno en el cual se mueve, porque usarlo se ha convertido en un pecado.

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