José Clopatofsky
José Clopatofsky

Ambiente medio

En su columna de hoy, José Clopatofsky habla sobre cómo a la mal manejada crisis ambiental de Bogotá se ha sumado el coronavirus.

02:43 p.m. 17 de marzo del 2020

Vivimos días confusos y angustiantes. El virus invisible que a todos nos ronda desbarató la salud de miles de personas, hizo trizas la economía mundial, mandó el ya reducido valor del peso al sótano, puso al petróleo en un valor que hace tambalear su industria, los eventos de todos los niveles se cancelaron, los aviones quedaron en tierra, las fronteras se cerraron, los barcos están fondeados incubando la pandemia en alta mar entre sus pasajeros y, por donde se le mire, el mundo es otro por culpa de la infección cuyos alcances son imprevisibles.

Los ciudadanos de Bogotá y Medellín estamos, además, respirando un aire que se suma al coronavirus con las partículas contaminantes que provienen en su mayoría de fuentes muy diferentes a los automóviles y las motos, como lo quieren hacer notar los ‘carrofóbicos’, quienes están felices con las medidas del pico y placa alargado y, ahora en la capital, su traslado a los fines de semana con inocultables perjuicios de toda índole, desde el doméstico hasta el comercial. Está claro que nadie saca el carro los sábados para pasear innecesariamente por la ciudad, sino porque necesita hacer sus diligencias familiares y personales en el único día semihábil que les queda a quienes trabajan. Por ejemplo, la mitad de quienes tienen su carro no podrán salir de la ciudad, y quienes viajan y deban pasar por Bogotá, por ejemplo, al llano, se quedan bloqueados.

Por supuesto, nadie se opone a acatar estas restricciones cuando realmente se limiten a los tiempos de verdadera emergencia. Pero ahora resulta que los incendios en los llanos, que cada año se suceden y se conocían como “la calima”, dispararon los sensores de calidad de aire y se sumaron a las diarias emisiones bajo las cuales vivimos los bogotanos. Y no han valido las colosales granizadas y diluvios que se suponen son los dispersantes inmediatos de esa atmósfera. Más bien, se lee entre telones que la Alcaldía de Bogotá está aprovechando esta coyuntura para modificar el pico y placa, sobre todo el de los sábados, lo cual sería una calamidad más en el escenario.

Aterricemos. Todo el mundo y los especialistas ambientales tienen opiniones encontradas y manejan cuadros de cifras muy diferentes que se ajustan curiosamente a sus maneras de pensar. Los enemigos del auto particular y las motos, que pretenden poner a pedalear a millones de ciudadanos o a que se suban en los buses donde no caben, sostienen, por ejemplo, que las motos contaminan más que los SITP, cuando una bocanada de esos motores de 5.000 y más centímetros cúbicos equivale a las de 33 motos de tamaño mediano.

Las alcaldías tienen que poner en la mesa las cosas como son. Sus sistemas de transporte a los cuales les dan anualmente el aval oficial con la certificación técnico-mecánica, que garantiza la pureza de sus exostos y la integridad de su mecánica, es la anuencia escrita para que los buses viejos sigan rodando. A costillas de los carros particulares, claro está, en impuestos y restricciones.

Restringen los camiones que entran y salen de la ciudad, y es claro que son una fila de humo causante del 39 por ciento de las emisiones. Pero controlarlos por la edad de la matrícula es un recurso infantil, pues todos estos aparatos tienen los motores actualizados, claro que a la baja especificación que el Gobierno permite. Más bien debían pensar en generarles corredores verdes más rápidos para entrar y salir de la ciudad y evitar así que pasen horas disparando gases en los trancones. Eso sirve, pero no se les ocurre. ¿Han pensado en una central de acopio y un gran terminal de carga en las afueras de la ciudad? Nada. La alcaldesa dice que hay que apagar los carros.

Cito tres posiciones: La alcaldesa López dijo que “el pico y placa evidentemente no es la solución, la solución es apagar el carro, es apagar los medios contaminantes y usar cada vez más el transporte masivo o limpio”. ¿Cuál?

Ricardo Morales, director del Centro de Investigaciones en Ingeniería Ambiental de la Universidad de los Andes, considera que el aporte de los incendios “es pequeño comparado con el de las fuentes móviles y fijas de la ciudad”. Estima que en un mes de febrero típico, las conflagraciones pueden contribuir con cerca del 10 por ciento de la contaminación.

Eduardo Behrentz, vicerrector de Desarrollo de esa misma universidad, considera que prohibir que los carros salgan a la calle es una medida de contingencia que no resuelve los problemas de fondo. “Están escuchando unos argumentos y voces que no son. La emergencia ambiental es por la presencia de material particulado que proviene de vehículos diésel, la industria pesada y eventualmente estos incendios en otras regiones que afectan a Bogotá. Ahí está la mayoría de fuentes de contaminación asociada a partículas que, insisto, es la causa de la emergencia. Los vehículos de gasolina no son los más importantes en material particulado”.

Amén.

The city that never sleeps is taking a nap.

Publicado por Dacia 1300 New York en Domingo, 12 de abril de 2020

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