José Clopatofsky
José Clopatofsky

Los colores de la improvisación

En su columna de la última revista Motor, José Clopatofsky habla sobre el cambio de color los buses de TM: muestra del caprichoso manejo de la ciudad.

04:09 p. m. 20 de octubre del 2020

“En un patio en el suroccidente de Bogotá se encuentran desde hace varios meses 371 buses nuevos del Sistema Integrado de Transporte Público (SITP). Se trata de vehículos eléctricos que no han entrado a operar y que, por solicitud de la Alcaldía, deben ser pintados de verde”. Así rezaba hace unos días la noticia de EL TIEMPO que generó de inmediato toda suerte de reacciones –ninguna buena– y más cuando líneas más abajo se lee que eso nos costaría 5.300 millones de pesos.

Digo nos costaría por la justificación que dio el gerente de Transmilenio al explicar que ese costo lo asumirá la empresa Enel-Codensa, en la cual Bogotá Distrito Capital tiene el paquete accionario mayoritario de Codensa. Es decir, lo pagaremos proporcionalmente los ciudadanos. Luego esa evasiva no es válida.

Como tampoco los argumentos que esgrimen para pintar 583 buses nuevos, que están al sol y al agua hace meses, pues consideran que por ser eléctricos o híbridos deben llevar un color verde y no azul, para darles una mayor connotación ecológica ante los usuarios. Cosa que es totalmente superflua, pues una vez que aparezca esa cantidad de aparatos, su color se vuelve paisaje intrascendente. En cambio, ponerles en los parabrisas y en el vidrio trasero grandes letreros que denoten su motorización sí es algo que subconscientemente se lee de manera permanente en cada vehículo.

Esas calcomanías valen centavos junto al despilfarro de esa millonada de plata que se podría –y debería– destinar a muchas otras causas sociales que esas entidades deben atender, como, por ejemplo, subsidios a los estratos bajos, mejorar las redes de los barrios, que son una telaraña de cables altamente peligrosa y anticuada, entre algunas ideas que brotan fácilmente en este texto.

Es probable que cuando estén leyendo esto hayan sucedido cosas al respecto, que no serían nada diferente a dejar los buses azules como están (mal pedidos y peor recibidos, por cierto, si es que el verde es el color obligatorio y revolucionario que deberían llevar). Es imperativo que expliquen por qué los tienen arrumados y no funcionan en una ciudad cuyo medio ambiente tanto inquieta a la alcaldesa y su corte, y en la cual los beneficios de estos buses serían más que bienvenidos. Al parecer, como lo dijo este mismo diario, hay otra pata faltante, porque no están listas las estaciones ni los patios para las recargas eléctricas o de gas en el tamaño que supone abastecer una flota de esa magnitud y que crecerá, porque anuncian la llegada de otro paquete enorme de esos buses, que ojalá vengan ya con el caprichoso color verde, que destila también un molesto tufo político y de egoísmos entre la actual administración de Bogotá que hereda estos aparatos de la gestión del alcalde Peñalosa y a los cuales quiere ponerles una imagen que los desconecte de los autores del proyecto.

Al menos esa es una lectura, un poco perversa, hay que reconocerlo, pero que en estos tiempos, cuando la falta de nobleza y reconocimiento hacia las gestiones de otros funcionarios impera desde el cargo más alto del país, ha salido también a flote entre los observadores de este asunto que conocen bien cómo crujen las tripas de estas rivalidades y cómo se cobran los dividendos.

No solamente está en el ojo sorprendido de la ciudadanía el tema de las pinturas. Hay en otras bodegas desde hace siete años equipos que fueron comprados para buses del SITP, los cuales nunca se instalaron por la quiebra de varios operadores, otro lunar pavoroso del sistema, y que le costó a Transmilenio, perteneciente también a la ciudad, una multa de 2.100 millones que castigó sus negligencias administrativas.

La reflexión final va más allá de este episodio, pues uno siente que la movilidad de la ciudad sigue transitando por un carril de costosas improvisaciones, de caprichos antitécnicos como las peligrosas ciclorrutas hechas a punta de conos y predicadas como obras de gran transformación para esta machacada urbe, que parece condenada a que la manejen a brochazos del color que convenga en el momento, sin coherencia en las políticas y abundantes explosiones de ideas populistas en todas las administraciones, que poco o nada consultan su agobiante realidad y se usan como trampolines hacia las altas jerarquías del poder.

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