José Clopatofsky
José Clopatofsky

Una escala en los 100 años de Avianca

En su columna de hoy, José Clopatofsky hace un sentido homenaje al centenario de esta emblemática marca.

02:12 p.m. 10 de diciembre del 2019

Tenía dos opciones para escribir esta columna.

La primera y la agradable era traer episodios de infancia vividos al lado de algunos de los cien años de vuelo de Avianca. La familia vivía en Portugal en los años 54 al 58 del siglo anterior con mi papá, que tenía un cargo diplomático. En esos tiempos, más allá de un telegrama en castellano pero cifrado —porque cobraban por palabras— y no como el penoso lenguaje actual de las redes sociales, el aterrizaje semanal del Avianca “El Colombiano” era el acontecimiento de nacionalidad que nos tocaba y alegraba porque llegaban personajes de la política, empresarios que se pagaban la aventura de ir al viejo mundo “en pocas horas” y viajeros variopintos. Su vuelo incluía usualmente una siguiente escala terrenal de acción de gracias y constancia de supervivencia en el incipiente santuario de la Virgen de Fátima. Los pasajeros se bajaban turuletos después de escalas en Barranquilla, Puerto Rico y Azores y 18 horas de vuelo, ya en tiempos de los bellos Constellation, que volaban a 600 kilómetros por hora y tenían la cabina presurizada.

Esos lances son imborrables porque usualmente siempre había alguien a quien llevar hasta Fátima, a unos 100 kilómetros de Lisboa, viaje que muchísimas veces tuve que hacer en el hueco que tenían los Volkswagen atrás, entre el asiento y la ventana diminuta. Mi estatura de ese entonces, proporcional a la de hoy, ayudaba.

En “El Colombiano” llegaban los periódicos de la semana, los cigarrillos Royal que fumaba mi papá —veneno que acabó con su corazón prematuramente— y los encargos de comida que conectaban el paladar con la distante Bogotá.

La cruzada del charco, que era literal, pues siempre se veía por las ventanas su inmensidad, terminaba el Lisboa, donde residía una tripulación que encabezaba el capitán Chester Calvo, que luego llevaba el avión a Madrid, París y otros destinos europeos y lo devolvía a los repuestos pilotos que lo traían de nuevo a Bogotá.

Estos vuelos de los años 50 del “Connie” fueron precedidos por viajes mucho más atrevidos y épicos en los DC-4 especialmente para llevar devotos al año santo en Roma, en 1950. El viaje de casi dos días en el DC-4 era turbulento, pues volaba a la altura de las tormentas y avanzaba a modestos 365 kilómetros cada 60 eternos minutos. La ruta, calculada astronómicamente y controlada con sextantes que valoraban la colocación del avión con respecto a las estrellas, a cargo de navegantes usualmente oriundos de la guerra y de Pan American, era atemorizante: Bogotá-Barranquilla-Georgetown-Belem y Natal, en Brasil, Dakar y Casablanca, ya en África, y Madrid. Nunca se conocieron fallas ni problemas en estos fieles aviones de Douglas que ya databan de ¡1936! Un tío mío, Guillermo, ofició de copiloto en esos vuelos y de ahí tantas anécdotas que le oí durante toda su vida hasta cuando falleció conduciendo el último automóvil de la serie de pruebas que hicimos en esta revista, conocidas como los “40 mil kilómetros”.

En cambio, el Constellation, que tenía cuatro motores de 18 pistones y 2.400 caballos cada uno, era un mar de problemas y su llegada a Lisboa muy rara vez cumplía el itinerario. Me correspondía llamar rutinariamente al aeropuerto para confirmar su llegada y la respuesta más usual era: “Está varado en Azores esperando un motor prestado por Air France”. Ese avión, con sus tres colas y la linda pintura que usaba Avianca en la época, fue aplastado por la llegada de los jets, y aunque sus posteriores versiones, conocidas como el Super y el Super G con tanques en las puntas de alas, fueron mucho más confiables, pasó a la historia como el "mejor trimotor del mundo" porque, a pesar de todo, siempre era capaz de volar con un ventilador embanderado.

La aviación de esos tiempos era temeraria. Tanto que cuando la familia viajó a Lisboa en el 54, la cancillería les daba a sus funcionarios la opción de ir a sus destinos en barco o avión. Mi papá optó a la ida por la seguridad del Transatlántico. El regreso, cuatro años después, fue más pomposo: coincidió con el vuelo inaugural del Super G, último avión de pistón gran crucero de Avianca antes de la llegada del Boeing 707-120 en octubre del 60.
Celebrar los 100 años de Avianca es un aniversario nacional en cuyas efemérides todos los colombianos tenemos un relato, una experiencia, un recuerdo y, por qué no, hasta un mal rato. Hoy, la compañía navega en medio del mal tiempo financiero, pero nunca dejará de ser nuestro emblema en el mundo, así ya no nos pertenezca.

Se salvaron del segundo tema: otra licitación desierta por mal diseño y concepción: nada menos que la de reponer 2.471 buses del SITP. Pero qué pereza escribir de lo mismo. Es mejor tomarme esta libertad para dejar volar los recuerdos y ocupar estas líneas con algo tan personal como sentido homenaje a este centenario.

Mientras volvemos "al aire" el próximo 22 de enero, les deseamos la mejor Navidad y un gran 2020, a pesar de todos los problemas que vivimos en estos días. Y gracias infinitas por la generosa sintonía a lo largo de los 38 años de circulación que cumplimos el mes pasado.

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