José Clopatofsky
José Clopatofsky

Una autopista, pero de promesas

En su columna de hoy, José Clopatofsky habla sobre la falta de candidatos idóneos que lleven a la acción obras que destraben los accesos a la capital.

03:18 p.m. 21 de julio del 2020

Hace pocos días, nuestro telepresidente abandonó temporalmente su estudio de la Casa de Nariño para inaugurar la ampliación de la Autopista hacia el norte en los límites de Bogotá, cuya nomenclatura termina oficialmente en la calle 245, contada desde la Plaza de Bolívar. También en esas coordenadas arrancan o terminan los sufrimientos de los bogotanos, según vayan de sur a norte o al contrario, por la vía que otrora se llamó Paseo de los Libertadores y luego se conoció como la Autopista Central del Norte y hace ya muchos años perdió sus patrióticos y rimbombantes adjetivos para convertirse en el embudo del norte.

Gustavo Rojas Pinilla, ingeniero además de militar y presidente a la brava del país entre junio de 1953 y mayo del 57, fue en 1956 el gestor de esta obra. Y se hizo. Rojas tuvo el acierto de nombrar en la alcaldía al constructor y urbanista Fernando Mazuera Villegas, quien, además, puso en marcha la construcción del actual Aeropuerto en 1955 y lo conectó con el centro por la calle 26, llamada también, y con bastante más razón física en la actualidad, como la autopista a El Dorado.

La nueva obra en las afueras de Bogotá está a la altura: tiene cuatro carriles en cada sentido y hasta cinco en algunos sitios, obviamente peajes, pero con 16 estaciones, acceso al rústico pero noble Tren de la Sabana, ciclorruta, por supuesto, todo para el servicio y necesidades de 10 millones de ciudadanos que la usan no solamente desde Chía, Cajicá, Briceño, Sopó, Tocancipá y Zipaquirá, sino desde la costa Atlántica, Venezuela e intermedias.

Pero hacia la ciudad queda un inexplicable tapón de solo cincuenta cuadras y de efectos devastadores. Esos dos carriles y medio que hay hacia y desde el centro, porque las bermas son un chiquero, están habitados por los trancones, que son inevitables cuando se comprime en semejante trocha una buena parte del movimiento de un país.

Los informes y las reflexiones que se despertaron a raíz de la pomposa inauguración de esta obra que le tocó en herencia a este gobierno, evidenciaron una vez más el penoso contraste que hay entre las vías que conectan la visión pobre, ineficaz y promesera –que raya en lo mentiroso– de las administraciones distritales actual y muchas pasadas, con la realidad, aún corta hacia el futuro, de la evidente mejora de las carreteras.

Ahora existe una cantidad de agentes del Gobierno que supuestamente deberían pasar de la preocupación, anuncios y disculpas a la acción. Hay Ministerio de Transporte, hay Agencia de Infraestructura, hay Invías, hay Alcaldía de Bogotá, hay Departamento Nacional de Planeación, hay Gobierno central, hay Ministerio de Hacienda, y seguro más escritorios que conforman una plural y enorme mesa de ping-pong donde la pelota pasa y pasa hace años sin que alguien la coja.

La explosiva alcaldesa Claudia López, que suelta frases a borbotones como una olla exprés, no todas atinadas y muchas con reverso anticipado, dijo que “la inauguración de hoy es el embudo del mañana”. Se ve que poco sale de la ciudad, porque ese embudo tiene 15 o más años en efervescente operación. Se le anota sí que la supuesta reconstrucción de la actual autopista está incluida en su Plan de Desarrollo, aunque sin fecha ni fondos.

Otra de las noticias que surgieron, según la ANI, es que ya está radicado un proceso en el Ministerio de Hacienda para abrir la licitación respectiva sobre la modernización de la salida de Bogotá, que ya fracasó una vez porque no logró el cierre financiero, luego algo estaba mal planeado. El proyecto, porque eso es, incluye la ampliación de la Séptima, cuyas mejoras son otra colcha de mentiras a la fecha, gracias a la cual mantiene con orgullo su ancho y trazado desde hace ¡194 años!

Para citar otro ejemplo, que está más en anuncios que en realidad, se trabaja en otra carretera entre Chía y la “autopista”, en minúsculas merecidas, porque desafortunadamente desembocará en la misma trocha. Sin embargo, esta vía parece condenada a los mismos tropiezos e ilusiones, pues aunque ya tiene nombre elegante –Troncal de los Andes–, su avance es hoy aún un albur. El presidente de la ANI dijo: “Nos falta hacer unos puentes vehiculares y una serie de obras que en seis meses estarán listas, tenemos unos temas prediales y ya iniciamos los procesos correspondientes para poder adquirirlos”. Unas “obritas” para un semestre. Y en el tema de la compra de esas tierras, que representan el 36 por ciento del recorrido de la nueva vía, están desde el 2016 y no han empezado formalmente. Esperamos invitación a la ceremonia de apertura en enero próximo.

¿Habrá forma de resucitar al histórico doctor Fernando Mazuera? ¿Habrá alguien de su visión, responsabilidad y capacidad ejecutoria que destrabe esta afligida ciudad? Si tienen candidatos, ya saben cuáles son las entidades que necesitan de esos impulsos y gestión para destaponar a Bogotá, no solo hacia el norte sino hacia el sur, el occidente y el oriente, porque la vía de la cual hablamos es apenas una de las de su precario sistema circulatorio, venoso y arterial, que requiere también asistencia respiratoria.

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