José Clopatofsky
José Clopatofsky

74 millones de pesos por hora para la seguridad vial

El presupuesto de la Agencia Nacional de Seguridad Vial es jugoso y por lo tanto sus resultados también deberían serlos.

03:46 p.m. 06 de agosto del 2019

Es muy normal que uno odie o por lo menos sienta animadversión, en cualquier dosis, hacia el ministro de Hacienda de turno. Finalmente, su tarea –sin importar el gobierno que atienda o las necesidades que deba cubrir por las razones de ser de su cargo– es conseguir plata para financiar el aparato estatal. Para esa cartera hay una fuente obvia y mayúscula de ingresos que son los impuestos, que a la postre nos caen individualmente, porque si les muerden las cuentas a las empresas esa cuota se traslada directamente a los productos finales que compramos. Y cuando se mete con nuestros bolsillos ya se explica la rasquiña y por qué nos cae gordo a medida que nos enflaquece, así sea un excelente funcionario y diseñe su labor para el bien del país, cuyas necesidades se parecen a llenar con agua un canasto. Misión imposible, por más reformas tributarias que se inventen o camuflen y sobre todo por la corrupción rampante que ronda y acecha a las arcas públicas, de las cuales giran sin pudor y con celeridad.

Pero esta vez, desde el mundo de la movilidad, que a todos nos atañe y en el cual movernos les genera un peaje enorme a las arcas estatales, hay que reconocerle al ministro Carrasquilla que no le pasó su cruel bisturí al presupuesto de la Agencia Nacional de Seguridad Vial, que, de no sufrir peluqueadas ni cirugías de última hora en el Congreso, recibirá para el año entrante la jugosa suma de casi 144.000 millones de pesos, adicionales a los 19.500 millones que cuesta su funcionamiento. Nada barato, por cierto.
Aplicándole una división aproximada, quiere decir que en cada uno de sus días laborables del año debe invertir cerca de 590 millones de pesos en sus diversos programas, estudios y actividades. La rata de desembolso es de 74 millones por hora de trabajo, que se traducen en un conteo gota a gota de 1.230.000 pesos por minuto.
Este presupuesto de inversión 2020 es 1.000 millones superior al actual, por lo cual, repito, debemos estar muy agradecidos con la propuesta presentada por el ministro, lo cual no implica que pasemos a adorarlo.

Como lo escribí en la anterior revista, a este gobierno ya se le pasó en blanco un año en estas materias y por ende cifras más o menos de esas magnitudes se evaporaron esencialmente en foros repetitivos, machacados cuadros de accidentalidad, balances de comparendos y campañas publicitarias, que son hasta ahora lo único visible del accionar de esa agencia y cuyos efectos son bien dudosos. Nadie puede desconocer que la pedagogía, la vigilancia y las sanciones son unas herramientas esenciales para inducir un comportamiento correcto y seguro en las vías, pero es algo pasajero cuando el entorno y la infraestructura no son coherentes. Por el contrario, incitan y precipitan comportamientos peligrosos al volante, al manubrio, en equilibrio en patineta o, simplemente, desde la condición de peatón.

Con tantos años perdidos en pasadas presidencias y ministerios, es una esperanza que suceda algo diferente en los tres que les quedan a estos gobernantes, de cuya buena intención y dinámica no dudamos, pero se necesitan resultados y avances, políticas modernas y técnicas, órdenes y mandatos que tienen que salir sin necesidad de reuniones interminables en las cuales intervienen muchos agentes de otras entidades del Estado que son convocados sin que tengan un bagaje y experiencia demostrables.
Hasta ahora, solo oímos de este gobierno que el presidente habla de carros eléctricos, pero no de la infraestructura que debe colocarles para que sean operables y para que su discurso no se quede en demagogia y en ideas cojas o en que les suelten el tema a los alcaldes y los gobernadores. Muchos de los cuales, en bastantes desafortunados casos, han convertido las acciones de control del tránsito y la movilidad en actividades y negocios oscuros, cuando no visiblemente torcidos, brincando por encima de la supuesta normatividad nacional. Bien sea porque no les importa y se la pasan por la faja o porque no existe. Ya un conflicto de estos intereses decapitó hace pocos días a un director de la Agencia de Seguridad Vial.

Esperamos que vengan días mejores y positivos, pero que no se demoren tanto como pasó con la implementación de las señales viales internacionales en el país. Un reciente artículo de la sección Vehículos en este mismo periódico nos contó que en 1949 –mediados del siglo pasado– se comenzó a hablar en el mundo de establecer un código mundial único de las señales viales, como toda lógica lo dicta, y la ONU lo aprobó en una reunión en Suiza. Por ende, Colombia lo hizo porque lo que es en embajadas y diplomacias nunca nos ha cogido la noche y alguien debía estar allá levantando la mano, no solo en los brindis de rigor, ya que el país es miembro, y nada menos que fundador de esa entidad, desde 1945.

De todas maneras, el continente no brilla ni por eficiencia ni por diligencia en la materia, y Colombia tiene enormes atrasos en todos los aspectos con respecto a los vecindarios. Baste este dato: solo hasta 1982, luego de que fueran aprobados estos códigos por la OEA, 33 años después de que lo hiciera la ONU, Colombia empezó a pensar en el asunto y los adoptó en 1987 como normativa nacional. Pero apenas a los 28 años de este acto, en el 2015, es decir, antier, el ministerio dictó la resolución 1885 por medio de la cual se implantó el nuevo ‘Manual de señalización vial - Dispositivos uniformes para la regulación del tránsito en calles, carreteras y ciclorrutas de Colombia’. Por lo tanto, el atraso que tenemos en seguridad vial no es algo que surge ahora, sino una irresponsabilidad consuetudinaria de los gobiernos, para los cuales la vida de los colombianos que usan las rutas no ha sido una prioridad, así la cifra de estas muertes sea superior a la del conflicto armado que hemos vivido.

Digamos que, aunque probablemente no sea suficiente si se quisieran hacer realidad tantos proyectos que se quedan en entrevistas oportunistas, por ahora la disculpa no es falta de plata sino de gestión y de compromiso con una prioridad nacional.

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