José Clopatofsky
José Clopatofsky

Tokio: también se descargan los imanes

El director de revista Motor, José Clopatofsky, se refiere a cuánto ha cambiado el Salón del Automóvil de Tokio por el momento actual de la industria.

04:16 p.m. 29 de octubre del 2019

La industria del automóvil ya no está referida a los aparatos sino que ahora es la industria de la movilidad que contempla todos los requisitos para la convivencia limpia y tolerable de los vehículos en las calles y entonces el producto va perdiendo las diferencias técnicas de antes para convertirse en un catálogo bastante común de soluciones del cual van desapareciendo las cilindradas, la cantidad de pistones, los caballos, las revoluciones, los cambios y tantas características que han sido los apellidos de todos los vehículos pasados. Tokio no se escapa de la descarga de sus imanes.

El Salón del Automóvil de Tokio data de 1954, según recuentan los anales oficiales de este certamen que por estos días está abierto al público con una muestra también muy reducida a los fabricantes locales pero con su usual avalancha de ingeniosas soluciones en piezas que aplican al denso hábitat del vehículo japonés en una territorio celosamente cuidado y repartido metro a metro entre los 126 millones y medio de personas que lo habitan. Es un país que tiene una área, en números gruesos, cuatro veces más pequeña que la nuestra pero está tres veces más poblada y es la cuarta economía mundial.

Por esto las propuestas de vehículos son muy ajustadas y controladas, a pesar de lo cual cada año se fabrican más de ocho millones de unidades para pasajeros y en total calculan que ruedan cerca de 80 millones, aunque decir “ruedan” es bastante optimista porque el tráfico es tan lento como el de Bogotá en las horas pico pese a que una gran mayoría de personas se abstiene de usarlo en los días hábiles para moverse en el perfecto y oportuno transporte público, que tiene la flexibilidad suficiente para recibir a cientos de personas en los vagones de los trenes, empacadas a la brava por los ‘compactadores’ que empujan a la gente para llenarlos a reventar.

En 1954, hace 65 años, los japoneses tenían tres prioridades en sus compras y que representaban su status: la nevera, la lavadora y la aspiradora. Comprar un carro estaba lejos de sus posibilidades por lo cual el salón era una exposición de fantasías si bien los exponentes rodantes de ese entonces eran muy primarios y derivados de modelos europeos, y más que todo ingleses, que luego de la segunda guerra no eran propiamente un dechado de modernidad.

El Salón 46 de la historia es hoy todo lo contrario, pues las marcas japonesas son una referencia mundial de las nuevas tecnologías y del ingenio de los diseñadores, no necesariamente ajustados a la estética sino pegados a la sostenibilidad. Sin embargo, muchas de las propuestas que fueron originales de esta industria japonesa hoy ya son un lugar común en la fabricación mundial en serie, en especial para la propagación de los carros eléctricos y el avance en las prototipos autónomos, por lo cual ya no desborda en sorpresas técnicas sino que se destaca porque son reales y ya funcionales, mientras la competencia aún vive de la experimentación.

Japón es el país que tiene más fabricantes de vehículos. Para solo citar a los grandes, allí residen Toyota, Daihatsu, Subaru, Nissan, Mitsubishi, Fuso, Isuzu y Honda que es, además, el primer fabricante en cantidad de motores en el mundo. Por sí solos, los locales alimentan con lujo su salón y por su especificidad y alergia a las importaciones, ahuyentan a los competidores internacionales a tal punto que sólo Mercedes-Benz tenía una muestra reducida.

Nada de vehículos americanos, italianos, ingleses, franceses, alemanes -con la excepción citada-, suecos, españoles, etcétera y no aparecen por ninguna rendija los coreanos, los indios y, mucho menos, los chinos.

Un par de carros de Renault, presentes porque esa casa francesa es la dueña mayoritaria de Nissan y controla a Mitsubishi, se veían más protocolarios que reales aventureros en las vitrinas. Con Corea, Japón sostiene una agria disputa comercial y autos de ese origen no llegan y pocos salen hacia ese país vecino, donde son discriminados y hasta odiados en retaliación.

La fortaleza de la industria japonesa se fundamenta en su calidad y correctas propuestas en todos los sentidos. Tienen los mejores 4x4, los más ingeniosos micro carros, los turismos más proporcionados y eficientes, son gigantes en la fabricación de motos y pioneros en soluciones ambientales. Gracias a esto, los japoneses vomitan carros a todos los mercados del mundo y ofician de locales con plantas de producción y centros de diseño en todos los lugares de interés para su expansión, incluida Colombia, con la planta que tuvo Mazda y con el surtido bajo el emblema de Chevrolet de una enorme parte de la producción de Colmotores con materiales de Suzuki e Isuzu.

Cuando Estados Unidos quiso proteger su industria local, los japoneses instalaron allá enormes fábricas a tal punto que millones de los autos de este origen son ‘made in USA’, cuando no en Brasil, México y Europa para solo mirar los países que comparten este pedazo del mundo con nuestra visión.

Por lo tanto, la visita al Salón de Tokio no se puede juzgar con la misma vara con la cual se ha venido calibrando el dramático descenso en concurrencia y atracción de los otrora grandes salones europeos, pero tampoco se puede decir que es ajeno a esa decadencia que los aqueja.

Menos concurrencia, apatía de la gente, lugares comunes en las pantallas de los tableros, más información de entretenimiento que de la mecánica y dinámica de las máquinas, y en general se puede decir que los tiempos cuando venir a esta exposición era un descubrimiento van quedando atrás porque la industria del automóvil ya no está referida a los aparatos, sino que ahora es la industria de la movilidad que contempla todos los requisitos para la convivencia limpia y tolerable de los vehículos en las calles y entonces el producto va perdiendo las diferencias técnicas de antes para convertirse en un catálogo bastante común de soluciones del cual van desapareciendo las cilindradas, la cantidad de pistones, los caballos, las revoluciones, los cambios y tantas características que han sido los apellidos de todos los vehículos pasados. Tokio no se escapa de la descarga de sus imanes.

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