José Clopatofsky
José Clopatofsky

Mis inolvidables R4

En su columna de hoy, José Clopatofsky revive las historias que recorrió con el Renault 4.

02:12 p.m. 03 de septiembre del 2019

Sofasa está celebrando sus 50 años de operaciones en Colombia. Durante ese tiempo, de sus instalaciones han salido un millón y medio de vehículos, de los cuales la enorme mayoría ha sido Renault, porque no hay que olvidar que de esa línea de montaje también salieron Toyota y Daihatsu cuando la firma japonesa fue dueña parcial de la empresa.

Este medio siglo no ha sido indiferente para ningún colombiano, debido a la existencia de carros icónicos —y hoy históricos— que, como el R4, le cambiaron la cara a la movilidad del país desde 1970, cuando Colombia se movía en pesados carros americanos y muy pocos europeos, importados con cuentagotas por la falta de divisas para pagarlos en el exterior. En esas épocas se trajeron muchos camperos y carros con cara de utilitarios de orígenes diversos, como Japón, Yugoslavia, España, Rumania, Rusia y Alemania Oriental, que aceptaban café y carne como pago.

En 1971, a pesar del elevado precio que tuvo por los impuestos que le cargó el Gobierno, siempre ávido de ponerles peaje a los carros, la opción era comprar un Simca 1000 o el curioso R4. Opté por el segundo, verde oscuro con horribles tapizados en color carne de ternera, la cola levantada, el minúsculo motor de 850 c. c. que apenas lograba a nivel del mar 38 caballos y puesto al revés en el chasís, los rines de mantequilla que se deformaban en cualquier hueco, la palanca de cambios en el tablero (era pintoso ponerla al revés, pues así quedaban los cambios con un diagrama extraño que llevaba la primera por fuera de la H), los vidrios laterales arranca orejas, el frasco del agua que parecía provenir de una farmacia, muchos misterios en los talleres para cuadrar la alineación o purgar el radiador y otras características sui géneris y antagónicas con todo lo conocido.

Ese fiel R4 soportó rallies, carreras, implantes de carburador doble, llantas radiales, rines de R6 y 75.000 intensos kilómetros pasando por encima de cuanto hueco había porque las suspensiones eran impresionantes para comerse los baches —cosa que el Simca no lograba en el trato despiadado que le dábamos los afiebrados—, a tal punto que también era el mejor campero del mercado. Fue tal la goma que desembocó en la Copa Renault, ya con otro motor en el mismo coco, y cuya primera carrera se hizo en la Escuela Militar de Cadetes de la calle 80, en Bogotá, con el beneplácito de su director, el general Matamoros, y organizada por el club 3 Cilindros, en el que estábamos los gomosos jóvenes del momento.

Al 4 inicial le siguió otro, con caja normal, de un verde más desteñido y al cual le pasé muchos elementos del veterano, como los amortiguadores y la calefacción, que en el nuevo carro eran de origen nacional y no tenían la calidad ni el aguante de las partes francesas. El ‘viejito’ caminó durante todo nuestro noviazgo, y el nuevo fue el transporte para la luna de miel por la costa Atlántica. De esto hace 45 años.

En el intermedio, con los 850, corrí para el equipo Renault oficial de cuatro autos el Rally Colombia, que marcó un hito para el R4 —desconocido aún en muchos sitios— porque sus suspensiones y confiabilidad superaron a toda la concurrencia, a pesar de que en bajadas, a nivel del mar y con viento de cola, apenas lográbamos borrarle el velocímetro, lo cual quería decir con mucho orgullo que llegaba a los ¡130 por hora!

Del R4 me alejé por otros fierros, pero Colombia siguió pegada del ‘amigo fiel’ hasta 1991, 21 años, cuando la unidad 97.050, vigorizada con un motor 1.300 y frenos de disco, marcó el final de la producción de este carro, y que probamos a manera de despedida para reseñarlo en Motor. A pesar de sus mejoras, ningún modelo fue tan fuerte, homogéneo y versátil como el 850, a pesar de que en su vejez, el motor se convertía en una ducha de aceite muy compleja de corregir. Y hay que recordar que la mecánica y la plataforma del R4 le dieron piso al R6, más espacioso y lujoso, pero totalmente desproporcionado en peso y medidas, lo cual se reflejaba en una horrible y asustadora inclinación en las curvas.

Los recuerdos de los Renault son muchos, y sus novedades y cambios de modelos durante los 38 años de escribir en Motor están debidamente reseñados en el papel y la memoria. Grandes carros como el R12, las Break, el 18 2 litros, el 9, los Clio o el Twingo contrastan con algunos tropiezos resonantes como el Laguna, la segunda generación de los Megane, los vidrios y las direcciones del R21 y muchos otros, de los cuales no hay marca exenta y ya fueron digeridos por la clientela.

En estas bodas de oro, cuando todos miran el hoy y el mañana con poco foco en el fantástico retrovisor que significa Sofasa en todos los aspectos de la vida del país, quería poner al R4 en el obelisco que le corresponde con todo el cariño y admiración por el fierro al que más palo le he dado en la vida y del cual obtuve total fidelidad.

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