José Clopatofsky
José Clopatofsky

‘Freno a tantas muertes’

"Ojalá estas autoridades y agencias del Gobierno que estrenan funcionarios aterricen bien con sus responsabilidades".

10:26 a.m. 22 de enero del 2019

Este título corresponde al editorial de EL TIEMPO del pasado 17 de enero, escrito a raíz de los reportes que se han consolidado sobre la mortalidad en las carreteras y calles del país y que registran más de 7.000 decesos anuales en accidentes viales y 763 solamente en el periodo festivo del fin y cambio de año.

Lo grave es que nada de esto es nuevo. Siempre se ha dicho y escrito que los accidentes de tránsito generan más muertes que la guerra interna en sus peores momentos y son la mayor causa de víctimas entre todas las epidemias de violencia que nos azotan.

La respuesta de las autoridades es tibia, por darle algún nivel de reacción, pues siempre se remite a dos elementos de juicio: el exceso de velocidad, con lo cual les trasladan toda la responsabilidad a los ciudadanos afectados, y al número de comparendos aplicados, con lo cual convierten en un recaudo la acción de control que deben ejercer las autoridades.

Al mismo tiempo que daban estas cifras, en otro rincón de los balances salieron otras no menos preocupantes, aunque tengan una alta dosis de imprecisión.

El RUNT dice que al cerrar el 2018 había en Colombia matriculados 14.486.716 vehículos y se hicieron 8.108.886 trámites de SOAT, o sea una evasión cercana al 45 por ciento, algo improbable. Peor aún es lo que sucede en materia de la revisión técnico-mecánica –tema que va en directa proporción con la potencial cifra de accidentes–, solo 5.350.378 rodantes la cumplieron, es decir, un 56 por ciento.

El escenario no es muy real, ya que esa cifra enorme de matriculados incluye los abandonados, siniestrados, desahuciados, detenidos o evaporados en las chatarrerías, que no son otra cosa que muchos garajes, lotes, parqueaderos, patios, potreros, desguazaderos y cementerios afines. Además, en materia de revisión, como esta solo atañe a los vehículos particulares con más de seis años luego de su matrícula, el porcentaje no aplica al total de esa supuesta población.

También hay un cruce de números que menos cuadra: hay más vehículos que los 11.922.684 licencias de conducción vigentes, cuando lo usual es que haya mucha más gente con pase pero sin carro.

Dice más verdad la cantidad de SOAT que se expiden al año, aunque esta suma también tiene una lectura con pinzas, porque el vencimiento del documento no es a 31 de diciembre, por lo tanto el movimiento no va contra el calendario, sino contra la vigencia del seguro.

Esta historia, repetitiva y desafortunadamente cansona, va a preguntarles a las autoridades que han figurado en estos días, como la Superintendencia de Transporte (por fin habló), la Agencia de Seguridad Vial (que sigue estudiando) y el mismo Ministerio de Transporte (que poco dijo), ¿cómo es posible que sigan rodando impunemente millones de vehículos en pésimo estado mecánico y que –si existen– son una verdadera amenaza contra la vida de los usuarios de las vías que van a pie o en ruedas? Agregando que en todos estos supuestos vehículos sin revisar actúan conductores igualmente irresponsables o sin las debidas capacidades y lo hacen de manera casi clandestina en vías rurales, transportes intermunicipales, horarios de baja vigilancia y aprovechando la benevolencia de los controles. También una calificación generosa.

Les corresponde tener más acciones, pues si bien el exceso de velocidad es un funesto actor, esto se agrava por el mal estado de las vías, la señalización ridícula que hay en las “modernas” rutas de las concesiones, donde se supone que se puede andar hasta a 120 km y están plagadas de avisos súbitos de 30 por hora en plena curva, con rayas en el piso para que las crucen los escolares, que es imposible atender oportunamente, policías en forma de bultos de cemento sin pintura que rompen los carros y eyectan a los motociclistas de sus sillas, al igual que los altibajos en las rectas que se anuncian como “falla geológica en evaluación” (estudios que llevan decenas de años) y mil detalles más que conforman una radiografía tan dolorosa como pintoresca.

Basta con salir un poco de Bogotá para ver que las normas son un saludo al papel. En “tierra caliente”, como decimos los rolos, el uso del casco en las motos es una rareza, manejan en carretera con chancletas, son dueños de la vía sin respetar las prioridades de los vehículos, desde las tractomulas hasta los afines, las contravías son parte de la astucia para moverse y una señal de habilidad es culebrear entre el tráfico. ¿Hay algún control de velocidad para las motos? NINGUNO, y ni asomos de que lo implanten. Sería eficaz y saludable empezar por ahí, cuando estos vehículos y sus conductores son los más afectados.

Ojalá estas autoridades y agencias del Gobierno que estrenan funcionarios aterricen bien con sus responsabilidades y de verdad les pongan la velocidad que quieren controlar a su acción, tecnología, conocimiento y políticas que sobrepasen su inútil reporte de multas y el penoso balance de muertes en los escenarios de su trabajo. En ese tema queremos verlos desbocados.

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